Alguien que supo para donde iba me advirtió que
tuviera cuidado con el monstruo de tres cabezas. Sonreí, mi padre anduvo por
estos lares y nunca lo oí mencionar un monstruo. Ah sí, gracias buena señora lo
tendré presente, le contesté para no
ofenderla con mi escepticismo. Un niño asomó su cabecita y vi que tenía un cuaderno y un lápiz. ¿Te
gusta dibujar? le pregunté, y él asintió con su cabeza. Rubén es muy bueno para
el dibujo, afirmó la señora, está obsesionado con el monstruo de tres cabezas.
Esa noche soñé con el dragón de Rubén, yo estaba con mi picota
abriendo una brecha en la ladera del
cerro entusiasmado por una prometedora
veta de plata, no lo vi llegar, solo escuché su rugido y luego vi aparecer el
fuego por sus tres hocicos. Me arrinconé para evitar las llamas, en el hueco
que estaba abriendo. El monstruo no me
vio, pero se fue directo hacia el árbol
seco que allí había en donde vi al niño Rubén dibujando en su cuaderno, quise
gritar pero no me salió la voz, no pude avanzar, mis piernas parecían de
gelatina.
Desesperado vi como el niño desaparecía en una de las fauces del animal. Fue entonces
que en un esfuerzo supremo logré llegar hasta el animal, y con el machete que llevaba le corte una de
las cabezas, las otras vinieron hacia mí y logré cortar las dos restantes. Aún
desesperado, abrí el estomago del monstruo, pero solo hallé el lápiz y el
cuaderno. Desconcertado grité por fin, llamando al niño. Nada, el silencio reinó
mientras el monstruo desaparecía lentamente, entonces desperté sintiendo
que mi voz se escabullía fuera de mi
cuarto, como un mal presagio. El machete yacía en
suelo cubierto de sangre.
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