El TIEMPO
existía marcando el paso en el espacio sideral. Cumplía con su mandato, y era
implacable con su calendario. Todo el
universo le tenía mucho respeto, y nadie se atrevía a desafiar su rutina. Sin embargo,
en un planeta de color azul, casi desaparecido del ojo cósmico, había un mundo
con seres muy inquietos, muy estudiosos y tenaces, se le puso entre cejas y
ceja construir un aparato enorme para
hacer algunas pruebas. Se llamaban científicos y usaban las leyes de la física, matemáticas
cuánticas, misteriosas ecuaciones como dogmas intocables. Lo situaron lejos, entre las montañas,
alejado del ojo humano. Allí construyeron ese monstruoso artefacto.
Después de discutir largos
momentos le pusieron la sigla CERN y lo
ubicaron en túneles bajo toneladas de piedras, roca, acero y
silencio. Pocos sabían de su existencia, de las leyes Invisibles que manejan la
Realidad.
Trabajaron arduamente, noche y día.
Esos seres humanoides estaban empecinados en descubrir un secreto, peligroso
para su pequeño planeta, pero no midieron las consecuencias, pensaron que ellos
eran tan sorprendentes con un coeficiente intelectual más alto que otros de su misma especie, nada malo podría suceder que no remediaran de
antemano. Por lo que siguieron adelante junto a sus colosales maquinarias ensambladas para sus ambiciosos
descubrimientos.
Entregados totalmente a sus
estudios, un día levantaron los ojos de las pantallas con una misma inquietud,
se miraron con desconfianza y repitieron mentalmente, que “eso no podría estar pasando”. Algo no estaba
bien, algo había cambiado el TIEMPO, nada coincidía con lo establecido por
leyes naturales. El Gran Colisionador de Hadrones les señalaba un universo más
extraño, más profundo y peligroso que había acortado misteriosamente, el TIEMPO
TERRESTRE, las estaciones del año no coincidían, los días y noches corrían a más velocidad. Fue una tremenda
equivocación irreparable, que los dejó a
punto de un ataque cardíaco y sin solución que reparara este error, y no agravase la situación, a punto de explotar. Entonces decidieron apagar sus máquinas, sus pantallas, cerrar
los túneles, salir en punta de
pies, informar a sus autoridades que se iban de vacaciones, mientras la gente
humana se quejaba de que los días se habían
acortado, que el clima lucía de otra
forma, que la tierra se desquebrajaba,
que una fisura estaba separando África en dos, que se
agudizaban los conflictos internacionales entre los pueblos, que la nieve
desaparecía de los polos y que la
Antártida revelaba ruinas de pueblos
antiguos bajo la nieve. Todo se
presentaba como un caos.
El famoso Colisionador de Hadrones
había marcado que el universo es más peligroso de lo que habían imaginado.

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