La tarde se viste de púrpura y roza el horizonte,
desgajada en mil colores.
Un coro de cigarras ebrias rompe el silencio
deteniendo el paso de la loba en celo.
El bosque abre sus miles de ojos y parpadea
luciérnagas enamoradas.
La loba continúa su búsqueda zigzagueando entre arbustos.
A lo lejos aúllan
sus pares en disputa por sus atributos
y la jauría avanza por entre el mustio sendero,
con aullidos en ebullición que sofocan el bosque
y lo contaminan de ansiedad.
Salen los grillos borrachos de luna
y preparan sus instrumentos con desvergonzada parsimonia,
es una larga jornada, parecen decir.
La hembra deja rastros de su paso, husmea el aire
y lanza un
lastimero aullido que hace
temblar la espesura,
fieras ocultas le salen al encuentro.
Hay en el ambiente un rumor de aguas,
sonido de hojas quebradas,
cuchicheos de árboles y ramas,
lamidas, roce de piel en piel, mordiscos y peleas.
El llamado desordena la noche y asusta a las luciérnagas
que saciadas de éxtasis se posan en la luna.
Los grillos detienen su sinfonía y afilan sus élitros,
comienza la segunda parte del concierto.
Desenfreno,
ebullición,
jadeo de cuerpos que se internan en la espesura,
van encubiertos por la complicidad de la dama noche
que se desliza por el bosque con su goteo de estrellas.
Los seres ensopados de pasión se disputan un lugar privilegiado
entre los machos alfa.
La disputa continúa, hasta que en el amanecer,
el sopor del sueño apacigua el fragor de la contienda,
la jauría ocupa el lugar que le es asignado
y los insectos, repliegan
sus alas en un largo bostezo.

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