Hay tantas Comalas en el mundo
que se pierden de la vista y la memoria;
el sol
abrazando, su beso ardiente.
La soledad de sus parajes inhóspitos,
sedientos de ruidos y murmullos,
todo esperando al viajero que cruza ignorante de su
destino.
Comala espera, no tiene apuros,
aguarda bajo la pestaña caliente,
levantando polvo de estrellas fenecidas,
de seres desaparecidos en los brazos del desierto.
Comala siembra sus parajes en otras tierras del norte,
del sur, del este y oeste, crece como mala hierba,
escondida del ojo humano avanza y aguarda.
Muchos Pedros
Páramos han quedado sepultados
entre sus
ardientes brazos.
Comala abre sus puertas y luego las cierra y no te
deja ir,
te arrulla con sus labios arenosos,
te muestra a lo lejos la salvación
con espejismos de agua, de vida, mas,
solo te espera la muerte.
El desierto de arenas o de tierras resecas por una
gota de agua,
estalla con los cambios climáticos,
se agudiza más su tragedia.
Cada día Comala avanza, aquí, allá,
cuando el agua desaparece espera el milagro.
La piel de la tierra solloza quebrajándose de dolor
y Comala aparece con su cara ardiente,
sus ojos encendidos, y un llamado moribundo:
no dejes que el agua nos abandone,
no permitas que seres deshonestos
conviertan los pueblos en Comalas de muerte.




