No me deja
escuchar mi música, es un ogro. ¡Déjame en paz!, le dije. Pero él como si nada,
se llevó la radio y quedé en el silencio abismal con un grito de enojo,
que no salió, perdido en el laberinto
del miedo. ¡Ogro¡, ¡ogro!, pensé, algún día seré grande y te mataré. Las
palabras se enraizaron en mi boca, sus largas raíces llegaron muy lejos
alcanzando vendavales y tormentas. Ogro, le decía cuando en medio de mi
entusiasmo cortaba mis alas y me hundía en la desidia. Entonces crecía el rencor
como mala yerba e invadió mis sentidos y se hizo más imperioso mi crecimiento. “Cuando
sea grande ya verás lo que te espera”. Obviamente el ogro incrementaba la flama,
atizaba mi odio al extremo que salían chispas de mis ojos.
Así
fue que crecí retorcido y rebelde, rodeado de mala voluntad y desatino, vestido
de palabrotas y golpes desmerecidos.
Y un
día nos enfrentamos el ogro y yo, nos miramos de arriba abajo, me pareció más
pequeño, el armatoste que tenía, había disminuido, sus ojos parecían apagados y
sin brillo, era un jirón arruinado por el cigarrillo y el vino, igual me
desafió, tenía que ser, palabras de ogros no se pueden cambiar. Me dio lástima,
y le di ventaja que me matara primero, después lo haría yo.
Esta historia la escribió un muerto,
yo sólo la guardé para los vivos…
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