Thomas había soñado con él una y otra vez esa noche. No tenía la menor duda de que algo se insinuaba bajo la piel de los sueños. Pero la pregunta era, ¿por qué a él? Thomas, el emocionado viajero, un personaje sin ataduras con nadie que una noche pernoctaba en una confortable cama y la otra noche cerca de la rivera del Támesis, sin más cobija que su propio pensamiento. ¿Por qué ese infalible sueño lo llevaba hacia el lugar de la cita? ¡Por Júpiter!, ¿qué decía, de qué cita hablaba?, si sólo fue insinuada en una extraña pesadilla. No podía recurrir a nadie con semejante pregunta, lo mejor era olvidar.
Thomas nació en Sudamérica, a sus treinta y ocho años aún no se establecía en ninguna parte, viajero incansable, su último viaje había sido a Inglaterra, lugar de nacimiento de sus padres. Por desgracia dos años antes, éstos fallecieron en un accidente de tránsito, y desde esa fecha Thomas abandonó a sus amigos, su casa y su país para deambular por el mundo.
Por suerte para él, heredó una pequeña fortuna. Desolado por la pérdida de sus seres queridos, un día decidió de la noche a la mañana que tenía que salir a recorrer el mundo hasta donde el dinero le alcanzara. Tomó su mochila y emprendió el viaje pese a las recomendaciones y ruegos de sus amigos. Nada lo detuvo y se fue rumbo Brasil, unas pocas semanas aquí otras en otro país. Fue así que después de tres meses había llegado a Inglaterra una vez más. Le atraían enormemente las construcciones de castillos y villorrios, de preferencia todo lo elevado en piedra. Debo haber sido un cruzado, o algo por el estilo, se decía. A los pocos días de pisar tierra europea, Thomas dirigió sus pasos a las ruinas de Stonehenge. Estando allí palpó la piedra, la acarició como si acariciara a un niño, suave, entrecerrando los ojos, respiró profundo, su espíritu estaba en paz. Allí se quedó esa noche mirando las estrellas, tratando de descifrar el enigma que lo ataba a esas ruinas. Y fue la primera vez que soñó despierto, vio figuras humanas que se ocultaban entre las gigantescas columnas. Pero lo que realmente lo sacó del ensueño fue la voz de alguien que había pronunciado su nombre, Thomas…Thomas… Fue algo que lo levantó de un impulso y caminó con cautela, alumbrado por la luz de la luna. Recorrió el espacio y preguntó varias veces, ¿quién anda por allí? Nada, silencio profundo, una lechuza pasó casi rozándolo con su chillido como un seseo y pensó que tal vez se había confundido con ese sonido tan especial del ave. Volvió a parapetarse tras la roca y se tranquilizó.
El próximo día pasó la noche en un cuarto de hotel cerca de la rivera del Támesis. Tomó un baño y después de un buen desayuno se dirigió hacia Piccadilly, una gran arteria de Londres, entre Hyde Park y Regent street. Sacó muchas fotos y luego se encaminó hacia el centro de la ciudad. Allí divisó el palacio de Westminster que lucía todo su esplendor, y se quedó embobado mirándolo por un buen espacio de tiempo, hasta que el reloj de su torre le despertó indicando que ya era medio día. Enseguida se dirigió hacia los suburbios de Londres, era la primera vez que andaba por esos lugares, recorrió ávido el mercado de artesanías. Más tarde comió un ligero lunch en un restaurante cerca de la rivera y al salir recorrió los alrededores comprobando lo que su padre le había contado de Londres, el corazón de la ciudad, la antigua Londinium aún conservaba los límites medievales. Al anochecer sus pasos lo llevaron hacia London tower bridge. Observó la serenidad del paisaje, barcos que cruzaban el Támesis llevando y trayendo carga. De vez en cuando una columna de garzas pasaba sobre el puente en busca de pastizales en donde pernoctar. De pronto se sorprendió, alguien de nuevo susurraba su nombre, Thomas… Thomas… pero no había nadie cerca, sólo algunos autos cruzaban. Thomas…Thomas… ¿Quién me llama?, preguntó. Nada, no había ninguna persona por los alrededores, sólo las aguas negruzcas del río lo estremecieron al mirarlas. ¿Qué está pasando?, tengo un raro presentimiento de que algo sucederá, es como un presagio, se dijo, y esa voz que no sé de dónde viene, me tiene intrigado, o ¿me está fallando el oído?
Salió del puente y se dirigió hacia una zona más ajetreada, con un pequeño mercado y viejos restaurantes de comida londinense. Entró en uno de ellos y pidió una cerveza. Would you like something else? ¿Desea algo más?, en vez de una cerveza, ¿qué tal, un Jack the ripper? ¿Qué es eso?, preguntó curioso. Ah, sonrió el mozo, es una bebida que lleva una mezcla de licores, los parroquianos le llaman a sí. Ah, Jack, el destripador, repitió en español el joven. El mozo sonrió, ¿ha escuchado hablar de él? Sí, claro. Bueno, usted se encuentra en medio del barrio en el que este individuo asesinó a sus víctimas. ¿Si? Por supuesto, es una historia muy antigua, la gente ahora se ríe, no imagina que fue realmente algo espeluznante, agregó el mozo. ¿De dónde dijo que era? De Sudamérica, apuró en contestar Thomas. Qué gusto, pero, usted habla muy bien el inglés, señaló. Ah, sí, mis padres eran ingleses. Ya veo, entonces, ¿se sirve la especialidad de la casa? Bueno, probaré ese Jack, contestó.
Al salir del restaurante Thomas, leyó el anunció del letrero, era la calle Whitechapel. Muy conocida por las andanzas del destripador, según la leyenda nunca fue hallado por la policía. Esa noche siguió deambulando por el Battersea Park, muy cerca del río. Unas chicas le salieron al paso y se entretuvo conversando con ellas. A la media noche las jóvenes se fueron y quedó solo en el parque. Qué bien se está aquí, pensó, pareciera que he vivido una vida por estos lugares, todo se me hace familiar, pero la verdad es, que es la primera vez que los visitaba. Nuevamente pensó que en otras vidas pasadas tuvo que haber sido un cruzado, o un templario. Le gustaba esa idea. Un anciano se acercó a pedirle un cigarrillo, y él contestó que no fumaba. El hombre lo miró extrañado, escupió el suelo varias veces enojado y se fue mascullando algo indescifrable. Qué tipo más raro. Se fijó en la ropa, un abrigo sucio y destrozado, parecía haber salido de ultratumba, luego sonrió, qué pensamientos ¿no? La bruma, característica de Londres, comenzaba a deslizarse por los senderos del parque zigzagueando a ras de tierra, en ese momento decidió volver al hotel. Compró algo de fast food y la llevó a su cuarto. Prendió la televisión mientras comía. Sin darse cuenta se quedó dormido, hasta caer en un extraño sueño. Allí estaba el pordiosero del parque que lo presionaba, exigiéndole que le entregara su cigarrillo y como él le repetía que no tenía, el hombre lo atacaba con un filoso cuchillo. Tú no sabes quién soy, le dijo, o me das mi cigarrillo o serás mi sexta víctima, entonces el hombre levantó el arma y cuando estaba a punto de caer sobre él, Thomas dio un brinco en la cama y quedó de pie. Fue algo extraordinario, nunca había tenido una pesadilla de esa magnitud. Pero lo que lo hizo dudar fue ver la puerta de su cuarto entreabierta. Juró que la había cerrado. La televisión todavía estaba encendida, la apagó titubeante. ¿Le habría caído mal esa terrible mezcla de licores?, o ¿sería la comida chatarra? Desconcertado se metió en la cama, el reloj marcaba las tres de la madrugada. Se acomodó nuevamente y durmió, pero ese mal sueño, lo atormentó el resto de la noche.
Al día siguiente salió con su mochila, y cruzó Gainsford street, hacia Camberwell palace. Tenía una obsesión por los palacios, cogió su cámara y estuvo varias horas por los alrededores tomando fotos, luego se dirigió hacia el centro de la ciudad y desde un ciber envió algunos mensajes a sus amigos. En una tienda compró algunos regalitos y pensó que el próximo destino sería París, la antigua Lutetia Parisiorum, el centro de la bohemia europea. Eso fue lo que les anunció a sus amigos. Pasó a un banco y retiró algo de dinero. Todo el día vagó por la ciudad, admirando los edificios, sus diseños tan propios de los ingleses. Todavía se sentía intrigado por aquel extraño sueño que le perseguía estando despierto.
En un restaurante se hizo amigo de la chica que lo atendía y la invitó al cine esa tarde. No acostumbro a salir con desconocidos, contestó ella un poco coqueta. Bueno, ya no somos desconocidos, me llamo Thomas, y tú eres Melissa. ¿Cómo, sabes mi nombre? Jaja, bromeó Thomas, lo llevas en tu uniforme. Oh, qué tonta. Thomas, eres muy divertido, me caes bien, you’re so cute. Bueno, ven a buscarme a la salida de mi turno. ¿Te parece a las seis? Claro, my fearlady, aquí estaré puntual. El joven se alejó con una amplia sonrisa. Qué bien, será entretenido ir al cine con una chica tan hermosa.
Volvió al hotel, se bañó, se cambió de ropas y se acicaló lo mejor que pudo para la cita. Miró su reloj, todavía tenía tiempo, iban a ser las cuatro de la tarde. Prendió el aparato de televisión y se interesó con una entrevista que le estaban haciendo a lady Di en ese momento. La encontró muy bella, tan elegante, y esa mirada de princesa lo fascinaba. De pronto escuchó que del televisor salía otra voz, nombrándolo varias veces, luego algo que lo hizo estremecerse, era una voz, la voz que lo perseguía, -esta noche… cerca de la rivera del Támesis… Thomas... debes venir... Rápido apagó la tv y puso atención. Pero nada, todo quedó en silencio.
No quiso seguir allí esperando, y salió del cuarto alarmado por esa voz y esa extraña cita. Pensó que eso no le estaba sucediendo a él, que era parte de noches de bohemia, dolor por la pérdida de sus padres, en fin, buscó alguna respuesta para quedar tranquilo, sin embargo, no tenía una justificación a ese insistente sueño y a la voz que lo inquietaba. Obviamente, pensó, esta ciudad me está enfermando en vez de relajarme.
Caminó por el bulevar. Se detuvo en una florería y compró un hermoso tulipán para Melissa, se dijo, a pesar de no pretender nada más que una compañía por esa breve estadía en Londres, quería dejarle una buena impresión, así ella pensará que todos los latinos somos románticos y caballerosos. Entró a un callejón empedrado en donde varios pintores vendían sus obras y retrataban al carbón a los visitantes que aceptaban por unos pocas libras posar para un recuerdo. Thomas se detuvo abruptamente, un anciano dibujaba en carboncillo el retrato de un hombre, pero ese hombre era el mendigo del parque. Thomas no pudo contenerse y exclamó un ¡oh!, tan fuerte, que el pintor se volvió pensando que alguien se había lastimado. My friend, what happened to you? Oh, no, perdón, excuse me… es… su dibujo…. pardon me. Ah, el dibujo… ¿le gusta? Se lo dejo por un par de libras, nada más, ofreció el pintor con una amplia sonrisa. Este… ¿dónde está este hombre? ¿El anciano?, es sólo un mendigo que estuvo por aquí hace un rato. ¿Lo conoce usted? ¿A quién?, ¿al mendigo?…Ah, no, me pareció muy raro con ese abrigo tan largo que le arrastra por el suelo y no pude evitar dibujarlo. Oh, ¿usted le habló? ¿Qué pasa? ¿Es amigo suyo? Oh, no, lo vi en el parque… ah, pobre anciano. ¿Me comprará el cuadro?, preguntó el pintor con impaciencia. Tal vez más tarde, se disculpó el joven. Y se fue por donde había llegado. Su cabeza daba vueltas, el mendigo era real, no cabía la menor duda. Creo que me está entrando la paranoia. Consultó su reloj faltaban cinco minutos para las seis. Caminó de prisa, le quedaban tres largas cuadras.
Cuando llegó al restaurante, Melissa lo observaba desde la puerta. Ah, llegas justo a tiempo. Sí, vamos. ¿A qué cine quieres ir? Preguntó. Mira, están dando una película de Harry Potter, ¿quieres que vayamos a verla? Por supuesto, ah, toma esta flor es para ti. Oh, what a lovely flower, que amoroso, gracias, y Melissa le dio un beso en la mejilla. Los dos rieron.
Después del cine, Thomas invitó a su joven amiga a una fuente de sodas y pidieron unos milkshakes. ¿Vamos a caminar?, insinuó Melissa, necesito aire fresco. Claro, asintió Thomas. Los pasos los llevaron cerca de la rivera del Támesis. Conversaron, rieron y hablaron de sus respectivos países. Fue muy divertido, y de momento, Thomas olvidó completamente sus extraños sueños.
Cerca de las diez treinta de la noche Melissa quiso despedirse pero el joven no la dejó. Yo te acompañaré a casa, insistió, está muy oscuro. Sí, se nos escondió la luna sonrió, Melissa. Claro, la blanca señora observó a estos chicos latosos y se aburrió, dijo refiriéndose a ellos. Se fue a dormir. Melissa se tapó la boca para no reír muy fuerte. Eres muy divertido, me alegra haberte conocido míster latino. Los dos rieron. Ya, vamos entonces. Vivo cerca, a cuatro cuadras de este lugar, indicó la joven.
Tuvieron que cruzar varios pasajes solitarios. Oye, es muy peligroso que andes sola por estos lugares, reclamó Thomas. Bueno, ya ves, es por tu culpa, apuntó Melissa. Es cierto, reconoció. De pronto, al dar vuelta en una esquina, Thomas sintió un golpe seco en su cabeza y cayó desplomado. La niebla comenzaba a deslizarse por las callejuelas con su sigilo habitual. Cuando Thomas tuvo conciencia de sí mismo, no recordaba nada. De súbito vino a su mente el golpe, y gritó por Melissa, aterrado. Mas, en ese momento observó sus manos, estaban cubiertas de sangre, retrocedió asustado y tropezó con algo metálico, lo recogió, era un cuchillo. Rápido lo dejó caer, incrédulo, el pánico lo invadió, no podía pensar bien, ¿estaría en otra de sus pesadillas? Entonces, ¿qué había pasado? A un lado de un árbol descubrió un bulto. Volvió a preguntar, ¿eres tú, Melissa? ¿Dónde estás? Nadie respondió. Por favor contesta. Se acercó al bulto, indeciso, presintiendo lo peor. Se inclinó y la vio. Era ella, aún tenía la flor en su mano. La tocó, Melissa, Melissa, ¿qué te pasó? Alrededor del cuerpo de la joven había un charco de sangre semicoagulada, oscura y viscosa que descubrió al pisar sobre él. ¡Oh, no!, gritó, ¡no, Melissa! Por favor, no te mueras, por favor, di que no es verdad. Un sollozo le apagó las palabras. De pronto, una figura se acercó a él, si, era el mendigo, reía, ¡Jack, mira lo que has hecho!, y siguió riendo como un demente. Jajaja, ya viene la policía, por fin te atraparán, Jack, no podrás escapar ahora, jajaja. ¡Oye, yo no me llamo Jack!, exclamó el joven, estás loco, ¿por qué la mataste? ¡Asesino, despreciable asesino!, gemía Thomas.
El mendigo no escuchaba, siguió caminado hasta perderse en la bruma, mientras repetía el nombre de Jack… Jack… you are a very bad man! Y continuó riendo como un demente. A lo lejos se oía la bocina del auto de Scotland Yard police…
lunes, 1 de abril de 2013
WHITECHAPEL
Thomas había soñado con él una y otra vez esa noche. No tenía la menor duda de que algo se insinuaba bajo la piel de los sueños. Pero la pregunta era, ¿por qué a él? Thomas, el emocionado viajero, un personaje sin ataduras con nadie que una noche pernoctaba en una confortable cama y la otra noche cerca de la rivera del Támesis, sin más cobija que su propio pensamiento. ¿Por qué ese infalible sueño lo llevaba hacia el lugar de la cita? ¡Por Júpiter!, ¿qué decía, de qué cita hablaba?, si sólo fue insinuada en una extraña pesadilla. No podía recurrir a nadie con semejante pregunta, lo mejor era olvidar.
Thomas nació en Sudamérica, a sus treinta y ocho años aún no se establecía en ninguna parte, viajero incansable, su último viaje había sido a Inglaterra, lugar de nacimiento de sus padres. Por desgracia dos años antes, éstos fallecieron en un accidente de tránsito, y desde esa fecha Thomas abandonó a sus amigos, su casa y su país para deambular por el mundo.
Por suerte para él, heredó una pequeña fortuna. Desolado por la pérdida de sus seres queridos, un día decidió de la noche a la mañana que tenía que salir a recorrer el mundo hasta donde el dinero le alcanzara. Tomó su mochila y emprendió el viaje pese a las recomendaciones y ruegos de sus amigos. Nada lo detuvo y se fue rumbo Brasil, unas pocas semanas aquí otras en otro país. Fue así que después de tres meses había llegado a Inglaterra una vez más. Le atraían enormemente las construcciones de castillos y villorrios, de preferencia todo lo elevado en piedra. Debo haber sido un cruzado, o algo por el estilo, se decía. A los pocos días de pisar tierra europea, Thomas dirigió sus pasos a las ruinas de Stonehenge. Estando allí palpó la piedra, la acarició como si acariciara a un niño, suave, entrecerrando los ojos, respiró profundo, su espíritu estaba en paz. Allí se quedó esa noche mirando las estrellas, tratando de descifrar el enigma que lo ataba a esas ruinas. Y fue la primera vez que soñó despierto, vio figuras humanas que se ocultaban entre las gigantescas columnas. Pero lo que realmente lo sacó del ensueño fue la voz de alguien que había pronunciado su nombre, Thomas…Thomas… Fue algo que lo levantó de un impulso y caminó con cautela, alumbrado por la luz de la luna. Recorrió el espacio y preguntó varias veces, ¿quién anda por allí? Nada, silencio profundo, una lechuza pasó casi rozándolo con su chillido como un seseo y pensó que tal vez se había confundido con ese sonido tan especial del ave. Volvió a parapetarse tras la roca y se tranquilizó.
El próximo día pasó la noche en un cuarto de hotel cerca de la rivera del Támesis. Tomó un baño y después de un buen desayuno se dirigió hacia Piccadilly, una gran arteria de Londres, entre Hyde Park y Regent street. Sacó muchas fotos y luego se encaminó hacia el centro de la ciudad. Allí divisó el palacio de Westminster que lucía todo su esplendor, y se quedó embobado mirándolo por un buen espacio de tiempo, hasta que el reloj de su torre le despertó indicando que ya era medio día. Enseguida se dirigió hacia los suburbios de Londres, era la primera vez que andaba por esos lugares, recorrió ávido el mercado de artesanías. Más tarde comió un ligero lunch en un restaurante cerca de la rivera y al salir recorrió los alrededores comprobando lo que su padre le había contado de Londres, el corazón de la ciudad, la antigua Londinium aún conservaba los límites medievales. Al anochecer sus pasos lo llevaron hacia London tower bridge. Observó la serenidad del paisaje, barcos que cruzaban el Támesis llevando y trayendo carga. De vez en cuando una columna de garzas pasaba sobre el puente en busca de pastizales en donde pernoctar. De pronto se sorprendió, alguien de nuevo susurraba su nombre, Thomas… Thomas… pero no había nadie cerca, sólo algunos autos cruzaban. Thomas…Thomas… ¿Quién me llama?, preguntó. Nada, no había ninguna persona por los alrededores, sólo las aguas negruzcas del río lo estremecieron al mirarlas. ¿Qué está pasando?, tengo un raro presentimiento de que algo sucederá, es como un presagio, se dijo, y esa voz que no sé de dónde viene, me tiene intrigado, o ¿me está fallando el oído?
Salió del puente y se dirigió hacia una zona más ajetreada, con un pequeño mercado y viejos restaurantes de comida londinense. Entró en uno de ellos y pidió una cerveza. Would you like something else? ¿Desea algo más?, en vez de una cerveza, ¿qué tal, un Jack the ripper? ¿Qué es eso?, preguntó curioso. Ah, sonrió el mozo, es una bebida que lleva una mezcla de licores, los parroquianos le llaman a sí. Ah, Jack, el destripador, repitió en español el joven. El mozo sonrió, ¿ha escuchado hablar de él? Sí, claro. Bueno, usted se encuentra en medio del barrio en el que este individuo asesinó a sus víctimas. ¿Si? Por supuesto, es una historia muy antigua, la gente ahora se ríe, no imagina que fue realmente algo espeluznante, agregó el mozo. ¿De dónde dijo que era? De Sudamérica, apuró en contestar Thomas. Qué gusto, pero, usted habla muy bien el inglés, señaló. Ah, sí, mis padres eran ingleses. Ya veo, entonces, ¿se sirve la especialidad de la casa? Bueno, probaré ese Jack, contestó.
Al salir del restaurante Thomas, leyó el anunció del letrero, era la calle Whitechapel. Muy conocida por las andanzas del destripador, según la leyenda nunca fue hallado por la policía. Esa noche siguió deambulando por el Battersea Park, muy cerca del río. Unas chicas le salieron al paso y se entretuvo conversando con ellas. A la media noche las jóvenes se fueron y quedó solo en el parque. Qué bien se está aquí, pensó, pareciera que he vivido una vida por estos lugares, todo se me hace familiar, pero la verdad es, que es la primera vez que los visitaba. Nuevamente pensó que en otras vidas pasadas tuvo que haber sido un cruzado, o un templario. Le gustaba esa idea. Un anciano se acercó a pedirle un cigarrillo, y él contestó que no fumaba. El hombre lo miró extrañado, escupió el suelo varias veces enojado y se fue mascullando algo indescifrable. Qué tipo más raro. Se fijó en la ropa, un abrigo sucio y destrozado, parecía haber salido de ultratumba, luego sonrió, qué pensamientos ¿no? La bruma, característica de Londres, comenzaba a deslizarse por los senderos del parque zigzagueando a ras de tierra, en ese momento decidió volver al hotel. Compró algo de fast food y la llevó a su cuarto. Prendió la televisión mientras comía. Sin darse cuenta se quedó dormido, hasta caer en un extraño sueño. Allí estaba el pordiosero del parque que lo presionaba, exigiéndole que le entregara su cigarrillo y como él le repetía que no tenía, el hombre lo atacaba con un filoso cuchillo. Tú no sabes quién soy, le dijo, o me das mi cigarrillo o serás mi sexta víctima, entonces el hombre levantó el arma y cuando estaba a punto de caer sobre él, Thomas dio un brinco en la cama y quedó de pie. Fue algo extraordinario, nunca había tenido una pesadilla de esa magnitud. Pero lo que lo hizo dudar fue ver la puerta de su cuarto entreabierta. Juró que la había cerrado. La televisión todavía estaba encendida, la apagó titubeante. ¿Le habría caído mal esa terrible mezcla de licores?, o ¿sería la comida chatarra? Desconcertado se metió en la cama, el reloj marcaba las tres de la madrugada. Se acomodó nuevamente y durmió, pero ese mal sueño, lo atormentó el resto de la noche.
Al día siguiente salió con su mochila, y cruzó Gainsford street, hacia Camberwell palace. Tenía una obsesión por los palacios, cogió su cámara y estuvo varias horas por los alrededores tomando fotos, luego se dirigió hacia el centro de la ciudad y desde un ciber envió algunos mensajes a sus amigos. En una tienda compró algunos regalitos y pensó que el próximo destino sería París, la antigua Lutetia Parisiorum, el centro de la bohemia europea. Eso fue lo que les anunció a sus amigos. Pasó a un banco y retiró algo de dinero. Todo el día vagó por la ciudad, admirando los edificios, sus diseños tan propios de los ingleses. Todavía se sentía intrigado por aquel extraño sueño que le perseguía estando despierto.
En un restaurante se hizo amigo de la chica que lo atendía y la invitó al cine esa tarde. No acostumbro a salir con desconocidos, contestó ella un poco coqueta. Bueno, ya no somos desconocidos, me llamo Thomas, y tú eres Melissa. ¿Cómo, sabes mi nombre? Jaja, bromeó Thomas, lo llevas en tu uniforme. Oh, qué tonta. Thomas, eres muy divertido, me caes bien, you’re so cute. Bueno, ven a buscarme a la salida de mi turno. ¿Te parece a las seis? Claro, my fearlady, aquí estaré puntual. El joven se alejó con una amplia sonrisa. Qué bien, será entretenido ir al cine con una chica tan hermosa.
Volvió al hotel, se bañó, se cambió de ropas y se acicaló lo mejor que pudo para la cita. Miró su reloj, todavía tenía tiempo, iban a ser las cuatro de la tarde. Prendió el aparato de televisión y se interesó con una entrevista que le estaban haciendo a lady Di en ese momento. La encontró muy bella, tan elegante, y esa mirada de princesa lo fascinaba. De pronto escuchó que del televisor salía otra voz, nombrándolo varias veces, luego algo que lo hizo estremecerse, era una voz, la voz que lo perseguía, -esta noche… cerca de la rivera del Támesis… Thomas... debes venir... Rápido apagó la tv y puso atención. Pero nada, todo quedó en silencio.
No quiso seguir allí esperando, y salió del cuarto alarmado por esa voz y esa extraña cita. Pensó que eso no le estaba sucediendo a él, que era parte de noches de bohemia, dolor por la pérdida de sus padres, en fin, buscó alguna respuesta para quedar tranquilo, sin embargo, no tenía una justificación a ese insistente sueño y a la voz que lo inquietaba. Obviamente, pensó, esta ciudad me está enfermando en vez de relajarme.
Caminó por el bulevar. Se detuvo en una florería y compró un hermoso tulipán para Melissa, se dijo, a pesar de no pretender nada más que una compañía por esa breve estadía en Londres, quería dejarle una buena impresión, así ella pensará que todos los latinos somos románticos y caballerosos. Entró a un callejón empedrado en donde varios pintores vendían sus obras y retrataban al carbón a los visitantes que aceptaban por unos pocas libras posar para un recuerdo. Thomas se detuvo abruptamente, un anciano dibujaba en carboncillo el retrato de un hombre, pero ese hombre era el mendigo del parque. Thomas no pudo contenerse y exclamó un ¡oh!, tan fuerte, que el pintor se volvió pensando que alguien se había lastimado. My friend, what happened to you? Oh, no, perdón, excuse me… es… su dibujo…. pardon me. Ah, el dibujo… ¿le gusta? Se lo dejo por un par de libras, nada más, ofreció el pintor con una amplia sonrisa. Este… ¿dónde está este hombre? ¿El anciano?, es sólo un mendigo que estuvo por aquí hace un rato. ¿Lo conoce usted? ¿A quién?, ¿al mendigo?…Ah, no, me pareció muy raro con ese abrigo tan largo que le arrastra por el suelo y no pude evitar dibujarlo. Oh, ¿usted le habló? ¿Qué pasa? ¿Es amigo suyo? Oh, no, lo vi en el parque… ah, pobre anciano. ¿Me comprará el cuadro?, preguntó el pintor con impaciencia. Tal vez más tarde, se disculpó el joven. Y se fue por donde había llegado. Su cabeza daba vueltas, el mendigo era real, no cabía la menor duda. Creo que me está entrando la paranoia. Consultó su reloj faltaban cinco minutos para las seis. Caminó de prisa, le quedaban tres largas cuadras.
Cuando llegó al restaurante, Melissa lo observaba desde la puerta. Ah, llegas justo a tiempo. Sí, vamos. ¿A qué cine quieres ir? Preguntó. Mira, están dando una película de Harry Potter, ¿quieres que vayamos a verla? Por supuesto, ah, toma esta flor es para ti. Oh, what a lovely flower, que amoroso, gracias, y Melissa le dio un beso en la mejilla. Los dos rieron.
Después del cine, Thomas invitó a su joven amiga a una fuente de sodas y pidieron unos milkshakes. ¿Vamos a caminar?, insinuó Melissa, necesito aire fresco. Claro, asintió Thomas. Los pasos los llevaron cerca de la rivera del Támesis. Conversaron, rieron y hablaron de sus respectivos países. Fue muy divertido, y de momento, Thomas olvidó completamente sus extraños sueños.
Cerca de las diez treinta de la noche Melissa quiso despedirse pero el joven no la dejó. Yo te acompañaré a casa, insistió, está muy oscuro. Sí, se nos escondió la luna sonrió, Melissa. Claro, la blanca señora observó a estos chicos latosos y se aburrió, dijo refiriéndose a ellos. Se fue a dormir. Melissa se tapó la boca para no reír muy fuerte. Eres muy divertido, me alegra haberte conocido míster latino. Los dos rieron. Ya, vamos entonces. Vivo cerca, a cuatro cuadras de este lugar, indicó la joven.
Tuvieron que cruzar varios pasajes solitarios. Oye, es muy peligroso que andes sola por estos lugares, reclamó Thomas. Bueno, ya ves, es por tu culpa, apuntó Melissa. Es cierto, reconoció. De pronto, al dar vuelta en una esquina, Thomas sintió un golpe seco en su cabeza y cayó desplomado. La niebla comenzaba a deslizarse por las callejuelas con su sigilo habitual. Cuando Thomas tuvo conciencia de sí mismo, no recordaba nada. De súbito vino a su mente el golpe, y gritó por Melissa, aterrado. Mas, en ese momento observó sus manos, estaban cubiertas de sangre, retrocedió asustado y tropezó con algo metálico, lo recogió, era un cuchillo. Rápido lo dejó caer, incrédulo, el pánico lo invadió, no podía pensar bien, ¿estaría en otra de sus pesadillas? Entonces, ¿qué había pasado? A un lado de un árbol descubrió un bulto. Volvió a preguntar, ¿eres tú, Melissa? ¿Dónde estás? Nadie respondió. Por favor contesta. Se acercó al bulto, indeciso, presintiendo lo peor. Se inclinó y la vio. Era ella, aún tenía la flor en su mano. La tocó, Melissa, Melissa, ¿qué te pasó? Alrededor del cuerpo de la joven había un charco de sangre semicoagulada, oscura y viscosa que descubrió al pisar sobre él. ¡Oh, no!, gritó, ¡no, Melissa! Por favor, no te mueras, por favor, di que no es verdad. Un sollozo le apagó las palabras. De pronto, una figura se acercó a él, si, era el mendigo, reía, ¡Jack, mira lo que has hecho!, y siguió riendo como un demente. Jajaja, ya viene la policía, por fin te atraparán, Jack, no podrás escapar ahora, jajaja. ¡Oye, yo no me llamo Jack!, exclamó el joven, estás loco, ¿por qué la mataste? ¡Asesino, despreciable asesino!, gemía Thomas.
El mendigo no escuchaba, siguió caminado hasta perderse en la bruma, mientras repetía el nombre de Jack… Jack… you are a very bad man! Y continuó riendo como un demente. A lo lejos se oía la bocina del auto de Scotland Yard police…
viernes, 15 de marzo de 2013
ATRÉVETE AHORA
Atrévete
ahora que estoy a tu distancia,
las
armas a mi alcance, las palabras adecuadas,
la
voz en susurro, sin prisa ni nerviosismo.
Vamos
a comenzar la contienda, limpia de toda duda
pondremos
de nuestra parte.
Cruza
la calle, la luna ha cerrado sus
pestañas
tras
la nube hospitalaria.
Los árboles
se mecen con cómplice deleite,
deja
caer los impedimentos, el cínico ropaje que te escuda,
desnúdate
de prejuicios, aquí está mi cama.
Hay
una atmósfera de sigilo,
un
roce que no toca, pasa, deja un sabor inconcluso.
El
calor invade los espacios sudorosos,
arden
los deseos de que te atrevas ahora.
Un
preludio de libélulas se detiene en la ventana,
minúsculas
y frágiles tiene su propio baile.
Vas
deshojando la noche con sensuales susurros
y tu
coraza de tela se disuelve en el aire.
Tus
ojos son llamaradas que encienden toda mi lumbre,
y bajo
la complicidad del momento
te
atreves, y yo,
y
yo me entrego con corazón anhelante.
viernes, 1 de marzo de 2013
EL PÉNDULO
Tratas de moverte, crees
haberlo logrado, pero es pura imaginación, no te has despegado de esa pared ni
un solo ápice. Piensas que los demás están muertos, no hay más ruidos que el acompasado caer del
tiempo. Nadie habla, se queja o grita. Tú estás aterrado,
sabes que todo es consecuencia del
péndulo. No se divisa, pero sabes que existe y que llegará hasta el sitio en
que te hayas inmóvil. Quisieras
retroceder al pasado, aunque sea unas pocas semanas, días, u horas, sin
embargo tu mente esta en blanco, ni siquiera logras recordar cómo te llamas o
cómo luces. La incertidumbre aumenta a medida que tratas en vano de salir de
esa posición. De pronto, esa terrible
campanada que te saca de la tensión para llevarte más allá del pánico. Te
deja semiaturdido, casi sin control de
tu pensamiento que escapa y por un momento caes en un laberinto oscuro y sin fin.
Vuelves en sí, ¿cuándo tiempo
ha pasado? No lo sabes, ni siquiera puedes pensar con claridad sobre el momento
que recién ha pasado ¿por qué estás perplejo? Comienzas a luchar con esa fuerza que te clava al piso. Tal vez
estás igual que los otros, y es sólo tu mente que manda las últimas fotografías hasta agotar el disco duro.
Quisieras recordar, pero es
tan difícil, no hay pasado en tu mente, no hay futuro, y el presente es
imposible describirlo. ¿Cómo has llegado hasta esta situación?
¿Sabes acaso quién eres? ¡Nombre!... Buscas en vano en tu vacía caja, ¡un
nombre, por favor! clamas. Nada, por más que luchas en encontrar una respuesta,
tu memoria está borrada. Tratas de gritar,
mas el silencio escapa por una línea dibujada en tu rostro. Te lo digo y no lo entiendes, sé
que estás desesperado, pero no soy el más indicado a calmarte. Espera, el péndulo está bajando, se abre una pequeña
puerta, las campanadas lo anuncian, el público
afuera está a la expectativa. ¡Las doce!, sales pegado a una plataforma circular y junto a los otros, dan
unas vueltas, muy derechos, fijos como figuras de plomo con los rostros pintados.
Se escucha un aplauso y con un giro
automático, la tarima se esconde dentro del gran reloj astronómico de la vieja ciudad
de Praga. Ahora ¿sabes quién eres? Pobre Avaro, ya pronto te repararán, la
lluvia ha hecho muchos estragos en tu despintada cabeza de madera.
miércoles, 13 de febrero de 2013
CUERPO Y ALMA
La noche avanza con sus pasitos luna
deambula de cuarto en cuarto,
niña despreocupada.
Afuera un murmullo de grillos y sapos
adormece tinieblas.
Cielo alto pasa su lengüeta azul
oculta arreboles,
desinfla nubes.
El silencio baja los escalones del viento,
una estrella diminuta llora lumbre,
titila en mi vagabunda pupila.
Y yo, ni afuera ni adentro
suspendida en una larga espera.
En el umbral del tiempo tejo sueños,
deshago fantasías.
En un ir y venir sobre un mismo surco hundo mi cuerpo semilla.
Un día la luz vendrá en tus ojos aurora
a acariciar mi frente dormida.
Un día tu voz vida, pronunciará mi nombre olvidado,
entonces, cuerpo y alma
renacerán para sólo amarte.
viernes, 1 de febrero de 2013
EXTRAVAGANTEMENTE RARO
El hombre raro se levantó esa mañana tratando de pensar
en aquel espectacular sueño que había sostenido en su almohada por breves
segundos, para que, por un repentino bostezo, se le hubiera escurrido al rincón
de los sueños perdidos. Durante quién sabe cuánto tiempo estuvo quebrándose la
sesera en su afán de recordar, pero fue
imposible, y totalmente defraudado soltó el pequeño hilo que había quedado
pendiendo de su cabeza, ése que lo unía a su inconsciente. Varias veces se
repitió que sabía que era un lindo sueño,
algo que paladeaba en su mente sin saber el inicio y menos por dónde
terminaba, que desgracia, se dijo,
mientras desconcertado se anuló los cordones amarillos de sus zapatos azules.
El teléfono sonó tres veces, hasta que se hizo el ánimo
de levantar el auricular y con voz desganada atendió con un moribundo ¿bueno?
¡Bueno! ¿Hijo, estás bien? Oh, mamá, me estoy levantando, perdona, ¿se te
ofrece algo? Sí, sólo recordarte que esta tarde vendrás a tomar el té conmigo,
no olvides de traer algo dulce, ¿Sí?
Claro que sí, no lo olvidaré, hasta la tarde mamá, cuídate. Un beso hijo.
Una mueca le cubrió el rostro, era tan tedioso ir a tomar
té con su madre y escuchar impávido las últimas telenovelas que ella le contaba con lujo de detalles, hasta
que el reloj marcaba las siete y él se
escabullía con alguna excusa. No olvides venir la próxima semana hijo, para
contarte como va el desenlace de esta interesante novela, repetía la señora
entusiasmada, mientras el hijo ponía cara de cansado.
El hombre raro, se asomó por la ventana y contempló lo
inusual del clima, estaba en pleno
verano y arriba se veía todo cubierto por negras y amenazantes nubes. ¿Quién
entiende el clima en estos días?, se
preguntó, los cambios climáticos tienen convulsionado el pronóstico, ahora no se puede
anunciar nada por adelantado, y la oficina meteorológica me da un informe y
en el momento en que lo estoy anunciando
por la radio, la cosa cambia, eso me enfada mucho, por allí he escuchado
comentarios sobre mi persona que no me agradaron, unos dicen que soy muy
peculiar y otros que soy un despistado, y algunos osan decir que soy un
extravagante, mas yo pienso que los incongruentes son ellos. Si tan sólo
pudiera recordar ese maravilloso sueño, creo que por primera vez me verían
sonreír, pero curiosamente nunca puedo
recordar pese a los tremendos
esfuerzos, sólo queda el sabor de algo bonito deambulando los intrincados
circuitos de mi cerebro. Y el hombre raro abrochó su chaqueta verde, tomó su
sombrero verde y salió cerrando la puerta lo más suave posible, no querría que
la extravagante mujer del lado, su vecina, se asomara a saludarlo, mirándolo de
arriba a abajo con esa voz irónica que últimamente usaba a consecuencia de
errar al clima. Qué fastidio, se dijo, y se alejó caminado a grandes zancadas hasta el paradero del bus. Allí estaban
esperando locomoción varios de sus vecinos a los que evitaba mirar. Todos ellos
poseían una mueca irónica en sus rostros y lo observaban como quien mira un
insecto. Por ese motivo trataba de disimular que los había reconocido, ¿para
qué? No iba a malgastar un saludo con
gente así, por lo que cuando el bus arribó los dejó subir y se quedó abajo a
esperar el próximo transporte. Tomó su libreta de apuntes y con su bolígrafo Parker, escribió algo, una
idea para el programa de radio.
Antes de que llegaran más vecinos, arribó el siguiente bus
y de un ligero y grácil salto se encaramó. Los pasajeros lo vieron subir y
algunos hicieron una mueca divertida al verlo vestido con colores tan chillones,
pero él como si no los viera, eso era una rutina, siempre lo miraban para bien
o para mal, por eso no se inmutó, ya estaba acostumbrado. La gente es tan rara,
se fija en cómo vistes y no se miran
cómo van vestidos ellos mismos. Ese señor con cara de dormilón se puso un par
de calcetines de diferentes colores, y ese otro tiene una boina para cubrirse
el cabello sin peinar, ah, y aquella joven no se acicaló en casa y allí va toda
compungida encrespándose las pestañas y pintándose los labios. Y no quiso mirar
más al joven universitario que trataba
de anudarse la corbata, pues le daban ganas de reír. Ah, y ese niño de no más
de dos años que se había pegado un chicle en la nariz, eso si que era muy
gracioso y su madre lo había mirado a él
como pájaro raro. Este mundo está de cabeza, se dijo, mientras se acomodaba en
un asiento libre.
El hombre raro llegó a su oficina en la radio y saludó a todos con un “buenos días América”, que
por supuesto nadie le contestó, pensaban
que andaba mal de la cabeza y que muy pronto el jefe lo despediría, pero él no
se inmutó y se fue a trabajar en lo que sería el noticiero del tiempo para ese
día, en el que la vaguada costera no dejaba ver más allá de unos tres metros a
la distancia. Seguro que cuando anuncie
que hay niebla densa y húmeda, de improviso sale el sol y arruina mi
pronóstico, se dijo con resignación.
Continuó su
trabajo concentrado en lo que diría si algo no encajaba con el clima y su
pronóstico. Pensó en buscar una nueva estrategia, sino podría perder el empleo.
Pero todos adivinaban que el encargado de la oficina meteorológica era el
responsable del pronostico diario, ese
señor que cada atardecer le anunciaba
como iría a estar el día siguiente, no le achuntaba a ninguna y nadie decía
nada, sólo a él lo culpaban por sus mala información. Debo estar vigilante de que el clima no
cambie y a mí me reclame el público por el informe errado. Claro que, no todo era
equivocado, la gente exageraba, y en especial sus compañeros de trabajo que le
subían el chisme al jefe. Un mal pronóstico de vez en cuando no le quitaría en
sueño a nadie. Lo malo era que ya lo tenían tildado de raro. Este mundo está al revés, los que realmente
son raros son ellos que siguen las reglas como si fueran crones, su vestimenta,
su forma de hablar, todo limitado, las computadoras dueñas absolutas de la
verdad. La libertad es sólo una palabra que yace en los diccionarios pero en la
vida real, no existe. Si levantas la voz en el metro, todos te miran
sorprendidos y asustados. El policía, el vigilante y los soplones camuflados de
comunes, están a la expectativa para darte un sermón lo más convincente o
llevarte directo a la comisaría si consideran que te pasaste de la raya. No
puedes olvidar las reglas sin ser tildado de extravagante para los de
dinero y para los de clase como la mía, raros.
Y siguió escribiendo su pronóstico, serían dos clases de
informes: el que le dio esa noche el señor de la oficina meteorológica y otro
que confeccionaba él, usando verbos en forma condicional, una sonrisa por fin
apareció en su rostro, mientras más allá, sus compañeros comentaban que por
primera vez lo veían sonreír. Realmente es un hombre muy, pero muy raro.
martes, 15 de enero de 2013
BRAZOS ABIERTOS
¿Qué han hecho mis manos acumulando tiempos distantes,
bostezos que titilan en el aire en busca de la confortable somnolencia?
Y heme aquí con los brazos abiertos al encuentro que no llega,
no abre la puerta, no interrumpe el monólogo del silencio,
una plática inconclusa con el espejo
del pasado.
Sólo se escucha el tintineo continuo y monótono del péndulo
suspendido en medio de la soledad del reloj
y la siesta se toma la tarde como si fuera lo único existente.
Hoy seguiré esperando el ruido de la llave en la cerradura,
el accionar de cortinas al viento, gorjeos
de aves,
pasos de lluvia subiendo las escaleras
del tejado
y la voz quebrada del silencio anunciando que has llegado.
Sólo entonces,
podré cerrar los brazos al esperado encuentro,
al beso que sellará mis labios y devolverá la sonrisa
a mi solitario corazón.
Sólo entonces,
dejaré escapar el lamento que
mantenía encerrado
entre las páginas de mi libro,
lo dejaré partir y supliré esas páginas de mi vida
con la dulce melodía de tu presencia.
La noche cae, ciega mi ventana, apaga el neón de la calle.
Todo yace oscurecido dando tumbos de un lado a otro,
no hay pasos que se aproximen, no hay un llamado.
Y yo, cierro los ojos a la inmensidad del llanto,
y me digo,
una y otra vez, como una forma de
enredar los hilos
de la nostalgia en el carrete del tiempo,
mañana, mañana nacerá de nuevo
la esperada flor de la certidumbre.
martes, 1 de enero de 2013
PLÁTICA INCONCLUSA
Hoy que es el día que dejó de ser ayer te llamé telepáticamente y tuvimos una charla futurista recostados en el sofá del amor sólo fue un breve roce de labios mojando una simple palabra tal vez más tarde ese roce recorrió tu cuerpo y el mío a pesar del abismo que nos rodeaba se encendió de súbito el televisor y en su reflejo una pareja que se mordía besaba la pantalla dejando una estela brillante y gemía al mismo tiempo luchando cuerpo a cuerpo como aquel monstruo de dos espaldas sin embargo rápido terminaste en un alarido que apagó el aparato y yo en medio esperando el desenlace la chispa que me haría volar por el universo desflorando la rosa de la ironía pero eso no ocurrió la plática quedó en un prender y apagar la luz correr las cortinas y te dormiste plácidamente mientras yo no podía cortar la comunicación hablando con mi sombra y no sé cómo me quedé dormida con un rictus de desagrado en los labios y con la sensación del control remoto insatisfecho.
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