miércoles, 15 de agosto de 2012

NIÉGOME


Niégome
a la noche solitaria,
al abrazo gélido,
a la muerte
que oscila en un péndulo,
incursiona,
intimida,
pasa rozando el dorso de mi espalda,
la tez de mis sueños
con sus alas tenebrosas,
amedrentando todo desafío.

Niégome
a la soledad inaudita del adiós,
al silencio penetrante
que envuelve sus palabras y convierte  a la lengua
en la víbora, lupus aniquilador.
A la mudez de espanto que queda
seguida del último beso no dado
y esconde al enloquecido llanto
en el laberinto sigiloso de la mente.

Niégome
a la página en blanco
después de la caricia reservada
escrita con letra agónica y sin huella,
deslizándose por la fisura de la piel
de un deseo.
Tal vez me rebelo a la cortina ajada
que no deja penetrar los ojos del infinito
y deshacer el contubernio
entre soledad y silencio.

Niégome
a todo y a carencia,
a vivir ausente, a sentir galopar
el reloj de arena
por la desértica playa,
sin que nadie lo domine
y ocupe sus horas en hacer el amor,
o copule orgasmos en la luna
mientras vamos en un sueño,
recuerdo,
intentando  desovillar lo perdido
en un instante.
No es así, no se puede volver atrás
borrar como quien borra un cuaderno.
No, la noche nunca reemplazará al día,
lo perdido es irrecuperable.

Niégome
a las tinieblas sin la esperanza de que
un rayo rasgue su monotonía.
A caminar desnuda por el filo del resentimiento,
a desear sin ser deseada,
a besar un fantasma que cruza otra dimensión
dejando indiferencia, sólo eso,
un profundo aroma a ruptura,
un soplo de palabras desarticuladas.

Niégome
a ser aquello, un objeto,
un mueble que acumula polvo cósmico en la esquina
de un corazón rencoroso.
Hay aptitudes que son latigazos,
dominio,
castigo.
Ser aquello que alguien manipula.
Ser y no ser arcilla en las manos
de un hechicero,
encantamiento,
seducción,
fascinador de momentos
cuando el calendario es el preciso.
Cuando eres lo fácil,
dúctil,
condescendiente,
sensible a las palabras, al roce,
a la ilusión.
No, alguien debe decir basta,
manipular la situación,
derribar la puerta del desamparo
y gritar hasta salir a la luz,
hasta ser escuchada,
rescate,
pensamiento,
llanto,
ser sólo eso,
un mortal con sueños y deseos.

Niégome,
              niégome
al abandono,
a la herida que no sangra,
la palabra que golpea y no toca
y deja un surco en la piel,
sílabas muertas,
difíciles de reestablecer.

Sí, lo digo hoy, lo diré mañana.
Niégome a desperdiciar
mi vida en una oscuridad
sin esperanza.
Niégome...
               Niégome...

miércoles, 1 de agosto de 2012

EL CAPERUZO AZUL




Abuela:
Así es la historia, dije ayer, conversando con mi comadre Tencha. Uno ya no se puede fiar de un chisme, con decirle que hasta me creí la historia. Yo pensé que era otro cuento, pero resultó que era lo mismo, claro, todo tergiversado. ¡Ajá! Se lo digo con el conocimiento de que fui una de los afectados.
Bueno, todo comenzó ese domingo que amanecí con dolor de cabeza y de huesos, ya ve usted que sufro en el invierno de reuma. Mi hija me llamó temprano por teléfono para invitarme a comer, sin embargo, al saber que me hallaba enferma me pidió que me quedara descansando y entonces, mandaría a mi nieto, para traerme un remedio  y también unas empanadas de pino, que usted sabe, me encantan. En eso quedamos,  pero desde allí la cosa se tergiversó pues dijeron que era mi nieta, y yo sólo tengo un nieto, y le llaman el Caperuzo, porque es muy listo, y azul, porque usa una capucha de ese color, el bárbaro no se la quita ni para ir al baño. Bueno, mi nieto tiene ocho años y es mi chiqueado. Ah,  ya le estaba cambiando el tema, es que, por eso le llaman  de ese modo.
 Bien, aquella mañana estuve esperando al niño y los remedios, pero dieron las doce del medio día y aún no llegaba. Ahí estaba yo, quejándome de los dolores cuando apareció mi compadre Donoso, golpeando a mi puerta. Otra equivocación, porque dicen que es tremendamente rudo y testarudo, pero en verdad no es así, es muy amable y tranquilo. Al verme tan enferma me convidó alguna de sus hierbas, hizo un zumo y lo tomé. Me va a creer que en menos de diez minutos ya no tenía los dolores. Entonces nos pusimos a conversar y le invité a jugar un carioca, mientras esperábamos a mi nieto y las empanadas.
El compadre, como andaba muy enyerbado, me convidó uno de sus cigarrillos, usted sabe, para la reuma, claro que no contaba con la tos que me causó, pues me hizo toser como condenada, se me pusieron los ojos rojos y casi quedo sin amígdalas, tuve que correr al baño, me estaba meando de a poco, ya que después del ataque de tos me dio ataque de risa y llanto. Bueno, qué le cuento, y para hacerla más corta, le diré que con la trifulca había tal humareda que tuvimos que abrir la ventana, por supuesto que ahí nomás terminó la fiesta, porque dicen que en el bosque merodeaban unos policías vestidos de civiles que andaban tras mi compadre, usted sabe, pasaron el dato que mi compadre vendía hierbas y, sin darnos explicación, entraron a mi casa, agarraron al compadre a palos y a mi me sacaron casi en andas,  metiéndome en una ambulancia. ¡Dése cuenta de la tamaña confusión! Al compadre se lo llevaron detenido y a mí, al hospital. Para rematarla,  con el mal rato que pasé, me volvió el dolor de cabeza y de huesos. Así nomás fue la cosa y no como andan cacareando esas chismosas.
...
Caperuzo azul:
Bueno, yo estaba jugando a la pelota con mis amigos, cuando vino mi mamá y me pidió que le llevara un remedio y unas empanadas calientitas a la abuela. Ella vive al otro lado del bosque la Primavera, en una casa de techo rojo. Sí, convidé a mi amigo Lalo pues  el camino es  largo y aburrido. Por la senda vimos a unos leñadores, pero no estaban cortando leña. Entonces, para no toparnos con ellos, tomamos otro sendero. En un claro del bosque nos pusimos a jugar a las bolitas un rato. Como se nos hizo tarde corrimos a casa de la abuela, por supuesto que al llegar  nos asustó mucho  ver salir humo por la ventana y escuchamos que la abuela gritaba. Ahí se me ocurrió pedir ayuda a los leñadores.  Me sorprendió que ellos  portaran armas, luego entraron  a  la  casa  y sacaron  a  la abuela y a un hombre que pensamos era un asaltante, pero resultó ser el compadre Donoso. Claro, que aún no sabemos porqué al compadre lo apalearon  delante de nosotros y lo detuvieron. A lo mejor él era el culpable del incendio, yo creo, mi mamá dice que todo fue un malentendido. Lo cierto es que me regañaron, pues a la abuela se la llevaron al hospital, y mi mamá dice que soy un chismoso ya que no hubo tal incendio. Todo esto ha causado que mi abuela esté terriblemente enojada conmigo y no quiera ni verme.
...
Compadre Donoso:
Recién acabo de salir de la cárcel. Yo soy  el famoso Patricio Donoso, un yerbatero, o sea que vendo toda clase de medicinas en forma natural para los dolores. Ayer fui a visitar a mi comadre, doña Alejandrina, la abuela del Caperuzo azul. La pobre anciana estaba en un ay, pues no podía más con los dolores de la reuma, usted sabe, en este tiempo de humedad. Entonces, le preparé un zumo de hierbas y logré calmarla mientras esperábamos que apareciera el niño con unas medicinas.
Bueno, me quedé cuidándola y conversando. La comadre es muy buena para mover la sin hueso. Al rato se sentía  un poco mejor y nos pusimos a jugar a las cartas. Se me ocurrió preparar unos cigarrillos de algunas hierbas que yo mismo inventé, son un poco fuertes pero son muy buenos para calmar toda clase de dolores. Doña Alejandrina se tentó y me pidió uno para su  reuma. Claro que como ella no sabe fumar, se ahogó y le vino un ataque de tos, llanto y gritos. Tuve que golpearle la espalda y darle agua para que se le pasara. La comadre hasta se meó de tanto toser y luego le vino un ataque de risa.  Para que le cuento el desorden, tuve que abrir la ventana así saliera el humo, las cartas estaban por todo el suelo y una silla volteada, pues la comadre como  es  gordita, con la  desesperación  botó  todo a  su paso. Pero lo peor fue que llegaron en ese momento un montón de policías, y sin  aviso ni explicación, me dieron una paliza  diciéndome que era un mariguano y que me estaban siguiendo la pista, por eso me llevaron a la cárcel más golpeado que un membrillo corcho.
Hoy que se aclaró la cosa, me dejaron libre. Me dijeron que una vieja llamada Rosario había corrido el chisme de que yo cargaba marihuana. Dése cuenta, por eso fueron a buscarme, parecían lobos feroces, querían agarrarme con las manos en la masa. Claro que a ese Caperuzo, le tengo una guardada, porque fue él quien llamó a la policía, sin primero averiguar qué pasaba.
Ahora estoy todo adolorido, tendré que llegar  a mi casa y prepararme unas hierbitas para los dolores. Ya ve usted, en estos tiempos, no se puede ser homeópata.

domingo, 15 de julio de 2012

TE LLEVO





Te llevo dentro de mí, sin límites.
Te hablo en cualquier instante
y no importa si no me escuchas,
te sigo hablando en una telepatía infinita.
A veces quiero estar dentro de tu piel
arraigada allí como parte de su corteza.
Así, a través de ti, adueñarme
de tu conciencia, de tus pensamientos.

Estoy siempre a la espera;
como el gato al ratón,
la boca de la tierra a su sed de lluvia.
Y te miro, te huelo,
te palpo y te saboreo.
Doquiera que estés yo estoy cerca para
apoderarme de tus huellas.

Algunas veces te contemplo desde el fondo de una palabra,
extasiada de amor.
Todo me involucra a tu alrededor;
soy parte de tu sombra,
soy aquella que recoge tus pisadas,
tus suspiros,
y los guarda entre las sílabas de una metáfora.

El silencio es mi compañero,
me incita a estar en ti obsesionada,
adivinar cada secreta sensación
atrapando  tus inquietudes y flaquezas.
Ya no puedo vivir la vida por  solo vivir
sin tu presencia,
eres parte importante, el eje central y vital
de mi existir.
Las ilusiones resultarían imposibles sin ti,
eres su inspiración.

Siempre te veo, te persigo, te amo
hasta en los sueños
y despierto cada día con la complacencia
de sentirme en ti,
de sentirte en mí, como el supremo y más grande amor
que haya pasado por esta vida.




domingo, 1 de julio de 2012

DESIGNIO



Ayer se llevaron el cadáver de A, lo vi por el ojo de la cerradura de mi cuarto. Vivía justo enfrente de mí.  Los enfermeros lo cargaron sin esfuerzo, creo que no pesaba mucho y estaba como encogido.
 Yo llevaba dos días atrincherada por si acaso.  No quería que viniera R a robarse mi ración, como lo hizo la semana pasada. Les declaramos la guerra antes de ayer  porque cometieron una grave falta  con las enfermeras y porque si no hay una disciplina, esto se va convirtiendo en anarquía. Como algunas no querían participar y son justo las más chismosas y ladronas,  les advertimos que quiéranlo o no, están en esta guerra y sufrirán las consecuencias. Nos mantenemos en posición B, D y yo, H; y nos  cuidamos la retaguardia. Cuando vamos  al comedor una va primero y luego va la otra, nos turnamos. Nadie más que nosotras sabe nuestra estrategia a seguir. Lo que le pasó a A no es algo aislado, es parte de esta guerra. R,  J y E se quedaron con la boca abierta y sabemos que están tratando de  denunciarnos, sólo que no se atreven pues temen ser desmentidas por las propias enfermeras y  por lo sucedido a A, que en paz descanse.
            Apenas se fueron los enfermeros cargando el cuerpo de A, vi que sigilosamente J salía de su trinchera y tanteaba la perilla del cuarto vacío. Rápidamente B y yo salimos al pasillo y la quedamos mirando, entonces J se hizo la guevona y nos preguntó si todavía estaba el cuerpo de A en el cuarto y  a qué hora sería el funeral. B le contestó que no mintiera, que sabíamos exactamente lo que ella quería. Era mi amiga... dijo, como para engañarnos. Tú no tienes amigas, todo lo que A dejó será para nuestro grupo, nos pertenece como trofeo de guerra, exclamé, y la corrí con una mirada amenazante. J salió casi disparada a su cuarto, por el corredor la recibió E que había estado observando todo por el rabillo de la puerta. Llamé a D y nos apostamos fuera del cuarto que perteneció a  A. R vino portando un trapo blanco, nos pidió una tregua para ir al cementerio. Lo consultamos en el grupo y decidimos aceptar. Después de eso, tomé mi ración,  la escondí en uno de mis bolsillos, luego todas caminamos hasta el final de la galería y salimos al patio. Nadie hablaba, sólo ellas hacían como que rezaban, pero yo sabía que no era así, nos vigilaban y nosotras a ellas.
 Atravesamos el pequeño bosque, allí vimos el viejo cementerio a los pies del templo, todo rodeado de acacias y pinos que envuelve en un ambiente de paz y a la vez de soledad en el camposanto. Estaba el cura, las demás viejas y algunas enfermeras del asilo. Nos quedamos  en el mismo lugar hasta que todo terminó. Al volver, ellas se vinieron por otro camino y nosotras directo a nuestra trinchera. Antes pasamos al cuarto de A  y nos repartimos el botín. A mí me tocó un chal de lana con una punta deshilachada y una bata de levantarse con un hoyo en un bolsillo. No había muchas cosas, ya que a A le gustaba apostar sus pertenencias cuando jugábamos al carioca. Lo último que le ganamos fueron sus pastillas para el corazón y por eso estiró la pata, a pesar de que nos suplicó que se las entregáramos, no fue así, ella las perdió en buena lid. A las enfermeras no les importa nada, ojalá todas nos muramos  pronto, ellas siempre se están quejando que la paga es una miseria, por eso no se meten con nosotras, nos dejan hacer lo que queramos con tal de no molestarlas mientras mantienen sus orgías con los mozos.
            Al rato llegaron  J y E a pedirnos que hiciéramos  las paces o un alto a las hostilidades. Quiso darme la mano  pero se la rechacé, la tiene llena de verrugas. Así nomás le dije, nada de protocolos. D les respondió que por el momento la tregua seguiría hasta nuevo aviso o hasta que ellas comenzaran a violar este acuerdo.
Por la noche nos fuimos a mirar el espectáculo en vivo que dan, de vez en cuando, las enfermeras en el cuarto del fondo. A ellas no les importa que las veamos besuquearse con el jardinero y el mozo de los mandados o con los nuevos enfermeros. A veces las películas se ponen bravas cuando las manos van y vienen por debajo de la ropa. Yo pienso que gozan más con el auditorio de viejas de mierda, que abren sus bocas desdentadas pidiendo más acción.  A mí me  gusta cuando la Leila, una enfermera de 36 años, bien entradita en carnes y Laura, la suplente de unos 40 años, flaca y dentuda, lo hacen  con el muchacho que atiende el jardín  de unos 22 años y está tiernito. Las dos se lo comen a besos y le bajan el pantalón y lamidas por aquí y manoseos por allá, por supuesto que a las viejas nos da mucha calentura y gozamos con solo mirarlos. Ay, ¿quién fuera joven no? Las enfermeras se lo pelean y lo tocan por todos lados hasta que el muchacho no aguanta más y allí mismo se vacía, y nosotras todas gritando alborotadas y muertas de la risa, pidiéndole que aguante, que aguante. Luego que termina la función  hay que irse a la cama. Pero antes les damos unas manoseaditas a los muchachos cuando pasan por nuestro lado, mijitos ricos, le decimos, ¿cuándo nos toca una...? y ellos  sólo se ríen, a ver si uno de estos días... ¿no?  ¡Váyanse a dormir viejas calientes!, nos gritan con picardía, y nosotras todas coquetas nos vamos felices a recordar viejos amores. Esa es toda la entretención que tenemos. La mayor parte del tiempo la pasamos discutiendo con las otras y esperando que alguna se muera para ir al funeral y luego repartir sus pertenencias.
Aquí la vida es corta, muchas pasan pequeñas temporadas y se despachan por cualquier enfermedad. La comida es poca y es justo el punto de discordia entre las viejas, hay algunas ladronas que  entran a los cuartos al menor descuido. A veces guardamos algo de la merienda para la noche, pero como los cuartos no tienen  cerrojo cualquiera  entra y desaparecen las cosas. A mi grupo le tienen recelo, somos bravas, no dejamos que nos  roben y es uno de los motivos de esta guerra que tenemos con ese otro grupo, del resto de las viejas, no hay problemas viven  en los otros pasillos y son más débiles, y nos tienen respeto.
Como aquí los días son lentos y tediosos nos entretenemos jugando carioca y otras veces bingo. Los domingos son los peores porque casi no viene nadie a visitarnos, somos las olvidadas de la sociedad, lo que los familiares se deshacen con mucha facilidad. En mi caso estaba sola y por eso me vine aquí pensando que tendría más compañía. Un doctor viene cada quince días o cuando hay una defunción. Es un charlatán, nos da pastillas y recomendaciones. Creo que nos tiene desahuciadas de antemano pues no le inquieta que una se queje de algo, él sólo se limita a decir que ya pasará. Yo lo he escuchado hablando en la oficina con la Laura, dice que somos unas pobres indigentes y  le recomienda que nos haga bañar más seguido pues apestamos. Vivimos de la caridad de unas monjas que nos traen los escasos alimentos, por eso es bueno que alguna se muera para que nos den más, pero en vez de eso, normalmente llegan otras.
Lo único agradable es que vamos pasando por este lugar muy rápido, muchas vienen a morirse. Pienso que como estamos tan cerca del cementerio, la tierra nos empieza a atraer apenas pisamos este asilo.
Con B somos las más compinches, nos pasamos horas charlando y pelando a cualquiera que pase cerca. D nos contó que en el otro pasillo  llegaron dos viejas que son lesbianas, se la pasan de la mano y ella las ha visto acariciándose, entonces tenemos planeado ir a verlas para cambiar un poco las películas, aunque yo les comenté que ver  a  las enfermeras es más divertido que mirar a un par de viejas guevonas haciendo tortillas.
Me gusta observar el cuerpo de los mozos jóvenes llenos de energía, cogerse a las enfermeras una y otra vez. Son insaciables y a nosotras se nos llena la boca de baba de puro caliente, B se muere de la risa porque dice que ella era igualita a la Leila de gozadora. También  participa la Matis, cuando tiene turno tarde,  es muy fogosa y los mozos  quieren de inmediato con ella, entonces las otras se ponen celosas, es muy divertido verlas pelearse a los hombres como si fueran muñecos. Yo pienso que la Matis trabajaba o todavía trabaja en algún prostíbulo pues no tiene ningún escrúpulo en quitarse la ropa y exhibir todas sus partes sin la menor vergüenza, las otras son un poco más reservadas, aunque después de un rato pierden su pudor y hasta nos ignoran. Hay una complicidad tácita en el asilo, nadie habla del asunto, las enfermeras nos  miran con indiferencia durante el día como si nada, pero llegando la noche ellas mismas nos permiten asistir a sus orgías. Creo que el grupo de viejas con sus miradas lascivas las calienta más que si estuvieran solas. Y nosotras nos vamos en puras miraditas y algunos chillidos y risotadas, ¿qué más nos queda? Nunca han querido prestarnos al Samuel para pasarle la mano por alguna de sus  buenas partes, son muy egoístas, sin embargo no podemos ofendernos, de todos modos nos dejan observar para darnos un poco de felicidad.
 Del grupo de viejas mironas sólo  quedamos seis, el resto se acuesta temprano o se encuentran muy enfermas. Estamos sentenciadas a no mencionar lo de las enfermeras, de todas maneras nadie nos creería, dicen que cuando vieja uno se pone fantasiosa. Recuerdo que una vez una vieja del otro pasillo, llamada Margarita,  le trató de contar algo al cura, y éste muy intrigado le habló a la Leila,  ella se encargó de desmentir todo diciendo que esa viejita estaba muy mal y sufría de alucinaciones.  En castigo por lo lenguaraz la salamos, me explico, es entre todas ponerle sal en el sexo, nos reímos mucho porque la vieja esa, tuvo que tomarse un baño por el escozor que la sal le produjo, fue muy divertido, claro que quedó sentenciada porque la próxima sería peor, pero  se murió antes.
Para los castigos somos implacables. No queremos perder los pocos privilegios que las enfermeras nos dan, es como alargarnos en una pequeña dosis la misma vida. ¿Qué más da? ¿Cuántos años nos quedan? Yo soy la más entusiasta en no desperdiciar el poco tiempo que nos queda, por eso es lo de la guerra con las otras, ellas han quebrado el pacto de lealtad que teníamos, casi quedan al descubierto las enfermeras; una noche  el médico llegó de improviso  alarmado por un comentario de A y J, sobre que algo pasaba   al final del pasillo, sus envidias las llevaron a ese extremo. Por casualidad escuchamos a E comentar que el médico vendría esa noche y fuimos a poner sobre aviso a las enfermeras. Cuando vino el doctor todas dormíamos como angelitos y no encontró nada anormal en el asilo, hasta nos contaron que se molestó con esas viejas. Como no podemos castigarlas ya que son tres, igual que mi grupo, entonces decidimos declararles la guerra, y tenemos el apoyo de Leila, por eso nos tienen miedo, les hemos augurado lo peor. La muerte de A creo que las tiene muy inquietas, ya están tratando de hacer las paces, sin embargo, queremos alargar un poco más esto, pues nos ha dado algo de diversión y las mantenemos a raya con la boca muy cerrada y los ojos muy abiertos.
Bueno, pienso que mañana de seguro habrá otro funeral, hay una vieja del otro pasillo que no ha dejado de quejarse en toda la noche, por consiguiente, es un anuncio no muy alentador para ella, y para nosotras, la posibilidad de adquirir algo interesante en el botín. A primera hora veremos qué nueva táctica empleamos para entretenernos. Por el momento J, R y E, creen esto de la guerra y se han sometido a nuestro designio.



jueves, 14 de junio de 2012

AQUEL BESO


Como aquel beso prohibido
súbito, intruso
se quemó en la tarde
en las pupitas  de un gato.

Ese encuentro de labios deseosos,
desnudó los cristales de la ironía.
Más tarde, no hubo reproches,
el roce dejó su tibia  huella
y anidó en la misma sangre.

Beso tierno, beso insolente,
osado, crepuscular,
apagó las luces de la sensatez
y la pasión soltó el sueño carnal
en la selva del espíritu.
No hubo nada que decir,
ese beso se perpetuó en los labios
adueñándose del momento.
Aún quema su contacto insaciable.
Aún enciende la piel  la flama 
de su llamado
que se niega a extinguirse.

Ven a mí, ven,
que muero de muerte estelar,
como estrella enferma esperando que regreses
y robes todos mis besos.

viernes, 1 de junio de 2012

DESEQUILIBRIO



Esta selva asfixia. No te deja respirar. Produce una especie de ansiedad que te conduce por vericuetos increíbles que suben, bajan, zigzaguean, se detienen y continúan, caminos que sigues como el latir de un corazón.
Hay seres huraños que te vigilan al pasar esperando un momento de distracción o de debilidad, que caigas y zas te caen encima y ahí no podría  explicarte lo que sigue pues aún no he llegado a ese extremo total.
El camino que se proyecta es tortuoso, hay grandes paredones grises que no dejan  pasar la luz solar y pequeños claros llenos de personajes, cada uno ensimismado en sus propios asuntos, poco amables, ocupan todos los espacios, la soledad reina entre ellos, pues cada cual vive su destino a pesar de lo ruidoso que son, cada quien es dueño de su propio silencio y esclavo de sus ininteligibles palabras. Yo busco el paraíso, pero por lo visto hasta el momento, sigo a una quimera. Sin embargo como soy soñador me permito pensar que pronto lo encontraré. Por ahora  estoy tratando de salir de la maraña de redes que oscurecen el día, lianas horizontales  que cruzan la selva afeando más el paisaje, si pudiéramos decir paisaje, por supuesto soy muy optimista y espero al final encontrar el punto en donde todo sea  como lo imagino.
En esta selva hay animales feroces que si no te mueves rápido te arroyan con sus enormes cuerpos, poseen una caparazón que los hace fuertes y temidos, pero hay una lucha sin igual entre ellos, el más osado no titubea en ser el primero, por lo que  durante el día encontrarás a muchos de estos  arrogantes animales muertos y retorcidos en alguna esquina de la jungla.
Cuando llega la noche, la selva abre sus miles de ojos de neón, baja el ruido y la sombra se hace poderosa. Yo a veces camino agazapado a las paredes, buscando a los árboles para contarles de mis sueños. La naturaleza me escucha en silencio, las cosas no son como ella lo planeó, no hay sapos que croan a mi paso, ni elefantes que soplen sus bubuselas. Los pájaros se apilan a los únicos árboles disponibles,  las palomas y las ratas reinan y se reproducen en una forma descarada, alimentándose de cualquier basura.
No hay un equilibrio normal, la selva metálica ha invadido los límites de la cordura y como una pesadilla asedia, avanzando velozmente como la peor de las pestes. A nadie le interesa este grave problema, cada cual cuida sólo su pequeño espacio, o su basto lugar, sin importarle que con su actitud egoísta, un día, tal vez muy pronto,  la  selva asfáltica degluta incondicionalmente, a la aterida naturaleza, incluyendo  la fauna y la flora.
 Mientras tanto, escribo en las paredes y en las esquinas, que se detengan, pienso que aún queda tiempo, les pido que asuman una actitud responsable. He escrito infinidad de pequeños mensajes pidiendo que cuiden el agua, que no maltraten a los animales, que no corten los árboles, en fin, todo está en peligro mortal. El mar es una bomba a punto de explotar por tanta contaminación. Hay una enfermedad que crece minuto a minuto y esta selva asfáltica avanza sin control, sin que el supremo mortal engreído, acumulando sólo riquezas, no dé un paso atrás y verifique la destrucción que deja en su camino.
El sol quema, no hay refugio que te proteja, sólo las grandes paredes de la selva de cemento, si te expones, sus rayos dejan una honda huella difícil  de aliviar. Sin embargo, como existe el olvido, nadie se detiene en su loca carrera a reflexionar, la indiferencia habita el corazón del hombre, el desprecio y la ambición son lo único que llena su productiva mente.
Hoy puede ser el último día, no lo sé, por eso trato de llegar al borde de esta tétrica selva urbana y desaparecer entre una verdadera jungla, si es que algún día la puedo encontrar y si  queda algo de ella. Eso es lo terrible, si alcanzo el final de este vagar y logro salir de este asfixiante destino. Por esa razón voy dibujando y escribiendo en las paredes para ti que escuchas, el camino que nos llevará al final si aún  el tiempo nos obsequia algo de vida.


miércoles, 16 de mayo de 2012

EL RINCÓN DEL ÚLTIMO BESO




Sólo a través de tu recuerdo pasan las horas mustias.
 Vienen  murmullos desde lo profundo  del silencio,
invaden el cuarto
y buscan desencantar la espera.

 Envuelta en la sábana del tiempo,
ilusionada en vano, detengo los relojes
en un momento que  no existe.

Acurrucada bajo el alero del ensueño
 te contemplo en una lejanía cercana,
 como si los cristales reflejaran tu silueta tan deseada.
Las paredes me devuelven el eco de tu voz
y tintinean nostálgicas en mi oído.

Blanca libélula se ha posado en una lágrima,
 bebe su tristeza, mi soledad inaudita,
ha hecho su nido en mis pupilas esperanzadas.

Mis mejillas salobres se marchitan día con día,
  pronto seré  una estatua de silencio
petrificada en el  lugar más melancólico,
aquel del adiós, el rincón del último beso.