sábado, 1 de junio de 2013

EL ROBO




La escuché una tarde, no supe de dónde provenía. Me imaginé que tal vez había  llegado Mario de su trabajo y esperé a que se asomara en la sala. Pero  eso no sucedió. Consulté mi reloj,  y claro, no podía ser él, pues eran sólo las seis y él  solía llegar cerca de las  siete y media de la tarde. Me extrañé un poco pero luego seguí en mi lectura.
Al día siguiente aún estaba en la cama y,  de pronto, percibí ese llamado, pero esta vez, pronunciaba mi nombre. Me quedé un largo rato tratando de saber de dónde venía esa voz, estaba segura de haber escuchado mi nombre, Alicia. El día continuó como de costumbre, me alisté y salí a mi trabajo. Esa noche,  serían las dos de la madrugada cuando sentí la voz lastimera que repetía mi nombre, mi piel se puso chinita del susto y de la impresión. Pensé que me estaba volviendo loca y desperté a Mario. Él, adormecido,  no hizo caso a mi reclamo y  al poco rato, dijo no escuchar nada y que volviera a dormir. Después de estar una hora  en vigilia y sin oír la voz de nuevo, me dormí por fin.
Toda la semana pasó sin novedades y me olvidé  por completo de esa extraña voz que  nunca pude localizar. Un atardecer estaba descansando en mi cuarto, después de un arduo día de trabajo en la oficina de correos, cuando  al prender la TV vi una sombra en la pantalla que se disipó con la imagen de un programa, fue algo muy raro y preferí  no prestarle mayor interés, luego me dejé llevar por  una suave melodía de un compositor inglés que tocaba en ese momento.
Esa noche, el llamado se hizo más intenso, como apremiante, y el sonido de mi nombre  de nuevo me despertó. Mario estaba ocupado en la salita, tenía  un trabajo pendiente y vino a verme cuando escuchó que yo hablaba algo. Le pregunté si había oído esa voz que me llamaba, pero dijo no haber escuchado nada, ni un solo ruido hasta   supuso que yo le hablaba. Le conté lo que  estaba pasando, sin embargo, él dijo que tal vez estaba muy cansada e imaginaba esa voz.
Al día siguiente,  me levanté junto a Mario, desayunamos.  Como era viernes, sabía que él se citaba con sus amigos en un bar y llegaría como a la media noche, entonces le deseé un buen día y nos despedimos con un beso.
Rosana me llamó a la oficina y quedó de  venir a casa después de las cinco para platicar un poco, cosas de mujeres. Al pasar por el supermercado compré una botella de vino dulce, queso y aceitunas. Llegué a casa y me cambié de ropas, luego preparé la mesa de la sala con las cosas que traje, coloqué un disco de  música mientras esperaba a mi amiga. Pasó media hora y  Rosana no aparecía, tomé el celular  y la llamé,  contestó que  un imprevisto no le permitiría venir. Me sentí defraudada, ella podría haberme avisado y punto. Me serví una copa de vino y prendí la televisión, pero descubrí que no tenía cable pues   estaban todos los canales  porosos, y de pronto escuché aquella voz llamándome, me quedé atónita, el ruido venía del aparato, puse más atención y oí muy claro mi nombre,  varias veces. Apagué de un  golpe la tv, pero la voz seguía emanando del aparato.
Aterrorizada me fui a mi  dormitorio y traté de llamar a Mario, desgraciadamente tenía el  celular apagado.  Me senté en la cama y  traté de tranquilizarme. Pensé que  eso no estaba sucediendo, que  era una locura. Llamé a mi hermana, ella contestó con un mensaje y me mandó al buzón. No  podía creer cuando volví a escuchar el llamado de la tv que estaba en el cuarto y apagada. Me  serené y tome aire y fui directo al aparato y pregunté, ¿qué quieres de mí, por qué me molestas? En ese instante la tv  se encendió por sí misma, caí de espaldas de la impresión y la imagen de una mujer un poco borrosa se apareció en la pantalla. Me armé de coraje y le grité ¿por qué me molestas? Me dijo, ven, asómate y lo sabrás. ¿Cómo?, pregunté sorprendida, esto es lo más  ridículo que  pueda concebir. Ven, Alicia, por favor, volvió a insistir. ¿Cómo sabes mi nombre y cómo lo haces para hablar como  estuvieras en Skype?  Por favor, asómate sólo un instante, volvió a insistir. Me arrodillé frente al aparato y  miré, pero todo estaba igual. ¡No veo ninguna cosa!, exclamé disgustada. Pon tus manos en el borde de la televisión. Un poco asustada y curiosa lo hice, en ese momento me vi succionada hacia  el receptor, no sé cómo  pasé a otra dimensión. Volví la vista hacia mi cuarto y  espantada, vi mi cuerpo allí, de rodillas ante el aparato. Angustiada pregunté, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estoy? y del otro lado de la pantalla me contestó una voz de mujer, pero que venía de mi boca. Gracias, Alicia por  regalarme tu cuerpo. ¡No es cierto!, ¡no te lo he regalado, me lo has robado!, grité desesperada. No importa cómo le digas, bastante tiempo llevo esperando, y ahora tú tendrás que ocupar mi lugar, dijo, y la vi ir al armario y sacar mi bata de levantarme. Luego  tomó mis perfumes y buscó uno que le agradara, mientras yo observaba con estupor sus movimientos, sin poder hacer nada.

No sé cuánto tiempo pasó, ella tomó un cigarrillo y  comenzó a fumar echando el humo sobre la pantalla, reía viendo mi cara de aflicción. ¡Déjame salir!, por favor, le pedí, ¡este no es un juego, no sé cómo lo hiciste, pero quiero mi cuerpo!, insistí. Ella no contestó, de pronto vi a Mario asomarse al cuarto. ¡Ah, te sorprendí!, dijo, y estás fumando de nuevo… ¿no habías dejado ese mal habito? Sí, querido, contestó ella, pero tengo tanto tiempo esperándote que me puse a fumar. ¡Oh, amor!, te has  colocado ese negligé que tanto me gusta, te ves hermosa, como una visión. Ven  acá, dame un beso, quiero hacerte el amor. Yo gritaba, tratando de atraer su atención, pero, mi voz no  tenía sonido. Comencé a llorar a mares mientras la veía besando a mi esposo y  como nunca, hicieron el amor  en frente de mí.

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿SERÁ?


















 ¿Será eso un silencio interrumpido por un beso
 o el volar de un pensamiento enredado en un suspiro?
 ¿Qué será?
 ¿Será tal vez la melancolía de las hojas lamidas por la lluvia
 y entregadas al vaivén del Siroco,
o el mar que en calma o en lamento
 deja caricias en la playa embebidas de ternura?
¿Qué será ese leve y casual sonido
 que ondea,
 se eleva
 y cae sobre las cuerdas adormecidas de un piano
 e ilumina con su música el instante?
 ¿Serán mariposas que revolotean campanitas en el vientre
 anunciando que el amor ha llegado,
 mágico,
 seductor,
exquisito
entre el murmullo de libélulas enternecidas
y grillos acompasando trinos?
 ¿Será la tibieza de tus manos que acarician mis cabellos
o el susurro de tu voz enamorada
que penetra mis sentidos?
 ¿Qué será lo que aloca sentimientos,
 cambia los colores, pinta arreboles en el cielo,
 enciende la noche de día, luceros en tu mirada,
 y deja un largo y fragante deseo en los labios?
¿Qué será eso, que oscila,
 aturde
 y maravilla,
transmite sensaciones, adormece tras su roce?
 Cuando el ala magnífica de un beso se ha posado,
 comienza una lluvia de estrellas y el azul se ilumina,
desde ese instante el mundo ya es otro,
ha girado en hermosa algarabía. 

Y confundida me pregunto:
¿Será sólo su contacto que me tiene anonadada
 y suavemente se ha quedado en mi vida para siempre?
 ¿Un solo beso… será suficiente…?

miércoles, 1 de mayo de 2013

LA MARILYN



        La Marilyn lloraba con la criatura en sus brazos. Era una recién nacida. Uno de sus amigos drogadictos, había lanzado a la guagua al techo de la casa y el desquiciado muerto de la risa y con ojos de cordero degollado balbuceaba, “bésame, bésame mucho Marilyn Monroe”, jajaja. El infeliz con cara de loco, tropezó tratando de alejarse del gentío que se juntaba. Norma, apodada la Marilyn Monroe, lloraba a moco tendido, mostrando al culpable mientras la guagua no se movía, estaba como muerta. Alguien llamó a la policía y sin mucho esperar llegó la patrulla junto con la ambulancia. Doña Mercedes salió a recibirlos mientras apuntaba a la Marilyn con el pobre bultito en los brazos. Un enfermero le recibió la guagua y la llevó con delicadeza dentro de la ambulancia, la bebé estaba casi en el punto de hipotermia, y rápidamente la abrigaron y dieron los primeros auxilios. La policía interrogó a la desdichada mujer, que de paso se veía muy mal tratada a pesar de su juventud, con su pelo teñido de rubio y un lunar negro cerca de la mejilla que le valió el apodo que llevaba. Otros vecinos salieron a dar más información, acusando a la mujer de vivir con un montón de drogadictos en esa casa, que de verdad, parecía más una pocilga y en donde el día anterior, esta mujer, había dado a luz a la criatura en ese chiquero lleno de infecciones. Marilyn restregaba sus manos heladas de frío y sorbeteaba de tanto en tanto los mocos, aún con lágrimas en sus ojos, contando la triste historia de su vida. Los enfermeros rápidamente trasladaron la bebé al hospital, y la policía se llevó a la Marilyn en un vehículo a la tenencia, y al drogadicto esposado en otro, quien no dejaba de reírse de la situación y hablaba puras incoherencias. Al llegar la prensa, un vecino señaló la casa y sacaron muchas fotografías mostrando el lugar del nacimiento de la bebé en un camastro sin cobijas, lleno de manchas y mugre. Alguien dijo que la mujer era una conocida drogadicta también y que ésta era la tercera guagua que daba a luz en esas condiciones, agregando que las otras dos las había regalado. ¿Sabe usted señor periodista?, a doña Mercedes se le atragantaban las palabras, esta joven no tiene más de veinte años y mire en qué estado está por la droga. Por favor hagan algo, enciérrenla, argumentó un anciano. ¿Qué pasa con sus parientes? Pues nada, por su vicio la echaron a la calle. Era una muchacha muy bonita, como le digo, chitas que se parecía a la Marilyn, y mire como está ahora, si no fuera por don Matías que bajó a la guagua del techo y la arropó, ya estaría en el patio de los difuntos. Ni a un animal se le trata como a ese pobre ser.      

         Sí, estaba moradita la niña, agregó doña Mercedes, yo escuché a la Marilyn gritar por ayuda, pero ya ve usted que estos pobres diablos se la pasan peleando por la droga y uno no sale de la casa por miedo a que se pongan violentos. Don Matías se asomó a ver qué pasaba y vio a la Marilyn que trataba de subirse al techo, pero en el estado en que estaba no podía, en eso, don Matías entendió de qué se trataba y se encaramó sobre la reja, ahí vio el bultito de la bebé. Pobrecita, ya no se movía, y menos lloraba, no sabíamos al principio si era verdad que estaba la guagüita envuelta o era un gato, ya ve que los drogadictos ven puras fantasías. Ajá, siguió el periodista indagando, y ¿quién es el padre de la guagua? Pues, ¿quién sabe?, contestó otra vecina, ya ve que la Marilyn se mete con cualquiera por un poco de droga. Tan linda que era esa muchacha, ¡válgame en que vino a quedar! Sí, pobre, de la Marilyn Monroe sólo tiene las mechas rubias y el lunar nada más, jajaja, rió la mujer. Pues oiga usted señor, ponga en la tele que alguien adopte a la guagua y que no se la entreguen a esa viciosa, que a ella, la metan a un reformatorio para drogadictos. Ya, ya, doña Lucrecia, no sea así tan severa, ¿no ve que los drogadictos son enfermos nada más? ¡A mí con ese cuento! Y a la guagüita, casi la matan, dijo el anciano. Eso no se sabe, si va o no a sobrevivir el golpazo que le dio ese infeliz. Pues es la pura verdad, doña Mercedes. Los vecinos se quedaron haciendo conjeturas sobre la situación, mientras el periodista tomó sus cosas y rápido desapareció del lugar sin que nadie se diera cuenta.

lunes, 15 de abril de 2013

EBULLICIÓN

La tarde se viste de púrpura y roza el horizonte/ desgajada en mil colores./ Un coro de cigarras ebrias rompe el silencio/ deteniendo el paso de la loba en celo./ El bosque abre sus miles de ojos y parpadea/ luciérnagas enamoradas./ La loba continúa su búsqueda zigzagueando entre arbustos./ A lo lejos aúllan sus pares en disputa por sus atributos/ y la jauría avanza por entre el mustio sendero/ con aullidos en ebullición que sofocan el bosque/ y lo contaminan de ansiedad./ Salen los grillos borrachos de luna/ y preparan sus instrumentos con desvergonzada parsimonia/, es una larga jornada, parecen decir/. La hembra deja rastros de su paso, husmea el aire/ y lanza un lastimero aullido que hace temblar la espesura,/ fieras ocultas le salen al encuentro./ Hay en el ambiente un rumor de aguas, / sonido de hojas quebradas,/ cuchicheos de árboles y ramas,/ lamidas, roce de piel en piel, mordiscos y peleas./ El llamado desordena la noche y asusta a las luciérnagas/ que saciadas de éxtasis se posan en la luna./ Los grillos detienen su sinfonía y afilan sus élitros,/ comienza la segunda parte del concierto./ Desenfreno,/ ebullición,/ jadeo de cuerpos que se internan en la espesura,/ van encubiertos por la complicidad de la dama noche/ que se desliza por el bosque con su goteo de estrellas./ Los seres ensopados de pasión se disputan un lugar privilegiado/ entre los machos alfa./ La riña continúa hasta que en el amanecer/ el sopor del sueño apacigua el fragor de la contienda,/ la jauría ocupa el lugar que le es asignado/ y los insectos, repliegan sus alas en un largo bostezo./

lunes, 1 de abril de 2013

WHITECHAPEL

Thomas había soñado con él una y otra vez esa noche. No tenía la menor duda de que algo se insinuaba bajo la piel de los sueños. Pero la pregunta era, ¿por qué a él? Thomas, el emocionado viajero, un personaje sin ataduras con nadie que una noche pernoctaba en una confortable cama y la otra noche cerca de la rivera del Támesis, sin más cobija que su propio pensamiento. ¿Por qué ese infalible sueño lo llevaba hacia el lugar de la cita? ¡Por Júpiter!, ¿qué decía, de qué cita hablaba?, si sólo fue insinuada en una extraña pesadilla. No podía recurrir a nadie con semejante pregunta, lo mejor era olvidar. Thomas nació en Sudamérica, a sus treinta y ocho años aún no se establecía en ninguna parte, viajero incansable, su último viaje había sido a Inglaterra, lugar de nacimiento de sus padres. Por desgracia dos años antes, éstos fallecieron en un accidente de tránsito, y desde esa fecha Thomas abandonó a sus amigos, su casa y su país para deambular por el mundo. Por suerte para él, heredó una pequeña fortuna. Desolado por la pérdida de sus seres queridos, un día decidió de la noche a la mañana que tenía que salir a recorrer el mundo hasta donde el dinero le alcanzara. Tomó su mochila y emprendió el viaje pese a las recomendaciones y ruegos de sus amigos. Nada lo detuvo y se fue rumbo Brasil, unas pocas semanas aquí otras en otro país. Fue así que después de tres meses había llegado a Inglaterra una vez más. Le atraían enormemente las construcciones de castillos y villorrios, de preferencia todo lo elevado en piedra. Debo haber sido un cruzado, o algo por el estilo, se decía. A los pocos días de pisar tierra europea, Thomas dirigió sus pasos a las ruinas de Stonehenge. Estando allí palpó la piedra, la acarició como si acariciara a un niño, suave, entrecerrando los ojos, respiró profundo, su espíritu estaba en paz. Allí se quedó esa noche mirando las estrellas, tratando de descifrar el enigma que lo ataba a esas ruinas. Y fue la primera vez que soñó despierto, vio figuras humanas que se ocultaban entre las gigantescas columnas. Pero lo que realmente lo sacó del ensueño fue la voz de alguien que había pronunciado su nombre, Thomas…Thomas… Fue algo que lo levantó de un impulso y caminó con cautela, alumbrado por la luz de la luna. Recorrió el espacio y preguntó varias veces, ¿quién anda por allí? Nada, silencio profundo, una lechuza pasó casi rozándolo con su chillido como un seseo y pensó que tal vez se había confundido con ese sonido tan especial del ave. Volvió a parapetarse tras la roca y se tranquilizó. El próximo día pasó la noche en un cuarto de hotel cerca de la rivera del Támesis. Tomó un baño y después de un buen desayuno se dirigió hacia Piccadilly, una gran arteria de Londres, entre Hyde Park y Regent street. Sacó muchas fotos y luego se encaminó hacia el centro de la ciudad. Allí divisó el palacio de Westminster que lucía todo su esplendor, y se quedó embobado mirándolo por un buen espacio de tiempo, hasta que el reloj de su torre le despertó indicando que ya era medio día. Enseguida se dirigió hacia los suburbios de Londres, era la primera vez que andaba por esos lugares, recorrió ávido el mercado de artesanías. Más tarde comió un ligero lunch en un restaurante cerca de la rivera y al salir recorrió los alrededores comprobando lo que su padre le había contado de Londres, el corazón de la ciudad, la antigua Londinium aún conservaba los límites medievales. Al anochecer sus pasos lo llevaron hacia London tower bridge. Observó la serenidad del paisaje, barcos que cruzaban el Támesis llevando y trayendo carga. De vez en cuando una columna de garzas pasaba sobre el puente en busca de pastizales en donde pernoctar. De pronto se sorprendió, alguien de nuevo susurraba su nombre, Thomas… Thomas… pero no había nadie cerca, sólo algunos autos cruzaban. Thomas…Thomas… ¿Quién me llama?, preguntó. Nada, no había ninguna persona por los alrededores, sólo las aguas negruzcas del río lo estremecieron al mirarlas. ¿Qué está pasando?, tengo un raro presentimiento de que algo sucederá, es como un presagio, se dijo, y esa voz que no sé de dónde viene, me tiene intrigado, o ¿me está fallando el oído? Salió del puente y se dirigió hacia una zona más ajetreada, con un pequeño mercado y viejos restaurantes de comida londinense. Entró en uno de ellos y pidió una cerveza. Would you like something else? ¿Desea algo más?, en vez de una cerveza, ¿qué tal, un Jack the ripper? ¿Qué es eso?, preguntó curioso. Ah, sonrió el mozo, es una bebida que lleva una mezcla de licores, los parroquianos le llaman a sí. Ah, Jack, el destripador, repitió en español el joven. El mozo sonrió, ¿ha escuchado hablar de él? Sí, claro. Bueno, usted se encuentra en medio del barrio en el que este individuo asesinó a sus víctimas. ¿Si? Por supuesto, es una historia muy antigua, la gente ahora se ríe, no imagina que fue realmente algo espeluznante, agregó el mozo. ¿De dónde dijo que era? De Sudamérica, apuró en contestar Thomas. Qué gusto, pero, usted habla muy bien el inglés, señaló. Ah, sí, mis padres eran ingleses. Ya veo, entonces, ¿se sirve la especialidad de la casa? Bueno, probaré ese Jack, contestó. Al salir del restaurante Thomas, leyó el anunció del letrero, era la calle Whitechapel. Muy conocida por las andanzas del destripador, según la leyenda nunca fue hallado por la policía. Esa noche siguió deambulando por el Battersea Park, muy cerca del río. Unas chicas le salieron al paso y se entretuvo conversando con ellas. A la media noche las jóvenes se fueron y quedó solo en el parque. Qué bien se está aquí, pensó, pareciera que he vivido una vida por estos lugares, todo se me hace familiar, pero la verdad es, que es la primera vez que los visitaba. Nuevamente pensó que en otras vidas pasadas tuvo que haber sido un cruzado, o un templario. Le gustaba esa idea. Un anciano se acercó a pedirle un cigarrillo, y él contestó que no fumaba. El hombre lo miró extrañado, escupió el suelo varias veces enojado y se fue mascullando algo indescifrable. Qué tipo más raro. Se fijó en la ropa, un abrigo sucio y destrozado, parecía haber salido de ultratumba, luego sonrió, qué pensamientos ¿no? La bruma, característica de Londres, comenzaba a deslizarse por los senderos del parque zigzagueando a ras de tierra, en ese momento decidió volver al hotel. Compró algo de fast food y la llevó a su cuarto. Prendió la televisión mientras comía. Sin darse cuenta se quedó dormido, hasta caer en un extraño sueño. Allí estaba el pordiosero del parque que lo presionaba, exigiéndole que le entregara su cigarrillo y como él le repetía que no tenía, el hombre lo atacaba con un filoso cuchillo. Tú no sabes quién soy, le dijo, o me das mi cigarrillo o serás mi sexta víctima, entonces el hombre levantó el arma y cuando estaba a punto de caer sobre él, Thomas dio un brinco en la cama y quedó de pie. Fue algo extraordinario, nunca había tenido una pesadilla de esa magnitud. Pero lo que lo hizo dudar fue ver la puerta de su cuarto entreabierta. Juró que la había cerrado. La televisión todavía estaba encendida, la apagó titubeante. ¿Le habría caído mal esa terrible mezcla de licores?, o ¿sería la comida chatarra? Desconcertado se metió en la cama, el reloj marcaba las tres de la madrugada. Se acomodó nuevamente y durmió, pero ese mal sueño, lo atormentó el resto de la noche. Al día siguiente salió con su mochila, y cruzó Gainsford street, hacia Camberwell palace. Tenía una obsesión por los palacios, cogió su cámara y estuvo varias horas por los alrededores tomando fotos, luego se dirigió hacia el centro de la ciudad y desde un ciber envió algunos mensajes a sus amigos. En una tienda compró algunos regalitos y pensó que el próximo destino sería París, la antigua Lutetia Parisiorum, el centro de la bohemia europea. Eso fue lo que les anunció a sus amigos. Pasó a un banco y retiró algo de dinero. Todo el día vagó por la ciudad, admirando los edificios, sus diseños tan propios de los ingleses. Todavía se sentía intrigado por aquel extraño sueño que le perseguía estando despierto. En un restaurante se hizo amigo de la chica que lo atendía y la invitó al cine esa tarde. No acostumbro a salir con desconocidos, contestó ella un poco coqueta. Bueno, ya no somos desconocidos, me llamo Thomas, y tú eres Melissa. ¿Cómo, sabes mi nombre? Jaja, bromeó Thomas, lo llevas en tu uniforme. Oh, qué tonta. Thomas, eres muy divertido, me caes bien, you’re so cute. Bueno, ven a buscarme a la salida de mi turno. ¿Te parece a las seis? Claro, my fearlady, aquí estaré puntual. El joven se alejó con una amplia sonrisa. Qué bien, será entretenido ir al cine con una chica tan hermosa. Volvió al hotel, se bañó, se cambió de ropas y se acicaló lo mejor que pudo para la cita. Miró su reloj, todavía tenía tiempo, iban a ser las cuatro de la tarde. Prendió el aparato de televisión y se interesó con una entrevista que le estaban haciendo a lady Di en ese momento. La encontró muy bella, tan elegante, y esa mirada de princesa lo fascinaba. De pronto escuchó que del televisor salía otra voz, nombrándolo varias veces, luego algo que lo hizo estremecerse, era una voz, la voz que lo perseguía, -esta noche… cerca de la rivera del Támesis… Thomas... debes venir... Rápido apagó la tv y puso atención. Pero nada, todo quedó en silencio. No quiso seguir allí esperando, y salió del cuarto alarmado por esa voz y esa extraña cita. Pensó que eso no le estaba sucediendo a él, que era parte de noches de bohemia, dolor por la pérdida de sus padres, en fin, buscó alguna respuesta para quedar tranquilo, sin embargo, no tenía una justificación a ese insistente sueño y a la voz que lo inquietaba. Obviamente, pensó, esta ciudad me está enfermando en vez de relajarme. Caminó por el bulevar. Se detuvo en una florería y compró un hermoso tulipán para Melissa, se dijo, a pesar de no pretender nada más que una compañía por esa breve estadía en Londres, quería dejarle una buena impresión, así ella pensará que todos los latinos somos románticos y caballerosos. Entró a un callejón empedrado en donde varios pintores vendían sus obras y retrataban al carbón a los visitantes que aceptaban por unos pocas libras posar para un recuerdo. Thomas se detuvo abruptamente, un anciano dibujaba en carboncillo el retrato de un hombre, pero ese hombre era el mendigo del parque. Thomas no pudo contenerse y exclamó un ¡oh!, tan fuerte, que el pintor se volvió pensando que alguien se había lastimado. My friend, what happened to you? Oh, no, perdón, excuse me… es… su dibujo…. pardon me. Ah, el dibujo… ¿le gusta? Se lo dejo por un par de libras, nada más, ofreció el pintor con una amplia sonrisa. Este… ¿dónde está este hombre? ¿El anciano?, es sólo un mendigo que estuvo por aquí hace un rato. ¿Lo conoce usted? ¿A quién?, ¿al mendigo?…Ah, no, me pareció muy raro con ese abrigo tan largo que le arrastra por el suelo y no pude evitar dibujarlo. Oh, ¿usted le habló? ¿Qué pasa? ¿Es amigo suyo? Oh, no, lo vi en el parque… ah, pobre anciano. ¿Me comprará el cuadro?, preguntó el pintor con impaciencia. Tal vez más tarde, se disculpó el joven. Y se fue por donde había llegado. Su cabeza daba vueltas, el mendigo era real, no cabía la menor duda. Creo que me está entrando la paranoia. Consultó su reloj faltaban cinco minutos para las seis. Caminó de prisa, le quedaban tres largas cuadras. Cuando llegó al restaurante, Melissa lo observaba desde la puerta. Ah, llegas justo a tiempo. Sí, vamos. ¿A qué cine quieres ir? Preguntó. Mira, están dando una película de Harry Potter, ¿quieres que vayamos a verla? Por supuesto, ah, toma esta flor es para ti. Oh, what a lovely flower, que amoroso, gracias, y Melissa le dio un beso en la mejilla. Los dos rieron. Después del cine, Thomas invitó a su joven amiga a una fuente de sodas y pidieron unos milkshakes. ¿Vamos a caminar?, insinuó Melissa, necesito aire fresco. Claro, asintió Thomas. Los pasos los llevaron cerca de la rivera del Támesis. Conversaron, rieron y hablaron de sus respectivos países. Fue muy divertido, y de momento, Thomas olvidó completamente sus extraños sueños. Cerca de las diez treinta de la noche Melissa quiso despedirse pero el joven no la dejó. Yo te acompañaré a casa, insistió, está muy oscuro. Sí, se nos escondió la luna sonrió, Melissa. Claro, la blanca señora observó a estos chicos latosos y se aburrió, dijo refiriéndose a ellos. Se fue a dormir. Melissa se tapó la boca para no reír muy fuerte. Eres muy divertido, me alegra haberte conocido míster latino. Los dos rieron. Ya, vamos entonces. Vivo cerca, a cuatro cuadras de este lugar, indicó la joven. Tuvieron que cruzar varios pasajes solitarios. Oye, es muy peligroso que andes sola por estos lugares, reclamó Thomas. Bueno, ya ves, es por tu culpa, apuntó Melissa. Es cierto, reconoció. De pronto, al dar vuelta en una esquina, Thomas sintió un golpe seco en su cabeza y cayó desplomado. La niebla comenzaba a deslizarse por las callejuelas con su sigilo habitual. Cuando Thomas tuvo conciencia de sí mismo, no recordaba nada. De súbito vino a su mente el golpe, y gritó por Melissa, aterrado. Mas, en ese momento observó sus manos, estaban cubiertas de sangre, retrocedió asustado y tropezó con algo metálico, lo recogió, era un cuchillo. Rápido lo dejó caer, incrédulo, el pánico lo invadió, no podía pensar bien, ¿estaría en otra de sus pesadillas? Entonces, ¿qué había pasado? A un lado de un árbol descubrió un bulto. Volvió a preguntar, ¿eres tú, Melissa? ¿Dónde estás? Nadie respondió. Por favor contesta. Se acercó al bulto, indeciso, presintiendo lo peor. Se inclinó y la vio. Era ella, aún tenía la flor en su mano. La tocó, Melissa, Melissa, ¿qué te pasó? Alrededor del cuerpo de la joven había un charco de sangre semicoagulada, oscura y viscosa que descubrió al pisar sobre él. ¡Oh, no!, gritó, ¡no, Melissa! Por favor, no te mueras, por favor, di que no es verdad. Un sollozo le apagó las palabras. De pronto, una figura se acercó a él, si, era el mendigo, reía, ¡Jack, mira lo que has hecho!, y siguió riendo como un demente. Jajaja, ya viene la policía, por fin te atraparán, Jack, no podrás escapar ahora, jajaja. ¡Oye, yo no me llamo Jack!, exclamó el joven, estás loco, ¿por qué la mataste? ¡Asesino, despreciable asesino!, gemía Thomas. El mendigo no escuchaba, siguió caminado hasta perderse en la bruma, mientras repetía el nombre de Jack… Jack… you are a very bad man! Y continuó riendo como un demente. A lo lejos se oía la bocina del auto de Scotland Yard police…

viernes, 15 de marzo de 2013

ATRÉVETE AHORA



Atrévete ahora que estoy a tu distancia,
las armas a  mi alcance, las palabras adecuadas,
la voz  en susurro, sin prisa ni nerviosismo.
Vamos a comenzar la contienda, limpia de toda duda
pondremos de nuestra parte.

Cruza la calle,  la luna ha cerrado sus pestañas
tras la nube hospitalaria.
Los árboles se mecen con  cómplice deleite,
deja caer los impedimentos, el cínico ropaje que te escuda,
desnúdate de prejuicios, aquí está mi cama.

Hay una atmósfera de sigilo,
un roce que no toca, pasa, deja un sabor inconcluso.
El calor invade los espacios sudorosos,
arden los deseos de que te atrevas ahora.
Un preludio de libélulas se detiene en la ventana,
minúsculas y frágiles tiene su propio baile.

Vas deshojando la noche con sensuales susurros
y tu coraza de tela se disuelve en el aire.
Tus ojos son llamaradas que encienden toda mi lumbre,
y bajo la complicidad del momento
te atreves, y yo,
y yo  me entrego con corazón anhelante.

viernes, 1 de marzo de 2013

EL PÉNDULO





Tratas de moverte, crees haberlo logrado, pero es pura imaginación, no te has despegado de esa pared ni un solo ápice. Piensas que los demás están  muertos, no hay  más ruidos que el acompasado caer del tiempo.  Nadie  habla, se queja o grita. Tú estás aterrado, sabes que  todo es consecuencia del péndulo. No se divisa, pero sabes que existe y que llegará hasta el sitio en que te hayas inmóvil. Quisieras  retroceder al pasado, aunque sea unas pocas semanas, días, u horas, sin embargo tu mente esta en blanco, ni siquiera logras recordar cómo te llamas o cómo luces. La incertidumbre aumenta a medida que tratas en vano de salir de esa posición. De pronto,  esa terrible campanada que te saca de la tensión para llevarte más allá del pánico. Te deja  semiaturdido, casi sin control de tu pensamiento que escapa y por un momento caes en un laberinto oscuro y  sin fin.
Vuelves en sí, ¿cuándo tiempo ha pasado? No lo sabes, ni siquiera puedes pensar con claridad sobre el momento que recién ha pasado ¿por qué estás perplejo? Comienzas a luchar  con esa fuerza que te clava al piso. Tal vez estás igual que los otros, y es sólo tu mente que manda las últimas  fotografías hasta agotar el disco duro.
Quisieras recordar, pero es tan difícil, no hay pasado en tu mente, no hay futuro, y el presente es imposible  describirlo.  ¿Cómo has llegado hasta esta situación? ¿Sabes acaso quién eres? ¡Nombre!... Buscas en vano en tu vacía caja, ¡un nombre, por favor! clamas. Nada, por más que luchas en encontrar una respuesta, tu memoria está borrada. Tratas de gritar,  mas  el silencio escapa por  una línea dibujada en  tu rostro. Te lo digo y no lo entiendes, sé que estás desesperado, pero no soy el más indicado a calmarte. Espera,  el péndulo está bajando, se abre una pequeña puerta, las campanadas  lo anuncian, el público afuera está a la expectativa. ¡Las doce!, sales pegado a una  plataforma circular y junto a los otros, dan unas vueltas, muy derechos, fijos como figuras de plomo con los rostros pintados. Se escucha un aplauso y  con un giro automático,  la tarima se esconde dentro  del gran reloj astronómico de la vieja ciudad de Praga. Ahora ¿sabes quién eres? Pobre Avaro, ya pronto te repararán, la lluvia ha hecho muchos estragos en tu despintada cabeza de madera.