La
verdad es que nunca se había levantado tan contenta, a pesar de que ella no duerme ni menos despierta cada día. Le dio
lo mismo, era un buen pensamiento y eso le bastó para ver su agenda. Fue al
baño y se miró el rostro, en sus cuencas
vacías descubrió un brillo especial en
el fondo, pero muy al fondo, la mueca de
su boca le dio un poco de risa, y pensó cómo sería su figura si pudiera imitar a los mortales
cubiertos de carne y piel. Qué asco, se dijo, pero una imagen se le vino al cráneo, era la de una pareja besándose.
Nunca había tenido una sensación así, ella, tan dura y sin sentimientos,
apática hasta decir basta, cruel y prepotente, su agenda era lo más importante
que estaba en su poder y su ejecución no
tenía retraso, era implacable. Sin embargo, al recordar esa tierna escena se le
llenó la caja torácica de ternura. Eso era imposible en ella, la Huesuda, la
indomable, tenaz e inmutable ante lágrimas y
súplicas, la que jamás había
tenido esos extraños afectos que en su diario ajetreo con los humanos, no entendía. Ahora, la inundaba una sensación
de ansiedad terrible, le roía la cadena de huesecillos y le presionaba el
esternón.
Una idea se le vino de pronto y se le iluminaron las cuencas, de
inmediato se trasladó hacia la biblioteca de la ciudad, allí comenzó a ojear
libros y más libros, quería entender este zumbido en sus oídos que la había
sacado de su alta concentración, acarreando muertos al cementerio. En su
cavidad visual todavía se dibujaba la
pareja aquella que atrajo su atención, cuando
se besaban de una forma tan intensa que le removió el esqueleto.
Debería existir una palabra a la
que pudiera llegar y que le explicara
esa extraña situación que sus huesos no entendían. Todos los libros que
consultó, eran de anatomía, otros de terror como los de Edgar Allan Poe o Franz Kafka y realmente no
le sirvieron para nada, porque no indicaban lo que buscaba y aún no lo sabía. La cuestión era difícil, ¿a quién preguntar?
Ella no tenía amigos, por el
contrario, la gente te temía. Imagínate que se te aparece la
muerte, lo primero que harás, es salir
arrancando, o caerte desmayada, aunque ella trate de de decirte que solo viene
a hacerte una pregunta, sobre esa palabra que lo dice todo. La Huesuda lanza un
suspiro y este recorre todo su esqueleto
haciendo sonar sus huesos como una campana para espantar a los cuervos que
quieren comerse las guindas del árbol. Cada paso que da lleva el sonido que
anuncia una desgracia. Hasta los animales que la escuchan avanzar, ladran y los gatos maúllan, todos se asustan
de sus designios y evitan encontrarse en
su camino.
La Huesuda espera la noche bajo el alero de un monasterio. Cuando el
astro rey baja sus pestañas, ella se
dirige a observar las ventanas iluminadas con velas. Le da mucha curiosidad ver
esas velas encendidas, tal vez haya algunos velorios por aquí que yo no sepa,
se dice. Se asoma y le intriga. Bueno, lo que pasa es que es el 14 de febrero y
hay comidas íntimas por allí, flores
y tarjetas amorosas. Esto le llama mucho
la atención. No recuerda haber estado espiando a la gente en busca de una
respuesta. Ella, la suprema con su guadaña de hierro, simplemente interrumpe en
alguna casa y saca sin miramientos a quien decide llevarse. Ahora es diferente,
la curiosidad la atrae, sobre todo esa rara
anomalía en sus huesos que de vez en cuando la sacude por completo.
Observa las mesas adornadas, los manteles blancos, los candelabros
encendidos, los cristales de las copas, la utilería deslumbrante, ve a las
mujeres muy bien vestidas, maquilladas y peinadas, se ven hermosas.
La Catrina no lo puede creer, que ella diga que las mujeres se ven
hermosas, eso nunca lo había pensado y le da
envidia. Va hacia un dormitorio y
encuentra sobre la cama un hermoso vestido, lo toma y se lo pone frente a un espejo. De verdad me sienta
bien, si mi esqueleto no se destacara tanto. Al ponerse el vestido éste no dura
mucho en sus hombros huesudos y se desliza al piso. ¡Oh!, dice la Huesuda, me falta relleno y se deja
caer sobre un sillón muy apesadumbrada. ¿No sé que me está pasando?,
piensa, algo anda muy mal en mí. Pronto
siente voces y va hacia la sala, allí lo
ve, es un hombre muy guapo que abraza a la mujer y le entrega un ramo de flores. ¡Guácala! exclama
y tapa su bocaza con su ósea mano, por fortuna, como es la muerte y es
invisible nadie la ve ni la oye.
Curiosa se queda en la pieza, mientras los enamorados brindan con una
copa de vino, ella los observa beber y luego viene el abrazo con un gran beso.
Allí la Huesuda embelesada, vuelve a sentir esa sensación rara en todo su
cuerpo, y sin pensarlo más, decide entrar al cuerpo de la mujer y recibir ese beso que la atraviesa, la sacude
con una deliciosa sensación indescriptible que recorre todo su esqueleto, hueso
por hueso, coyunturas y cavidades, que la deja totalmente anonadada, mientras
el hombre murmura, muy cerca de su oído:
¡mi amor, te amo tanto!
La Huesuda se retira apresurada y sorprendida del cuerpo de la mujer,
tastabillando, desorientada, divinamente emocionada y comprende por fin que, la palabra que tanto
busca, es la palabra deseada que recorre y enciende su esqueleto al escucharla.
La Catrina se va hacia sus dominios y se recuesta en su cama totalmente enamorada para disfrutar por primera vez esa misteriosa palabra y ese contacto tan intenso que lo abarca todo. Ya no necesita preguntar, lo ha sentido en su esquelético cuerpo, se llama: AMOR
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