sábado, 15 de agosto de 2026

EL OGRO


 

No me deja escuchar mi música, es un ogro. ¡Déjame en paz!, le dije. Pero él como si nada, se llevó la radio y quedé en el silencio abismal con un grito de enojo, que  no salió, perdido en el laberinto del miedo. ¡Ogro¡, ¡ogro!, pensé, algún día seré grande y te mataré. Las palabras se enraizaron en mi boca, sus largas raíces llegaron muy lejos alcanzando vendavales y tormentas. Ogro, le decía cuando en medio de mi entusiasmo cortaba mis alas y me hundía en la desidia. Entonces crecía el rencor como mala yerba e invadió mis sentidos y se hizo más imperioso mi crecimiento. “Cuando sea grande ya verás lo que te espera”. Obviamente el ogro incrementaba la flama, atizaba mi odio al extremo que salían chispas de mis ojos.

Así fue que crecí retorcido y rebelde, rodeado de mala voluntad y desatino, vestido de palabrotas y golpes desmerecidos.

 

Y un día nos enfrentamos el ogro y yo, nos miramos de arriba abajo, me pareció más pequeño, el armatoste que tenía, había disminuido, sus ojos parecían apagados y sin brillo, era un jirón arruinado por el cigarrillo y el vino, igual me desafió, tenía que ser, palabras de ogros no se pueden cambiar. Me dio lástima, y le di ventaja que me matara primero, después lo haría yo.

 

            Esta historia la escribió un muerto, yo sólo la guardé para los vivos…

 

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