jueves, 16 de febrero de 2017

INVASIÓN EN CURSO


Cuando la primera nave aterrizó, ellos comenzaron a sembrar  extrañas enfermedades para atacar a los humanos, sin embargo, los terrígenas después de varias epidemias catastróficas lograron  por fin encontrar poco a poco los tratamientos y erradicar dichas pestes.
La invasión se hizo lenta a medida de que ya no era una amenaza para la humanidad, necesitaban apurar su cometido. Desde la nave nodriza recibieron la orden de probar otro inusual método que acabara con el humano, sin la  intervención directa de los invasores,  “el tratado  universal” prohibía la intromisión de alienígenas en  mundos menos preparados y con tecnologías insipientes. Por lo tanto, les era imposible salirse de las reglas, pero sí podían producir caos para que el mismo hombre causara para su propia destrucción, de ahí las guerras, obviamente esto tampoco apuraba la  desaparición total el  humanoides.
Había que emplear un nuevo plan que acelerara la desaparición de los terrestres sin la participación de ellos. Algo que los terrícolas no pudieran resistir y se auto destruyeran alegremente, es decir, sin dolor o sin conciencia; una palabra fue la clave: adicción. Adicción a múltiples cosas, ya sea a drogas, a ambicionar ser los amos del mundo, a acumular dinero en forma desorbitada, en fin, a todo lo que pudiera nombrarse como una adicción y que produjera a corto plazo  la muerte.  Esta manera de  provocar que el planeta Tierra quedara vacío de seres y pudiera ser ocupado por aquellos que esperaban en las inmediaciones del espacio, esa era la ideal. Una adicción que llevara al humano a su eliminación total.
 Dentro de todas las adicciones que generaron,  se les ocurrió introducir la tecnología avanzada y crearon la “generación Millennials” que serían los encargados de esta tarea suicida para la  humanidad. Lo más fácil era crear una generación de niños adictos a la tecnología a quieres llamaron “niños Millennials”, y a quienes no le importaran las cosas materiales sino todo lo que fuera tecnología.    Fue un acierto, los terrestres no sabían cómo controlar a estos niños que si no provocaban peleas u otras alteraciones en los hogares vivían ajenos a todo, indiferentes al acontecer diario, sólo salían de sus cuartos para alimentarse. Su pereza era aborrecible,  una falta de sentido común, seres que vivían en otra dimensión, que despertaban por breves lapsos, porque necesitaban nutrirse  si no, hubiera estado viviendo en su mundo virtual para siempre. Los invasores esperaban, tenían la eternidad en sus manos, aunque deseaban que la desaparición del hombre fuese más rápido. Y para apurar el desenlace decidieron enviar a la tierra virus tremendamente eficaces como los virus de la violencia, discordia, frialdad, engaño, fraude, odio,  envidia. Claro que algunos de esto virus ya estaban desde hace rato en la Tierra, pero su proporción era medida, por lo tanto,  al exagerar  un poco, esto se convertía en un verdadero peligro para la raza terrestre.
En poco tiempo ya se veía el desastre, las guerras aumentaron por nada, la hambruna andaba suelta por el mundo, y  acababa con multitudes de seres incluidos  los animales en forma catastrófica. A muy pocos les importaba esta exterminación masiva, existían yacimientos de metales preciosos  en el continente  africano y éste era un buen augurio para  los más inescrupulosos, ambiciosos y asesinos de sus  hermanos de raza, pensaban que en una catástrofe ellos de seguro  se salvarían,  dándoles así el pauteo para que los invasores sonrieran de gusto. Mientras más discordia, mucho más rápido el desenlace. Las nuevas generaciones de humanos no estaban ni ahí con lo que sucedía a su alrededor. Ni les importaba nada, salvo sus jueguitos que los invasores mantenían controlados desde sus mismas naves.
Había un sufrimiento generalizado en los más pobres que sucumbían como las moscas a tanta desgracia y con los más horrendos padecimientos.
Mientras tanto, los poderosos acumulaban riquezas y se escondía en sus  bunkers bajo tierra, a esperar el desenlace fatal de una parte de la humanidad, claro que no sabían que los invasores querían la Tierra sola para ellos, o simplemente usarían a algunos de esclavos., o en su defecto, de alimento para  sus bestias, algo así como primitivos dinosaurios.
Teniendo a su favor a los niños y juventud  enviciados en la computación, sobre todo en los famosos juegos, a los humildes muriendo de formas horrorosas con los estragos de la violencia y a los poderosos acumulando las materias primas que necesitaban los invasores, estaban muy satisfechos de no haber intervenido directamente en la Tierra y así no  quebrar las reglas universales, cosa que les costaría mucho permanecer en la posición que ahora tenían. Se quedaron tranquilos esperando y se sentaron como se dice en sus laureles ,sin preocupaciones.
Sin embargo, un día inesperado apareció un inmenso aerolito que ninguno de los invasores se dio cuenta por estar  tan entretenidos mirando lo que sucedía en la Tierra y no observaron mas allá en el espacio. Y cuando lo vieron era demasiado tarde y  sucumbieron con el impacto,  desviando su nave nodriza y el peligro hacia otro planeta.
Una vez más las fuerzas universales, salvaron a la Tierra y  destruyeron a sus invasores. Los virus también fueron aplacados y el humano despertó de su letargo. Con el impacto, hubo sin embargo una gran sacudida al planeta que por justicia o no,  libró al mundo de esos malvados aprovechadores que vivían como ratas en sus bunkers y que  y no  resistieron al remezón.
La Tierra de nuevo tuvo otra oportunidad, sobreviviendo una población pacifica de humanos, quienes comenzaron a reconstruir desde las ruinas un mundo mejor para sus descendientes.



miércoles, 1 de febrero de 2017

LLAMARADAS



Llamaradas surcan los  prados y  las montañas de Chile,
abarcan los sembrados y las aldeas.
No tienen límites, sus lenguas voraces
llegan sigilosas hasta los poblados, destruyen,
dejan  ruinas a su paso.
                   
Llamaradas, malditos los que les dieron la existencia,
los que las liberaron de su sumisión y ahora
deambulan libres produciendo la muerte,
desamparo de todo ser viviente,  del bosque,
las cosechas.
Malditos los que las crearon, por algún motivo
egoísta y siniestro.

Chile se retuerce bajo las llamaradas de un infierno
producido por las manos del hombre,
seres despreciables, iracundos, deshumanizados,
 a su paso sólo producen dolor, mucho dolor y lágrimas,
mientras las llamas cubren la tierra,
y  sus poblaciones arrasadas,
son consumidas por la ferocidad de  inadaptados.

No hay consuelo, no hay perdón ante la ignominia de unos
y la negligencia de otros.
Cerca se escucha el bramido de las llamas,
avanzan atizadas por pirómanos indolentes.
El humo, la niebla, no dejan respirar y los árboles caen
consumidos por la devastación,
desaparecen  con un grito del bosque, de los animales
y los humanos bajo tanta catástrofe.

Mañana  quién sabe, los malditos, si siguen sueltos,
producirán más muerte y ruina
en un país donde han sembrado llamaradas
de tristeza y desolación.





domingo, 15 de enero de 2017

EL BARDO


Me sorprendí al abrir la puerta. En medio de la pieza se encontraba aquel hombre, de pie, formalmente vestido, con sus ojos clavados en mi rostro. La impresión fue mayúscula porque no esperaba encontrar a alguien  en mi cuarto. Los dos nos miramos, yo, confundido, él, muy tranquilo, como que  le era natural. Señor, ¿cómo entró a mi pieza?, le pregunté después de un breve lapso.
 Me miró y volteó la vista, caminó unos pasos y contestó con voz serena, que era lo mismo que me iba a preguntar a mí. ¿Joven de dónde sacó las llaves de mi cuarto? Lo miré con los ojos muy abiertos y dudoso, ¿perdone, señor?, usted está equivocado, este es mi cuarto desde hace un año. Es increíble, pensé, ¿de dónde habrá aparecido este señor diciendo que es el arrendatario de este piso? Señor, pienso que usted se ha equivocado de  cuarto. Me miró y  sonrió por un instante, luego caminó por la pieza hasta llegar a la cocina. El hombre lucía un traje a su medida pero fuera de época, un poco pasadito de moda, tenía un bastón en su mano y un sombrero en la cabeza. Joven, temo informarle que es usted el equivocado de cuarto, deberé reportar este atrevimiento al portero y de inmediato, si no sale  en este momento, dijo, clavando sus ojillos en mi cara  y haciéndome sentir como un intruso en mi propio cuarto.  Por favor, señor, mire el número de la puerta, es  el 25, segundo piso. Claro que lo sé joven, si es mi cuarto desde hace más de veinte años.
No lo puedo creer, me restregué los ojos. Señor, hace un año que  estoy arrendando este cuarto amueblado por  cincuenta mil pesos, tengo todos mis recibos. Lo siento pero es usted joven el equivocado, este cuarto me pertenece, tengo la escritura  a mi nombre. Fue hacia una gaveta de mi escritorio y sacó un legajo de papeles. Mire y  compruebe que  no le miento, dijo con voz seca. Al tomar los papeles, toqué casualmente su mano, estaba tan helada que me dio un escalofrío. Ojeé los manuscritos, por cierto  muy antiguos y efectivamente, decía que el señor Óscar Castro Zúñiga era el propietario de ese departamento. Pero, obviamente usted no estaba en el país y el portero me arrendó su piso, tal vez con su consentimiento, insinué, mientras continuaba  ojeando los papeles sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Joven, este ha sido y será mi departamento y  si el conserje lo arrendó, muy malo para usted que deberá retirarse de inmediato, pues nunca he dado órdenes de ocuparlo, afirmó con autoridad.
 Señor, por favor, déjeme ir a averiguar y  traeré al conserje para que corrija el problema. Después de un breve momento el caballero  se acercó a la  ventana y  dándome la espalda accedió a mi pedido. Está bien, le daré unos minutos para que saque sus pertenencias, puede traer al portero, dijo. Luego  comenzó a fumar una pipa que no vi cuando  encendió y, siempre mirando hacia  la calle, comenzó a dar grandes bocanadas de humo.
Muy alarmado, y con la preocupación que podría quedar en la calle si no encontraba otro departamento desocupado, me dirigí a grandes zancadas hacia el primer piso de la oficina del conserje.
Allí estaban otras personas por lo que tuve que esperar unos minutos, con sumo cuidado, expliqué al hombre lo que me había sucedido en  mi  departamento,  el conserje me miró sorprendido y muy curioso me preguntó si no me había metido en otro cuarto. Le repetí varias veces  el número y el piso, al final lo convencí de acompañarme.
Estaba sudando de puro coraje, mi corazón latía desenfrenado y  de sólo pensar que tendría que mudarme,  se me doblaban las rodillas. Por fin el ascensor nos llevó al segundo piso. Yo hubiera subido usando las escaleras, pero el hombre era viejo y llamó al elevador. Mi cuarto estaba cerrado, me desconcertó que estuviera con llave, golpeé esperando no molestar al señor Castro, pero el conserje me increpó aludiendo a que usara mis llaves. Pero… el señor… ¿Qué le pasa, no es este su cuarto? preguntó con molestia, ¿qué no tiene llaves?  Sí…pero… ¡Ya, deme las llaves!, si hay un intruso lo echaré con la policía a la calle. Sin esperar a que le entregara mi llavero,  tomó su llave maestra y  la introdujo en el cerrojo que después de dos vueltas cedió. El conserje entró primero  seguido por mí. El olor a tabaco nos abofeteó el rostro. El hombre me preguntó si fumaba y le respondí que no. Me miró incrédulo, aquí alguien ha estado fumando y  fuerte, dijo carraspeando, está prohibido fumar en los cuartos.
Señor, ya le dije, acabo de llegar de mi trabajo y  ese caballero del que le conté tenía una pipa. Revisamos todo el departamento pero no había nadie allí salvo nosotros. La cocina, el baño y el dormitorio, lucían tal como los había dejado  en la mañana temprano. Fui directo al escritorio y busqué ese legajo de papales, pero no encontré nada.
¿Cómo dijo que se llamaba el hombre que  estaba en su cuarto?, indagó el conserje. Oscar Castro Zúñiga, exclamé de inmediato. ¿Cómo dijo? ¿Oscar Castro Zúñiga? No me diga, ¿no estará equivocado?, ahora recuerdo que hubo  años atrás un señor de ese apellido, ah, creo que era un poeta, algo así, ¿profesor, no? Yo estaba pequeño, pero mi padre siempre hablaba de él por sus poemas. Claro, que  el bardo  murió  como en el año 1947 creo de tuberculosis, algo así. Por cierto que  debe ser un alcance de nombre nomas, agregó el conserje.
Bueno, pienso que  a lo mejor usted entró a otro departamento, como son todos igualitos, posible que no se dio cuenta. Me voy,  abra la ventana para que salga el humo,  aquí está prohibido fumar. Ya le dije que no fumo. Bien, pero el departamento está lleno de humo de cigarrillo, volvió a golpear la voz, mientras  se alejaba carraspeando por el pasillo,  lo oí mascullar  que era sólo un alcance de nombre, nada más…
Molesto, cerré la puerta y abrí la ventana, el aire fresco entró y despejó el ambiente,  todavía dudoso de que el señor estuviera por allí escondido, fui y revisé  de nuevo. Sin embargo, todo estaba normal. Más tranquilo, me duché y luego preparé mi cena, vi las noticias y me fui a  la cama, a media noche escuché entre sueños que alguien trajinaba  el escritorio, pero supuse que el ruido venía de los otros departamentos y  como estaba tan cansado, no quise levantarme a investigar y  me dormí.  A la mañana  siguiente, descubrí que algunas gavetas del escritorio estaban semiabiertas y que  había un papel sobre la mesa, tenía algo rayado muchas veces, como un poema o algo así. No pude descifrar lo que decía y lo tiré a la basura, luego me fui a mi trabajo.
Cuando volví por la tarde el conserje me llamó de su oficina. Mire joven, aquí hay una foto  del vate, mi padre la guardaba entre sus cosas, ah, y un poema. Bueno, según los datos que tengo, el señor Castro era el propietario del departamento pero  después de su muerte quedó vacante. Cogí la fotografía, la miré, no pude evitar una exclamación de sorpresa,  ¡pero si es el mismo señor de ayer! dije eufórico. ¡No! no puede ser posible, interrumpió el conserje, el poeta  está muerto, repitió varias veces incrédulo.  Pero, tiene el mismo traje, el sombrero y en su mano una pipa, es él, afirmé. ¿No me diga que  lo están penando?,  apuntó con voz burlona el anciano y se echó una risita, que me molestó bastante. Créame o no, el señor de la foto luce idéntico al que vi en mi cuarto ayer. Se lo aseguro. Salí de la oficina con la foto y el poema, mientras el conserje me recomendaba que  se la devolviera después y que  no tomara más de la cuenta, lo dijo con una risita sarcástica. Subí  de dos en dos los escalones echando humo por las orejas de rabia, ¿qué se cree ese viejo decrépito?, ¡yo no bebo!
Ya en el cuarto y más sereno,  estuve  leyendo el poema, su título: “Para que no me olvides”, hermoso poema, pensé y se me ocurrió sacar el papel que había lanzado a la basura, lo estuve estirando hasta que  con esfuerzo pude comprobar que era una copia con borrones del mismo poema.

Sorprendido y curioso pensé para conformarme, bueno, soy compañero de pieza de un gran poeta fantasma, no  puedo creer que me visitó, aunque me asusté un poco, fue porque  pensé que quedaría sin mi departamento,  sin embargo, si realmente es un fantasma, será muy interesante,  tener una buena plática con él. Me  sentiré  muy orgulloso de tenerlo de compañero de cuarto, claro, siempre que el bardo no venga a  echarme de nuevo.

domingo, 1 de enero de 2017

EMBRIAGADOS



Ebrios de vino y besos
cruzamos el jardín del edén,
esa noche de luna estrellada
brindamos por lo que no podíamos alcanzar.
Los sueños  se fueron en el viento
mecidos por un vaivén  de risas y  alientos de uvas.

Brindamos por el rey Baco
y su corte presidencial.
Luego, de tantos brindis perdidos
la chicha fue un deleite, llenó de aroma
increíble  su mágico  dulzor.
Toda la tarde,
por la mesa desfilaban con su mejor repertorio
haciendo gala y honor los consagrados
y los jóvenes aspirantes:
Cabernet de Sauvignon,  Chardonnay
Ultra Premium, tintos, blancos.
Importados, con alcohol, orgánicos.
Pinot noir, Merlot,
Carménere, una variedad de uvas y vasijas,
de copas, vasos y jarras.

Hechizados de aromas, degustábamos
bajo el parrón, el asado en el otro extremo,
nos hizo entrar en juicio.
Dioniso nos  entretenía con su loco frenesí
e invitamos a  su padre,
a todos los dioses mencionados al azar
y pasó la tarde, se llenó de estrellas
el ancho cielo,
Nos dijimos muchas cosas, bulliciosas y románticas,
tristes, y divertidas.

De improviso, enmudeció la música
y el ceremonioso último brindis
nos despertó con alboroto.
Embriagados de miel y uvas
nos dijimos adiós tantas veces,
 tantas,… cuando ya amanecía.


jueves, 15 de diciembre de 2016

CASA INVADIDA



Todo comenzó con una silenciosa invasión, casi imperceptible, silente a todo ojo escudriñador. Fue ganando espacio, hasta que se hizo visible, sin alarma, aún no era una amenaza, no había por qué preocuparse.
Eso se pensó, y continuaron sus tareas casi ignorándolas. Sin embargo, esa lánguida reacción fue la que aprovecharon las invasoras para ir ganando espacios importantes. La cocina y la alacena fue una de las principales conquistas, los ocupantes horrorizados lanzaron los paquetes de galletas y mermeladas directo a la basura y no con eso pudieron expulsarlas, era una columnas de hormigas rojas que llegaron para quedarse y continuaron por las paredes de la casa, sobre la mesa y  se apoderaron del baño. Ni el agua ni los sprays las ahuyentaron, por el contrario día a día aumentaba el ejército de invasoras.
Los  habitantes de la casa  buscaron en vano el nido en donde se hallaría la reina para acabarlas de una vez por todas, pero sus esfuerzos no las hicieron retroceder, no pudieron encontrar la madriguera. Entonces llamaron a un exterminador de plagas. Ese día la familia se trasladó a una posada mientras el aniquilador colocaba su artillería de “antitodo” para eliminar esa molesta plaga. Sí, que el hombre se dio cuenta de que  esa clase de hormigas eran muy diferentes a las otras, estas mantienen varias reinas y aumentan su ejército, aunque eliminaras a un grupo, igual  los otros nidos continúan la batalla.
Una nube tóxica llenó todos los rincones de la casa e incluso escapó por  los orificios inimaginables, formando una bruma alrededor de la base de la casa que daba la impresión de volar  sobre el césped del jardín.
La familia se ausentó por dos días según las instrucciones del exterminador, quien les había garantizado la eliminación de la plaga para siempre. Cuando regresaron aún la casa olía  a ese producto penetrante y extraño que  había expulsado a las audaces invasoras. El padre abrió todas las ventanas y así aireó las piezas, percatándose de que la molesta plaga ya no existía.
La madre mudó las camas con sábanas limpias y todo volvió a su ritmo normal por una semana completa. Los niños miraban las paredes y los cielos rasos y preguntaban a sus padres si las hormigas ahora eran invisibles, porque  no encontraban nada trepando  sus muebles de juguetes.
Poco duró la paz, una noche la mujer despertó de improviso, cuando sintió que algo le caminada en el rostro y sobre sus brazos desnudos. Encendió la lámpara alarmada y temerosa pensando que le había dado alergia,  al verse cubierta de hormigas dio un enorme grito que despertó a su marido  en iguales  circunstancias. El hombre saltó de la cama sacudiéndose el pecho y los brazos, y comprobó con horror que su cama estaba llena de hormigas, se vistieron de prisa y  fueron a la pieza de los niños y la misma escena los hizo temblar, tomando a los dormidos hijos  les sacudieron las hormigas que ahora cubrían los muros, el techo, el piso y todos los muebles. En ese instante la luz se apagó. Salieron de la casa a tientas, con sólo lo puesto, entraron al auto y  huyeron lejos.
Hasta el día de hoy nadie ha podido habitar esa casa que permanece totalmente cubiertas de hormigas rojas.




jueves, 1 de diciembre de 2016

ALGUIEN GOLPEÓ



Alguien golpeó los cristales del alba,
dejó sus huellas húmedas sobre los nomeolvides
y sus lágrimas resbalaron en el rostro de una triste margarita.
Alguien continúo su marcha liviana
despertando madrugadas,
esculpió la noche en mis ojos, desató
un insólito invierno en primavera.

No se detuvo, zigzagueó las murallas en busca de una puerta,
un escape que no  hubo.
Se arrinconó sumiso en el umbral  del silencio
y espero la eternidad sin límites.
Ilusionado en encontrar una brecha, una minúscula grieta
y esfumarse, hacerse suspiro,
volando en un pensamiento se  hizo lluvia.

Alguien ya no está, dejó una estela de desdicha
un llanto deslizándose de un sauce,
un manantial brotado de la piedra.
Su ausencia duele y  avasalla el aroma de los naranjos,
acongoja el canto de las  chicharras
y luciérnagas apagan sus pequeños faroles.

Alguien escapó cuando la noche bostezaba
y una metáfora abría su corola perfumada.
Sigiloso, con pisadas desnudas rozando el universo,
envuelto en un silencio cómplice.
Quedó todo alborotado, sin respuestas,
enfiló, quién sabe, tras un llamado, un susurro
ininteligible se escuchó sin dejar rastros.

Alguien no quiso dar su nombre bajo el arcoíris
y huyó más allá de las estrellas, 
una ráfaga de lamentos húmedos
cayeron sobre las desamparadas amapolas
y no hubo a quién preguntar
cuando el velo de su noche recordó que era de día.

Alguien ya no está, no estará para escuchar su risa,
no habrá atardeceres ni madrugadas
llenas de violines y  grillos afanados con sus melodías.
Todo ahora parece irreal, un sueño, mejor dicho una pesadilla,
me recostaré en el regazo de la ausencia,

tal vez despierte, de este lapso incoherente  de la memoria.

martes, 15 de noviembre de 2016

LA ESCALERA DE PIANO



Lo presintió desde el comienzo. Por algún motivo su intuición le pedía estar atenta. La escalera con su habitual dibujo de piano no inspiraba recelo, pero esta vez en su mente sentía unos acordes, cada pisada traía un sonido, no de pasos, eso era lo intrigante, era  un acorde. Pensó que  estaba nerviosa desde que supo que  en el cerro habían asaltado a una niña, eso la inquietaba al extremo de estar imaginando los sonidos de un piano  en cada escalón. La llovizna había comenzado, muy suave casi imperceptible, sólo la sentía al tocar su abrigo. Descanso, el silencio cubrió la escalera por completo. Miró su reloj iban a ser las  siete de la tarde, no era tan tarde, pero  por lo gris del día  estaba oscureciendo más rápido. De reojo lo vio, o pareció ver una sombra al comienzo de la escala. No quiso voltear la cara pero un temblor la recorrió de la cabeza a los pies.  
No aguantó más y antes de reanudar la marcha miró hacia el pie de la escalera y se sorprendió al no ver a nadie. Oh, exclamó, pensé que alguien subía. ¿Qué extraño?, juraría que vi una sombra. Más tranquila siguió, peldaño tras peldaño sintiendo notas musicales muy vagas. De pronto, escuchó que tras ella  alguien subía, era obvio pues oía las notas musicales más distantes. Apuró el paso, pero la tensión cansó su cuerpo y  sintió que le faltaba el aire y tuvo que detenerse. Tras ella sentía  las pisadas y las notas musicales.
Tomó coraje y se volvió súbitamente para saber quién venía por la misma escalera, sin embargo comprobó nuevamente que  no había nadie subiendo. ¿Me estaré volviendo loca, qué me pasa? ¿Por qué se me ha hecho tan larga esta escalera? Otras veces la he subido muy rápido y no me he cansado, sin embargo, ahora me ha parecido interminable. Respiró profundamente y trató de serenarse, mas, en ese momento, sintió  algo como una mano deslizarse por su pierna, dio un grito al tiempo que  daba un salto. Su corazón golpeaba  su pecho por la emoción,  miró hacia abajo y lo vio, un gato negro de ojos amarillos la miraba expectante. Siguió subiendo hasta alcanzar el final de la escalera y desde allí se volteó para observar al gato, pero éste ya no estaba. Ahora,  el piano dibujado en los escalones movía sus teclas con una música desconocida para ella. La mujer con los ojos desorbitados corrió por la solitaria calle hasta llegar exhausta a su domicilio. ¿Qué te pasa hija por qué vienes tan asustada? ¡La escalera madre!, la escalera…
¿La escalera, dices?, ah, la gente murmura que de vez en cuando se escucha un piano tocar por las noches, ¿lo has oído hija?...