miércoles, 15 de marzo de 2017

PRIMER VIAJE


Con la mochila al hombro subí al autobús. Era la primera vez que viajaba solo, y eso me hacía sentir adulto. Mi abuela estaría esperándome en el otro extremo del trayecto. Sentí las campanadas de un reloj anunciando las 8 de la noche. Me sorprendí no saber de dónde vinieron esas campanadas. Pero al ver el rostro indiferente de los pasajeros, decidí no prestarle atención.
Llegué hasta  el número 13 y me  acomodé en el mullido asiento junto a la ventana. El bus  se ponía en movimiento y dejaba una estela de pensamientos apesadumbrados, que caían sin ruido y asustados al sentirse lejos del confort de mi cerebro. Puedo decir que habían muchos pasajeros en los otros asientos, sólo que el espacio junto a mí continuó vacío hasta la próxima estación de buses. Un hombre pequeño y raro dejó su maletín en el compartimento, sobre nuestros asientos, y se ubicó junto a mí. Lo miré de reojo, pero él parecía ignorarme y opté por  observar la calle que se alejaba con su bullicio  de vendedores ambulantes y no darle importancia.
Al salir a la carretera el bus tomó más velocidad. Las luces de neón alumbraban, hasta que salimos de los límites de la ciudad y nos adentramos en la selva asfáltica y oscura, iluminada sólo por los vehículos que allí transitaban. Saqué mi celular y me acomodé para encontrar algún juego entretenido. En ese momento el bus apagó sus luces y algunos pasajeros prendieron las lámparas personales de sus asientos. Pensé en  encender la mía pero algo me lo impidió, fue sorprendente, el hombrecillo me  estaba ofreciendo un cigarrillo, lo miré con horror, nunca en mi vida he fumado me dije para mí. Sacando coraje y con voz desconcertada le dije que no fumaba y  que sólo tenía 14 años. Además, musité en un murmullo que estaba prohibido fumar en el bus. El hombre hizo caso omiso y encendió tranquilamente su cigarrillo, expulsando el humo sobre mi cara.
Moví mis manos molesto en señal de protesta, mas, el hombre  sonrió mostrando un diente de oro que relucía en su boca, mientras  disfrutaba su mala educación. Entonces me di vuelta hacia la ventana tratando de esquivar su grosería. Deseé que  los otros pasajeros lo  denunciaran y lo hicieran bajar del autobús. Qué desgracia, ahora que viajaba sólo y quería disfrutar de mi libertad por unas horas, y este individuo hacia cosas desagradables y prohibidas. Escuché su voz carrasposa que me hablaba. Lo miré muy feo, como diciéndole y ¿ahora qué quieres? Él parsimoniosamente me encaró, expulsando el humo que mantenía en su boca. ¿Qué hace, le reclamé? Mira niño, te estoy ofreciendo algo que te gustará mucho, prueba  un cigarrillo y verás que no me equivoco. ¿Está usted loco? Aquí no se puede fumar y no me apetece su cigarrillo, ¡vaya a fumar a otra parte!, le contesté indignado. Cálmate niño o te bajarán del bus. ¡Al que bajarán es a usted!, si me sigue molestando. Te diré una cosa chico,  este bus no llegará a destino, si yo me bajo se acaba el viaje. Lo miré incrédulo, realmente el tipo estaba loco de remate, a lo mejor era un delincuente e iba a asaltar el bus, pensé. Preferí no continuar esa estúpida conversación y nuevamente traté de concentrarme en mi celular. El humo del cigarrillo invadía todo el bus y no podía creer que nadie reclamara, esto era inaudito, si mis padres se enteran pondrán un reclamo en el terminal de buses. No entendía cómo nadie hablaba o el ayudante del conductor no se paseaba por el pasillo como usualmente lo hacía.
Tosí varias veces con el fin de hacer un poco de ruido y advertir a los otros pasajeros sobre este tipo, sin embargo nadie se movió de sus asientos, parecían estar en un mullido sueño, mientras yo seguía tosiendo de verdad por el humo que me rodeaba. En un momento  el tipo se levantó tranquilamente y anunció que iba al baño dejando sus cigarrillos en su asiento. ¡Cuídamelos!, dijo y se fue. Yo me quedé atónito, era el colmo de la patudez. Salí del asiento apurado, quería encontrar otro lugar para viajar solo. Lo que más me llamó la atención y puso mis cabellos de punta, fue comprobar a medida que avanzaba hacia adelante, que no habían pasajeros en los otros asientos, ¡el bus estaba todo desocupado! Entonces fui hacia la cabina del conductor y golpeé con desesperación la puerta, pero nadie me abrió. Con fuerza la empujé y  con estupefacción descubrí bajo una nube de humo que el hombrecillo manejaba el bus, tenía un cigarrillo entre los labios y con una mueca irónica me dijo que volviera rápidamente a mi asiento, que no tenía permiso para abandonar el bus. Corrí como loco por el pasillo casi llorando, no había nadie. Por las ventanas se veía a la carretera avanzar con rapidez, cual un relámpago. Volví a mi asiento entre lágrimas de terror, me ajusté el cinturón,  lancé la caja de cigarrillos lejos de mi vista, hasta que sentí el estruendo.
No sé cuánto tiempo transcurrió de aquello, desperté cuando un bombero me pedía que desabrochara mi cinturón. Miré atontado a mi alrededor y vi gente herida, gimiendo,  fierros retorcido, asientos salidos de su lugar, Todo era un caos. Como pude me levanté de mi asiento que milagrosamente se encontraba en su lugar. MI cabeza estaba inmovilizada, alguien me había colocado un cuello y con dificultad  me ayudaron a salir de ese infierno. No entendía nada, miraba a los heridos en el suelo de la carretera, mientras las ambulancias ululaban llevando a esa gente a los hospitales. Un enfermero me  revisó las piernas. Me quejé de dolor  de cabeza  y espalda. Anonadado pregunté ¿qué pasó? El enfermero me dijo que  al chofer le había dado un infarto mientras manejaba y que tuvimos suerte, que  hubo pocos heridos, algunos  sí de gravedad, pero una sola persona  muerta, el conductor. Menos mal que  venías dormido y con el cinturón puesto, ¡buen chico!
Un bombero me trajo un bolso negro que reconocí de inmediato, ¡ése no es mío!,  tengo una mochila, dije, pero él abrió el bolso y mostró mi celular, ¿no es tuyo? Lo miré y reconocí, sí, es mío, ¡Oh, entonces el bolso es tuyo muchacho!,  ah, mira,  ¿ya estás fumando?, ¿no?, preguntó el  bombero con una  sonrisa. Quise abrir la boca para  protestar, pero él me calló. Shiss, no les diré nada a tus padres, susurró. Este…..Shiss, no te esfuerces, vamos hacia el hospital, relájate chico, adiós. Antes de que el enfermero cerrara la puerta de la ambulancia, lo divisé, ahí estaba riendo a boca abierta con el bombero, se veía su diente de oro, me saludo con la mano, no pude más, mi cabeza giró y giró y perdí el conocimiento.



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