martes, 15 de agosto de 2017

ALGO TERRIBLE SUCEDE



Algo terrible sucede. Ayer, todo era normal, lo que se dice, hubo una rutina diaria como siempre. Pero hoy  todo ha cambiado. No sé a qué atribuirlo, pienso que no puede ser por el clima, o por la lluvia de esta madrugada. No,  es algo más intenso, premeditado. No quiero pensar que es algo que  sucede todo el tiempo, o que apareció de pronto. Es increíble, lo peor  es que no  hay vuelta atrás, las evidencias están a la vista. Si pudiera retroceder el reloj sería algo inusual, la catástrofe comenzó sin que  nadie la percibiera y no tiene remedio.
Avanzó silenciosa pillándonos desprevenidos, ni siquiera nos dio una pequeña advertencia. Solapada por el silencio, penetró la casa y fue tomando posesión de todos a su paso, sin que la percibiéramos.
El gato trató de advertirnos de que algo terrible estaba sucediendo, pero como no lo notamos no le dimos importancia y él, más precavido, abandonó la casa por entre las rejas de la ventana. Mi nana se puso a tararear una canción mientras cocinaba, y mi madre tomó su celular y contactó a una amiga para ir de compras. Yo estaba anonadada por aquellas muestras, que nadie percibía pero que en mi pequeña cabeza iba acumulando.
En un momento que la nana salió al patio escuché que  se quejó, ah, me dije, algo ha descubierto, pero no fue así entró quejándose que se había tropezado con un elemento punzante en el jardín y se golpeó un dedo del pie. Mi madre  la consoló diciendo que  los niños pudieron dejarlo allí. Las dos salieron al patio a inspeccionar el objeto.

Lo terrible fue que cuando trataron de entrar, la puerta estaba cerrada y no tenían las llaves. Las dos gritaron para que les abriera, pero yo no podía moverme algo me ató los cordones de mis zapatos y me fui de bruces golpeándome la cabeza con  una silla. Estaba atónita mirando como una espesa columna de hormigas avanzaba por la cocina y se apoderaba de los alimentos. Grité hasta casi quedar sin voz, mientras las hormigas me ataban a la silla volcada. Afuera mi madre y la nana hacían esfuerzos inútiles por abrir la puerta, llamando a grandes voces a los vecinos al sentir mis gritos dentro de la casa. Las hormigas voraces llevaban  los alimentos  en su ininterrumpida columna hacia un forado en el piso. Sentí que todo me daba vueltas cuando me desataron de la silla y me alzaron en el aire avanzando con mi cuerpo hacia el gran agujero.

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