Quítate el vestido Gea,
bebamos en la copa del silencio.
Los astros dormitan su noche eterna
y nadie nos verá deslizar
entre brillos de luna y gotas de rocío.
Tus cabellos se estremecen al soplo de mi aliento tibio,
tupida maraña de ramas y árboles
que te hacen ver tan bella.
Amada, mis dedos imaginarios acarician sin prisa
tu piel tan largamente deseada.
Gea, tan mía y a la vez tan distante
no te atreves a cruzar la franja delgada del horizonte,
titubeas y permaneces sin palabras
dejando mi cielo destrozado,
sin luz para los recuerdos.
Gea, no me olvides, volveré cuando menos lo pienses.
Soy quizás una marejada de viento inoportuno
que detuvo el camino en su afán de acariciarte,
susurrar que sin ti no soy nada:
tal vez una lágrima vagabunda,
un reflejo de un sueño que anhela tus labios,
un deseo vehemente que busca la cima de tu cáliz
para fundirme en ti y nacer una y otra vez
en un sempiterno abrazo.
Gea, mi bien amada Gea,
serena y delicada flor entre tantas constelaciones.
Selene aparece vestida de blanco
y anuncia mi retirada.
Adiós cariño, me sumo en el mar de la distancia
soy el eterno viajero,
una sombra enamorada de un imposible.
Un destello en el
cristal de tus ojos.
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