El precipicio abrió su oscura boca
para engullirla como a un insecto.
Ella, ciega en rocío cayó de una hoja
recién cortada del árbol.
Quién pensaría que tan pronto y tan profundo
se enamoraría del viento esquivo.
Éste, zalamero, al pasar junto a ella
deshojó una blanca
rosa.
Mas él, que todo arrasa, se llevó entre sus pálidas manos
algo que no le pertenecía,
un corazón de ámbar.
¿Dónde estarás ahora, libélula encantada,
yacerás radiante en los brazos de tu amado?
¿O seguirás cayendo en
libre albedrío
hasta encontrar la raíz
hechicera de tu tormento?
¿Seguirás esperando que pase de nuevo
el huidizo Mistral que te cautivó
con lisonjas fugaces rozando tu débil corazón?
Ahora has quedado a merced de los elementos,
sin la crisálida que te sostenía,
sin la protección del árbol
que cantó la canción de cuna
cuando dormías en sus recios brazos.
Libélula encantada, enfila tu vuelo,
el tiempo es inexorable y no tendrás más
que esta única
oportunidad.
Mantente libre y lejos del cautiverio
que el Euro lisonjero dejó al robarte el corazón.
No te detengas.
En donde te halles, ve y encuentra a los tuyos
danzando sobre el
cristal del río,
el breve período de tu existencia.
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