martes, 15 de mayo de 2018

NOCHE DE NIEBLA




La niebla dormía profundamente sobre la ciudad. Callejones estrechos y malolientes se descolgaban por cualquier parte como pasillos laberínticos que el viento penetraba desapareciendo tras una retorcida escalera.
La niebla lanzaba volutas al aire, soñaba una danza magistral por entre los árboles y cubriendo los tejados con su lengua fantasmal. Sus suspiros se elevaban más allá de las chimeneas juntándose con el aliento tibió que escapaba de las fogatas.
La niebla despierta deja su mullida almohada y salé de su letargo a curiosear, entra en cada  rendija, enfriando el ambiente,  se esfuma por las chimeneas como un espectro y luego se va deslizando por el pavimento igual que una precoz danzarina. De vez en cuando la niebla llega hasta un callejón sin salida que entorpece su rápido baile, eso no le gusta, y vocifera con palabras inentendibles que sólo el viento traduce y lleva más allá de las colinas para que nadie las escuche.
La niebla deja una huella húmeda a su paso, pareciera  llorar por algo que ya no recuerda. La noche  llega a su punto final, un coro de pájaros anuncia la madrugada que sin remedio abre los párpados del día. La niebla bosteza entristecida, hunde su cara en el río y se aleja sollozando en busca de consuelo.






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