miércoles, 15 de enero de 2020

DEL SILENCIO




El silencio cabalga el lomo del amanecer. Va surcando la penumbra para no despertar al ruido. Sus pies de seda no dejan huellas, y  por el camino hacia el alba, va regando diminutas gotas de rocío en las bocas abiertas de la madre Tierra.
El silencio no sabe de sueños, vive pendiente de no despertar al ruido y luego la violencia y el trajín que conlleva el día en que alguien muere, alguien nace, otro sufre. Cuando el sosiego cubre la tierra con su manto pareciera que todo descansa en sus brazos. Aparentemente. El ruido ahoga las voces en agonía, el dolor se hace inaceptable, sin embargo, la capa estruendosa del ruido todo lo abarca y hace una mezcolanza que es muy difícil identificar cada sonido.
 Por eso, cuando las sombras de la noche cierran los párpados de todas o casi todas las criaturas, el silencio camina en punta de pie besando a los seres que sufren, a los discapacitados,  especialmente a los niños que padecen enfermedades y los sumerge en profundos sueños reparadores.
Es tan prudente que espera hasta el último minuto del alba, alargando su estadía un segundo más sobre todo en un esfuerzo de apaciguar la somnolencia del ruido, que lo aleja con un terrible bostezo.

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