¿Qué más explicaciones puedes dar
a una luna ciega guiando pasos oscuros
en una calle pletórica de soledad?
Explicaciones no valen en oídos mudos
llenos de silencios agoreros,
con lenguas crepusculares que no saben guardar recato,
increpando
caminos de reproches.
Alguien dice que más vale gritar al viento,
inundar el inmenso vacío de palabras perdidas.
¿Para qué tanta explicación?
¿Quién las guardará en su caja de tesoros, escribirá un
libro,
las dejará dentro de su almohada para fomentar el olvido?
La indiferencia cae como lluvia de estrella
sobre el lugar del
desasosiego,
es una enfermedad salida en conformidad con la era,
cada cual la tiene circulando en su sistema.
Para qué explicaciones que vayan a quedar
goteando tristeza en un cajón sin fondo,
que el viento compasivo
las cubra con manto de hojas muertas.
¿A quién le importa el dolor ajeno,
ese que no duele, que se desboca en calles sin salida,
sin que nadie lo detenga?
No hay tiempo, no hay caridad verdadera.
El mundo avanza y deja a su paso
las escamas de incomprensión
que formarán los caminos
del individualismo, mañana.