Taciturna cual noche eterna
deambula a tientas la niebla.
Todos le temen.
Nadie la entiende.
Presagio siniestro, espectro de algo.
Sus imaginados labios besan hojas marchitas de luna,
deja humedad de su
boca.
Camina en puntillas, alma en vagancia.
Vestida de vaporoso halo sube los cerros,
baja escaleras,
todo adormece su
manto.
Como madre silente,
cubre el puerto, sus ruidosas fiestas,
afiladas riñas, adormecidos duendes.
Grillos borrachos de alcohol,
pestilentes de orina,
yacen sumidos, en oscuro laberinto.
La niebla, centinela del mar,
arrulla con cántico ausente.
Ella deja al roce sombras de su traje
enredado en sueños
y pesadillas.
Es una dama callada, su tacita voz canta nostalgias,
a su presencia las
puertas se cierran
y se corren las cortinas del puerto.
Solitaria en su vagar se derrama sobre la ciudad
desapareciéndola del atlas.
Sólo, el faro Punta Ángel
la contempla con su único, flamígero ojo,
presuroso y
galante,
anuncia su sutil
llegada.
