viernes, 16 de noviembre de 2012

EVOCACIÓN





Inopinada cae la nostalgia:
crepuscular abrazo nocturno,
flama que enciende partículas de sueño.
Los recuerdos acarician pequeñas brasas de sol
mientras las luces de la tarde reflejan tu rostro.

Cierro los ojos, te siento,
caminas sobre hojas de olvido
con el viento ululando a tu espalda.

El atardecer se tiñe de rojo.
En el ruedo estelar muge la bestia,
emoción sublime, pecho abierto,
el minotauro desfallece,
sangra sus últimos momentos.
Tú te acercas a la calidez de mi abrazo,
ciegas mis sentidos.
          ...
No quiero despertar,
La cruel realidad habita mi casa.

jueves, 1 de noviembre de 2012

CRIMEN EN LA VECINDAD


No fue el ruido de la cuchara al caer al piso, ni la taza que al estrellarse quedara diseminada en mil pedacitos. No fue tampoco la sombra que se inclinaba súbitamente a través de la ventana. Sí, el ruido pudo ser de un cuerpo pesado al precipitarse en caída libre. Eso fue lo que le llamó la atención, primero al perro que levantó sus orejas y comenzó a ladrar moviéndose nerviosamente en dirección de la ventana, después al chico  de la vecina del tercer piso. Sí, a él le llamó la atención, el ruido indiscutible de un cuerpo al caer. Por eso fue a golpear la puerta del señor Rojas y averiguar si se encontraba bien. Sin embargo no hubo respuesta, a pesar de golpear con fuerza y de llamarlo insistentemente.
Ante el silencio, se le ocurrió dirigirse rápidamente al departamento de la portera. Con un  llavero en sus manos la conserje le volvió a repetir si era necesario molestar al anciano que era de mal carácter, pero el apremio del chico  convenció a la temerosa mujer. Mira Francisco, si es una broma te va a salir muy cara, tus padres lo van a saber.
La mujer golpeó tres veces la puerta número 2 del vecino, nombrándolo en voz alta y preguntando si se encontraba bien. Nada, no hubo respuesta, ni el ruido que siempre hacía don Pedro, arrastrando los pies con sus pantuflas cuando se dirigía a abrir  la puerta de calle, normalmente rezongando.
La portera introdujo la llave y la hizo girar hasta que la puerta se abrió. Permaneció en el umbral seguida del niño que se empinaba sobre su hombro para mirar el interior. Desde ese lugar la mujer volvió a repetir varias veces el nombre  del señor Rojas, pero no hubo respuesta. Francisco, de pronto, hizo a un lado a la portera y  con paso firme se dirigió a la iluminada habitación  de donde  había escuchado el ruido. Allí estaba el cuerpo del anciano, la taza quebrada, el té derramado y la cuchara cerca de una silla que yacía volteada. Pero lo que los dejó atónitos, eso pareció, fue la gran mancha de sangre aún fresca que rodeaba el cuerpo del hombre. Un grito escapó de la portera y del chico. No era lo que esperaban encontrar. Los dos pensaban que el anciano estaría desvanecido, nada más, pero eso no ocurrió. Don Pedro Rojas yacía muerto, en su espalda se veía  el arma homicida, y en la cara del anciano se había petrificado una mueca de dolor. Sin importar los hechos la mujer le llamó angustiosamente, esperando que el anciano diera muestras de estar vivo.
Está muerto, exclamó Francisco, llamaré a mi mamá, agregó. No, espera, primero hay que llamar a la policía balbuceó, la portera,  pero  el chico ya estaba inspeccionando las otras dependencias del departamento. ¡Niño, espera!, le gritó la mujer, no toques ninguna cosa, la policía debe encontrar todo como estaba. Francisco salió precipitadamente de una pieza gritando: ¡Mire, mire!, hallé una ventana abierta y unas manchas de sangre. Te dije que no tocaras nada, ¿por qué no escuchas niño?, reclamó la mujer. Si no he tocado nada,  sólo miré... Ah ¿y qué hubiera pasado si el asesino aún estuviera  aquí escondido? Francisco bajó la vista y dijo, disculpe, no lo había pesando, y luego exclamó,  pero no hay nadie, el hombre escapó. ¿Cómo sabes que fue un hombre?, preguntó la mujer con curiosidad mientras discaba a la policía. Pues se me ocurrió como en las películas, casi siempre es un hombre,  sabe, pienso que por la fuerza que le enterró el cuchillo en la espalda a don Pedro. Oye, mejor deja de inventar cosas y no digas tonteras, eso es parte de la investigación de la policía, mejor te vas a tu departamento. La sirena del carro policial  se sintió muy cerca.
Francisco sin  decir nada  abandonó la habitación y salió a la calle. Rápidamente el chico dio la vuelta del viejo edificio, dirigiendo sus pasos hacía la parte posterior. Por aquí se escapó el asesino, se dijo muy serio,  “al bajar por la ventana dejó sus huellas marcadas, la ventana no está muy alta y luego el hombre  saltó la reja trasera”. El perro lo seguía husmeando el pasto y los alrededores, mientras el niño se entretenía inspeccionando el lugar haciendo sus propias deducciones. En ese momento llegaba la policía. Tres agentes se bajaron portando sus armas y con precaución se aproximaron al departamento. La portera se asomó y casi le da un infarto al encontrarse encañonada. No, por favor, soy la portera, exclamó, no me apunten, el asesino ya escapó por la ventana. ¡Quítese!, le gruñó uno de los agentes.
La ambulancia apareció al doblar la esquina  haciendo sonar su sirena. Todo el vecindario se vació a la calle, unos, objetaban que había un incendio y otros decían que alguien estaba  grave, tal vez un ataque al corazón. Cada cual tenía su propia versión de lo ocurrido, aun sin estar en el sitio del suceso. Otro carro de policía  arribó y los agentes cercaron  el área con una cinta amarilla.
Los padres de Francisco alarmados dejaron su quehacer y se unieron al grupo de curiosos, preguntado qué sucedía. Doña Quena, mujer  muy fisgona, ya contaba el suceso con lujo de detalles aduciendo que ella fue la primera en bajar del tercer piso en camisa de dormir pues se había acostado temprano. Viera toda la sangre que había, contó a los padres de Francisco, la portera está con los nervios de punta, ya ve como son los policías la retaron, pobrecita, ella me contó todo, ¡mire qué maldad! Si el pobre hombre no le hacía mal a nadie, claro era un poco enojón, yo no me llevaba bien con él, pero hay que entenderlo, estaba enfermo de diabetes. ¡Cielo!, eso de asesinarlo, ¡válgame señor! ¡Uno no está libre de que lo asalten y le roben y lo peor es que lo maten! ¿Abrase visto?,  ¿Y su niño, ya se acostó que no lo veo? Oh, ¡José, ve a  buscar a Francisco!, ya es muy tarde para que ande en la calle, sobre todo ahora que anda un asesino suelto. ¡Ve hombre,  rápido! Sí, vaya, es tan peligroso que los niños anden en la calle solos, si está bien oscuro y son las siete nomás, agregó doña Quena, mientras se movía  de un lado a otro con aire de superioridad para llamar la atención de algún vecino que quisiera saber la versión completa  del asesinato.
Los camilleros entraron al departamento después de que el perito forense revisó minuciosamente todo el sitio del crimen. El vecindario se agolpó para ver en primera fila el cuerpo del difunto. Pero los policías los obligaron a guardan distancia, mientras los camilleros sacaban a don Pedro dentro de una   bolsa negra completamente cerrada.
Cuando don José dio la vuelta del edificio descubrió a su hijo Francisco que era  encuestado por dos policías. Francisco ¿qué haces? ¡Vete a tu cuarto!, exclamó alarmado. No puede, él es el primer testigo que tenemos, señor Valdivieso. Pero es sólo un niño ¿qué puede saber, si estaba jugando con su perro? Señor, su hijo estuvo en el lugar del crimen, lo encontramos husmeando cerca de la ventana por donde escapó el asesino. Tiene mucho que contarle a la policía. Pero es sólo un niño, insistió el padre. Francisco, ¿que hacías por esos lados, no te he dicho que juegues en el frente del edificio, donde podamos verte?, reclamó José mirando a su hijo con ojos de pregunta. Sí, este jovencito sabe más de lo que usted cree, señor, él vio todo por la ventana y luego entró al lugar del crimen y se paseó por  el departamento dejando huellas por doquier. ¡No lo puedo creer! ¿No te he dicho que no te metas a fisgonear en los asuntos de otras personas Francisco? Es que papá, yo vi la sombra de don Pedro a través  del visillo de la ventana, pero no vi al asesino, sólo  escuché mucho ruido, mi perro también lo vio. Ah, niño, un perro no habla y tú estás metiéndote en un lío. Pero papá, si no hice nada, quería ayudar a don Pedro por eso llamé a la portera, es todo... Pues sí, afirmó el oficial, lo malo es que estropeaste las huellas del atacante, eso, incluso te asomaste a la ventana y dejaste tus huellas sobre las del maleante. ¡Qué te parece, jovencito! Recalcó el policía, ahora tendrás que ir al cuartel a declarar.
Papá,  sabes que el asesino dejó sangre en el pasto, bajo la ventana, yo  creo que es sangre suya, a lo mejor se hirió con el mismo puñal que usó contra don Pedro. Cálmate hijo, y no inventes, te crees el Sherlock  Holmes, no ves en el lío que te has metido y a tus padres también? No se preocupe señor, llévelo mañana a primera hora al cuartel de policía. Por el momento los peritos tendrán un  arduo trabajo para separar las  pruebas. Si es que se puede. Francisco, ¿que edad tienes? Tengo 12 años y curso el segundo medio... ¡Alto! no te he preguntado eso, eres muy suelto de lengua, niño. Vete a tu casa por ahora, y no te metas en otro lío, afirmó el policía. Gracias oficial, agradeció José, tomando a su hijo por el brazo lo condujo con rapidez hacia la entrada del edificio. Ah, ahí estabas Francisco, le interpeló doña Quena, ¿qué hacías? Nada, nada, ya se va a la cama. Buenas noches, vamos, Rosa, invitó don José, mientras pedía permiso a los policías para pasar. Al mismo  tiempo que la señora Quena abordaba a otra vecina que había bajado del segundo piso con su perrito en brazos.
¡Ay!, doña Dora, qué bueno que bajó, ¿supo lo que le pasó al pobre de don Pedro? Se apresuró a preguntar poniendo cara de piadosa. Y antes que la otra contestara, doña Quena ya estaba dando toda clase de informaciones. Atragantándose la  garganta con toda la palabrería que asomaba desordenadamente a su boca. Por favor, señora Quena, no hable tan rápido que apenas le entiendo, ¿dice que hubo un incendio? ¿El niño del tercer piso? Pero si es muy tranquilo. ¡Ay  Doña Dora!, escuchó todo mal, ¡fue un asesinato!, reclamó por fin doña Quena, recalcando que había sido ¡un asesinato! mientras se abrigaba con su chaleco. Mire usted cómo tuve que salir, con lo que tenía puesto, así nomás en enagua, claro, yo pensé que era un incendio, ya ve que las sirenas suenan igualitas que el auto patrulla, viera el susto, y para callado le digo, que la portera tiene mucha culpa en esto, debería haber cerrado la reja con candado, ya ve que hay gente que uno cree que es de fiar y tiene confianza pero señora mía, se la pasan flojeando. ¡Ay! y yo le he dicho tantas veces  que cierre, total todos tiene llave, ¿no le parece? Este... sí, por supuesto, contestó doña Dora un poco molesta por el chisme de la otra, sólo exclamo, ¡qué terrible!, ¡no lo puedo creer, don Pedro!, tan agradable que era  el anciano. Claro, afirmó  doña Quena, y se contuvo con la boca llena de improperios que tuvo que guardar por respeto, nada más, a los policías que sea cercaron a ellas, sin embargo para sus adentros no le importaba tanto pues el anciano siempre le cayó mal  y  en varias ocasiones tuvo sus altercados con el anciano, por su voraz habilidad de chismear al vecindario. Señoras, podrían irse a sus casas, aquí, no se las necesita y además, con un asesino suelto, es mejor que permanezcan en sus habitaciones y con las puertas bien cerradas.
¡Ay!, ¿nos está corriendo oficial?, yo puedo servir de testigo,  apuró en ofrecerse doña Quena.  ¿Testigo de qué? ¿Usted vio al asesino, lo conoce, vive cerca? Por favor, no vaya tan rápido, yo decía nomás, se quejó la mujer. No, sólo escuché lo que contó la portera. Entonces, señoras por favor despejen el área. El forense y su equipo necesitan hacer su reconocimiento sin tanta gente. A despejar, a todos los curiosos les digo que se vayan a sus casas, y diciendo esto el policía sopló un silbato y obligó a todos a alejarse. Doña Quena, se fue a su piso a regañadientes, seguida por doña Dora y su perro.
Días después  la policía aún no tenía prueba alguna de quien había asesinado al pobre anciano. Las huellas del asesino habían sido estropeadas por la curiosidad del niño, aparte de las huellas propias del difunto y luego de interrogar a  Francisco y a la portera, no sacaron nada en limpio, además de que hasta en el cuchillo no encontraron  huellas, alguien lo había limpiado muy bien o usado guantes. Muy extraño, comentó doña Quena con ojos de sospecha, muy raro todo esto, la puerta del departamento de don Pedro estaba sin huellas de haber sido forzada. Ah, y lo peor es que no se llevaron el dinero que estaba sobre la mesa, sólo dicen que falta un reloj de cadena que don Pedro llevaba siempre en su chaleco, nada más. ¿No le parece extraño  a usted doña Dora? Pues, es muy curioso todo esto, y usted doña Quena, ¿cómo sabe tanto? Bueno, es lo que se dice por aquí.
En el tercer piso, Francisco en su pieza,  admiraba  con alegría un nuevo trofeo que había encontrado y que agregaba a sus cachureos de niño, un reloj de cadena que guardó celosamente  en una caja, debajo de su cama.

lunes, 15 de octubre de 2012

LÁGRIMAS


Lágrimas que caen y ruedan
despeñándose sobre un abismo sin fin.
Evaporadas ante la redondez y negrura
del sol de la melancolía
con una casualidad absoluta.
Las lágrimas tienen orugas ácidas que pulen las avenidas,
y aspiradoras en cada árbol de la ciudad.
Las lágrimas suben como fríos redondos
por las espaldas de los buzos
y forman un crepúsculo celeste
donde el tiempo camina con pasos de dinosaurios
y los ojos se llenan de estiletes de rosas.
Las lágrimas no saben de horas ni de espacios,
se mueren en sustos azules
como pedazos de estrellas zozobrados
en las atarjeas del cosmos.
Las lágrimas se pueden ir aunque no lo quieran
por una turbulencia de amatista
o esconderse en cajas vacías de ausencias.
Se desmoronan con una leve crepitación floral
al primer aletazo de la tristeza.
En las lágrimas los pájaros comen telarañas
y hacen sus nidos en el rastro de un recuerdo.
Las lágrimas se derriten cuando la música
las tienta con sus espinas húmedas
y vuelven la nieve en ellas, sal de zafiros.
Entonces amanece una fosforescencia lejana,
por cada lágrima perdida,
por cada lágrima encontrada,
que ilumina la huella romántica
dormida en una ilusión.


lunes, 1 de octubre de 2012

EL LEGADO



 

Los rojos  titulares del periódico de Teocuitatlán anunciaban esa mañana gris que Beatriz Maldonado dueña de la prestigiosa zapatería de su mismo nombre, había sido asesinada la noche anterior. Con lujo de detalles contaba que la rubia cabellera de la mujer había quedado impregnada de sangre cuando  le  destrozaron el cráneo con una estatuilla metálica del Quijote de la Mancha.
La privada historia de la familia Araya, después de la muerte del señor Roberto Araya, quedaba para siempre en los archivos de la policía. De más está decir que por ningún motivo fue un  crimen pasional, sino sencillamente una venganza.
La resignada pena de la señora Mercedes Araya una vez que el funeral concluyó, se  vio alterada hasta el punto de convertirse en rabia y rencor, el mismo día en que se convocó a la familia para la lectura del testamento del difunto esposo. Como es natural, ella se presentó, justo a las cinco de la tarde, en el despacho del rechoncho abogado Pérez, acompañada por sus dos hijos, dueños de la “Zapatería Hijos de Araya” y  en vida del padre, llamada “Zapatería Araya e hijos”.
Todo parecía normal esa tarde de color miel que, a pocos minutos de permanecer la familia en el despacho del regordete abogado, por no sé qué suerte del tiempo, se volvió de un intenso color gris.
El licenciado, estudiadamente ceremonioso, saludó a la familia, mientras no dejaba de acariciar su denso bigote estilo Salvador Dalí. Una vez sentados extrajo de una caja fuerte  situada a sus espaldas, un sobre de color amarillo y lo abrió en su presencia.  El silencio era expectante y  reinó por un breve momento en la estancia. La señora Araya sacó de su bolso un pañuelo blanco con sus iniciales en una esquina y lo apretó entre sus manos, como adivinando que esa lectura le causaría llanto. Pero no fue así, el abogado después de carraspear para darse  un tono de importancia, apartó el documento del sobre y anunció  la lectura.
La señora Mercedes pasó brevemente el pañuelo por su nariz mientras los hijos vestidos impecablemente con sus trajes gris y azul, camisas blancas, corbatas; una de líneas  blancas combinadas con azul y la otra de rayas  blancas y rojas,  dieron un suspiro de alivio y se acomodaron a escuchar.
Todo parecía normal, tal vez demasiado normal. Sin embargo, de pronto esa excesiva confianza se quebró  cuando uno de los hijos del finado señor Araya se levantó enfurecido de su asiento y salió del despacho dando un tremendo portazo. El otro hijo quedó como petrificado en la silla, todavía atontado por el anuncio, incrédulo de lo que había escuchado. La señora Araya de súbito volvió del aturdimiento en que se encontraba y se alzó de su asiento con el propósito de arrebatar el documento de manos del gordo abogado, el que a su vez, retrocedió tratando de salvar el testamento. Un grito cruzó el ambiente y se estrelló junto  a la cara del licenciado. ¡No, no puede ser!, la señora Araya se dejó caer en la silla aniquilada por la desagradable e increíble noticia, todo su mundo se desplomó a sus pies. El señor Roberto Araya dejaba su zapatería a una atractiva señorita de Sayula, una tal Beatriz Maldonado.
Mientras el asustadizo y rechoncho albacea se disculpaba con la viuda y su hijo,  lamentaba no poder hacer nada para cambiar ese testamento, el sudor corría por su frente  y en vano lo secaba con su  pañuelo sin poder controlarlo. Doña Mercedes y su hijo abandonaron el despacho tan mortificados como si de pronto llevaran veinte años de dolor en sus espaldas.
La vida de la señora Araya se extinguió de  tristeza durante los veintitrés días en que contempló a Beatriz Maldonado, vestida con unas llamativas minifaldas, abrir y cerrar la zapatería que desde siempre le había pertenecido. En sus labios  tan sólo se escuchó una palabra repetida durante esa noche, una frase llena de rencor y de reproche hacia su difunto marido: “hijo de la chingada.”
El martes, los hijos de Roberto Araya enterraron a su madre. El día jueves por la noche hicieron una primera y última visita a Beatriz Maldonado en su casa,  allí mismo abusaron de ella sexualmente y terminaron con la vida de la mujer de la forma en que lo anunció el periódico,  en primera página y en llamativo titular, esa mañana gris.





sábado, 15 de septiembre de 2012

EL RASTRO DEL CÍCLOPE


El ojo del Cíclope me observa imperturbable
entre nubes lloronas.
Lanza sus tenues rayos a punto de desaparecer sobre el horizonte,
le imploro que no se vaya,  aun  necesito su certera flama,
mas, el crepúsculo se tiñe de su sangre ante mi  atribulada presencia,
no escucha, va cerrando su pupila embebido en su propia somnolencia,
mientras gaviotas adormiladas granan  su vuelo
buscando un espacio en las cimas  del atardecer.

 El Cíclope sigue su camino rumbo a otras tierras que entibiar
y en su lugar,
la noche, desvela su manto colmado de estrellas
en un afán de mostrarme que  todo continua bajo su comando.
Ella  abre paso a la blanca dama que peina sus cabellos en el espejo marítimo
y desde su lugar me besa como abnegada madre.

Algo aquieta mi espíritu, los miedos vuelan lejos.
Tras los cristales, los veo dirigir sus tenebrosas alas hacia un punto
indefinido en el universo.
Las nubes se han ido también siguiendo el rastro del Cíclope
como una comparsa de entusiasta alegría.

Y yo, quedo esperanzada que habrá un nuevo día para mí.
Mañana, el alba entregará otro momento de vida con su anuncio
de trinos y ruidos
y mi amado Cíclope, volverá con su carruaje festivo
a entibiar  mis recelos y despertar sueños alicientes
con promesas que cada atardecer se llevará consigo a otras latitudes,
abandonando mi destino en brazos de la vigilia.

sábado, 1 de septiembre de 2012

UN LUGAR EN EL ESPACIO


Nací, cuando los árboles se desnudan bajo el adiós de los pájaros. Al tiempo que las libélulas dejan de cortejar y bostezan un invierno que sutilmente las besa con su aliento embriagador. Así de simple, una calle abrió sus brazos para acogerme en un lecho de hojas amarillas y rojizas que ya comenzaban a adornar el álbum del Otoño.
Lloré tanto al descubrir que dejaba de ser un parásito y al crispar mis manos cogí todo el espacio que jamás hubiera pensado poseer. Lo jalé y jalé trayendo su madeja para cubrir la soledad  que acompañaría mi vida por siempre. Allí, en la orilla del mundo crecí lentamente como un reptil, cambiando mis paredes de cáscaras de huevo que me mantenían escondida en una noche sin dimensiones. Lo cierto es que fui frágil y enfermiza. Una tras otra desfilaron las enfermedades con las formas de vestidos crepusculares y se cernían a mi cuerpo tratando de cortar mi tallo aún sin madurar. Pero la naturaleza se opuso, le quebró el espinazo al siglo veinte y tuvo que dejarme el espacio para mi desarrollo.
Las tardes avanzaban como prodigios anaranjados y fui tomando una silueta alargada con una  enorme galaxia de pensamientos. Soñé que crecían de mis suspiros unas alas en forma de arpa con las que inicié mis primeros vuelos. Al leer la colección de cuentos de La Casa de Piedra, el impacto fue tremendo, no pude evitar que mis ojos se llenaran de sueños como telarañas y  de mí, brotaran las letras en un arcoíris de historias  que esparcí en las conciencias de otros niños.
Cada atardecer niños-mariposa y niñas-golondrina  me buscaban para un nuevo cuento que yo recogía de los surcos de la vida, allí, donde aún existe un rastro de savia. Y se los introducía por las orejas, por las narices y bocas, hasta llegar a la médula de los huesos, a cada fibra de sueño. Luego, al terminar, ya las ramas y hojas poblaban sus cabecitas inquietas, recolectoras de todo como una gran computadora. Me alegraba tanto el poder vaciar  mi enjambre de ideas, de entregar mis granizos en verano, mi lluvia de cometas en otoño, un temporal de ensueños en primavera y las rosas silvestres de otros planetas en invierno a aquellos niños sin nombres, con rostros de luna e ilusiones violeta. Y me entristecía cuando la tormenta de una enfermedad azotaba mis costas, detenía mi aliento, elevaba mis temperaturas tropicales y perdía mis palabras en una cuerda de violín afiebrado. Desde mi ventana agitaba mis palomas mensajeras con una leve sonrisa de crisantemos.
Nunca olvidaré aquellos días y meses en que mis piernas se fueron poco a poco adelgazando hasta llegar a convertirse en tallarines y no pudieron más sostener el resto de mi cuerpo. Y a pesar de agitar mis alas, nada pudo impedir que doña Polio, una bruja abominable, las convirtiera en cola de pez. Entonces comencé a volverme una oruga que se arrastraba hacia el umbral de la jaula, para esperar con más ansias a mis únicos amigos que  al caer la tarde llegaban como lluvia dorada, a escuchar mis relatos.
A medida que crecía en conocimiento, mi cuerpo se volvía transparente y brotaban pájaros que se elevaban al infinito, ciempiés que recorrían ciudades completas y peces que cruzaban todos los océanos sin fronteras.
Sentía que mi cuerpo se derramaba por todas las cosas, aún permaneciendo junto al umbral  o a través de la ventana, yo iba más allá de lo imaginable y no podía detenerme. Era una ansiedad de seguir, de surcar arreboles. De coger de la cola a los rayos, de cubrir con mis manos la boca de los truenos y de brincar de estrella en estrella cada vez más lejos de todo.
Entonces, una tarde, cuando en el cielo se revolcaban todos los crepúsculos y una lluvia finita y fría sembraba diamantes en el cristal del cosmos, logré llegar hasta una rara constelación en donde una estrella magnífica me cerraba un ojo y entre risas me pidió que la acompañara. Fue tan sutil su fosforescencia que llenó todos mis capítulos sin terminar y la seguí hechizada, convertida en suspiro. Al llegar a su morada, me sorprendió una comitiva de seres deformes que celebraban mi visita. Estos lucían partes diferentes; lo que a uno le faltaba, otro lo tenía y viceversa. Era divertido, encontré  que mis piernas pertenecían a un niño sin brazos y sus brazos volaban anexados a un caracol. Un gato pardo caminaba con patas de pato y un elefante nadaba como pez en un lago. Había jirafas verdes con manchas rojas y cuellos cortos. Elfos que bajaban colgados de paracaídas hechos de cascarón de huevo, duendes que cabalgaban en el lomo de un libro, cerdos azules de tanto reírse de otros cerdos con orejas de conejo. También me sorprendieron unos murciélagos con grandes ojos verdes que veían las cosas antes de que éstas fueran hechas. Me alegró tanto saber que allí  todo era normal a pesar  de la enorme diferencia  con respecto a la vida en la tierra. Un niño ciego  leía una historieta con los ojos del entendimiento, una niña sorda escuchaba con los latidos de su corazón, un joven mudo hablaba a carcajadas con el resto de sus sentidos y una mujer en coma cantaba dulcemente con sus pensamientos enraizados en un cuadro.
Sin más ni más,  decidí quedarme para siempre, pero antes, tuve que volver a la tierra, quería despedirme de mis amigos, sólo que al llegar encontré a mi madre colocando mi cuerpo en una lata de sardinas y la adornó con lágrimas y un poco de polvo de olvido. Soplé un adiós a su resignación y volví sintiéndome liberada con una paz infinita, había encontrado un lugar en el espacio en donde la palabra minusválido no existía. Tenía tantas historias que contar y esos maravillosos seres estaban ávidos de escucharme que cerré mis párpados y abrí las alas. Por fin  mi soledad floreció en miles de sonrisas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

NIÉGOME


Niégome
a la noche solitaria,
al abrazo gélido,
a la muerte
que oscila en un péndulo,
incursiona,
intimida,
pasa rozando el dorso de mi espalda,
la tez de mis sueños
con sus alas tenebrosas,
amedrentando todo desafío.

Niégome
a la soledad inaudita del adiós,
al silencio penetrante
que envuelve sus palabras y convierte  a la lengua
en la víbora, lupus aniquilador.
A la mudez de espanto que queda
seguida del último beso no dado
y esconde al enloquecido llanto
en el laberinto sigiloso de la mente.

Niégome
a la página en blanco
después de la caricia reservada
escrita con letra agónica y sin huella,
deslizándose por la fisura de la piel
de un deseo.
Tal vez me rebelo a la cortina ajada
que no deja penetrar los ojos del infinito
y deshacer el contubernio
entre soledad y silencio.

Niégome
a todo y a carencia,
a vivir ausente, a sentir galopar
el reloj de arena
por la desértica playa,
sin que nadie lo domine
y ocupe sus horas en hacer el amor,
o copule orgasmos en la luna
mientras vamos en un sueño,
recuerdo,
intentando  desovillar lo perdido
en un instante.
No es así, no se puede volver atrás
borrar como quien borra un cuaderno.
No, la noche nunca reemplazará al día,
lo perdido es irrecuperable.

Niégome
a las tinieblas sin la esperanza de que
un rayo rasgue su monotonía.
A caminar desnuda por el filo del resentimiento,
a desear sin ser deseada,
a besar un fantasma que cruza otra dimensión
dejando indiferencia, sólo eso,
un profundo aroma a ruptura,
un soplo de palabras desarticuladas.

Niégome
a ser aquello, un objeto,
un mueble que acumula polvo cósmico en la esquina
de un corazón rencoroso.
Hay aptitudes que son latigazos,
dominio,
castigo.
Ser aquello que alguien manipula.
Ser y no ser arcilla en las manos
de un hechicero,
encantamiento,
seducción,
fascinador de momentos
cuando el calendario es el preciso.
Cuando eres lo fácil,
dúctil,
condescendiente,
sensible a las palabras, al roce,
a la ilusión.
No, alguien debe decir basta,
manipular la situación,
derribar la puerta del desamparo
y gritar hasta salir a la luz,
hasta ser escuchada,
rescate,
pensamiento,
llanto,
ser sólo eso,
un mortal con sueños y deseos.

Niégome,
              niégome
al abandono,
a la herida que no sangra,
la palabra que golpea y no toca
y deja un surco en la piel,
sílabas muertas,
difíciles de reestablecer.

Sí, lo digo hoy, lo diré mañana.
Niégome a desperdiciar
mi vida en una oscuridad
sin esperanza.
Niégome...
               Niégome...