lunes, 15 de marzo de 2021

EXTERMINIO


 

Hay gente nueva viviendo en este barrio. Antiguamente casi todos nos conocíamos: buenos días señora Tina, ¿Cómo está don Pepe? ¿Qué dice mi ahijada?, ¡cada día más grande!, y ¿los niños que no los he visto?, ah, están en la escuela, en fin, esas eran las diarias preguntas para iniciar una nutrida charla con los vecinos, pero desde hace un tiempo, hemos ido quedando aislados, la mayoría, por defunciones de mis antiguos vecinos, sin saludos y sin esas amenas reuniones mientras barríamos la calle, pues  a los nuevos inquilinos  sólo los miras muy de vez en cuando, y apenas  levantan una ceja si esperas que te saluden como corresponde.

Recuerdo con nostalgia los años 2000, ¡qué tiempos aquellos! No le dábamos importancia a las noticias,  anuncios de que seríamos invadidos por extraterrestres, que naves no identificadas rondaban nuestro cielo, nada, nos reíamos haciendo chistes. Pero la realidad ha ido cambiando nuestro modo de vivir y de pensar, ahora, todos te miran con desconfianza,  podrías ser uno de ellos y nadie se arriesga a creer de primera vista que tú no eres alguno de esos invasores.

Cuando se supo por el año  2012 que se podían hacer trasplantes de rostro, pensamos que era como un milagro que personas con caras desfiguradas por algún accidente o ataque  animal, pudieran tener la posibilidad de vivir una vida más normal, sin ocultar su rostro deformado, eso sí, fue un gran adelanto. Pero nadie pensó que  ese adelanto de la medicina, sirviera a seres invasores, como recurso para sus fines  de apropiarse lentamente de nuestro planeta.

Ahora cada vez que alguien pasa por mi lado temo mirarlo a los ojos y descubrir que han comenzado a llegar a mi barrio. Un amigo me lo dijo, tienen un defecto en los ojos, por eso usan lentes, pero ¿cómo saberlo? Si ya nadie te mira a los ojos, las miradas se desvían y pasamos temerosos a ser atacados, si perciben que los has descubierto. También dicen que sus dientes son más puntiagudos, pero igual, ¿cómo podría averiguarlo si no te hablan, y menos te sonríen?

Alguien dijo que son caníbales o algo por el estilo, que para apropiarse de los rostros, salen de cacería en las noches y se adueñan  de las víctimas, les sacan los órganos y  hacen implantes en sus cuerpos  que aún no se han adaptado muy bien a la tierra y de vez en cuando, necesitan cambiar alguna de sus partes.

Del barrio sólo queda mi amigo  Carlitos, pero está tan viejo que sus piernas  ya no le permiten  caminar como antes,  así que voy a atreverme a salir con mis noventa años a cuestas y caminaré hasta su puerta. Debo ser cauteloso, no despertar sospechas a la infinidad de mascotas electrónicas que están apostadas en los jardines y puertas de estos nuevos residentes. ¿Quién sabe?, en este año 2060 han introducido nuevos métodos de controlarnos, si son extraterrestres, puede que ya me tengan  dentro de la lista vecinal de exterminio.

lunes, 1 de marzo de 2021

HOJAS CAIDAS

 


Hoy viajo en el tren del recuerdo, del olvido.

Un tren lleno de nostalgias frustradas, alegrías incontenidas

y memorias que yacen en los surcos del tiempo.

Este tren se detiene en estaciones insospechadas,

abre sus puertas a los que suben, nunca bajan.

Yo estoy allí, inmersa en un extraño sueño,

en donde soy la anfitriona

que tácitamente da la bienvenida

a seres conspicuos de refinados gustos y otros, los más,

de insignificantes presencias.

 

En este tren el maquinista no muestra su rostro,

su aspecto es oscuro, arrogante, domina toda situación sin salir del tren.

Este personaje, dice ser el final, no existe nada más que su mandato.

Y entonces, busco mis ojos, mi cuerpo, quiero despertar,

no deseo continuar atada a algo que no existe.

Mas, los dedos del tiempo me retienen

y apagan la luz en el fondo del entendimiento.

 

 Mi voz se retuerce entre las cuerdas flojas de un violín desesperado,

He quedado adherida a las ventanas del tren

con un largo sollozo de impotencia.

 

No puedo despertar, estoy atrapada en un letargo infinito,

que no termina, me lleva hasta la inaudita  pesadilla.

No sé si podré escapar a la realidad, o si la realidad es otro sueño.

Y, si es así, ¿cuál es la verdad de la existencia?

 

Atrapada en una somnolencia navego sin  tiempo.

Soy como el viento que revolotea

hojas caídas del árbol

y las deja caer sobre los cristales de un poema

en un círculo sempiterno.


lunes, 15 de febrero de 2021

WHITECHAPEL


 

Thomas había  soñado con aquello una y otra vez esa noche. No tenía la menor duda de que algo se insinuaba bajo la piel de los sueños. Pero la pregunta era, ¿por qué a él? Thomas, el emocionado viajero, un personaje sin ataduras con nadie que una noche pernoctaba en una confortable cama y la otra noche cerca de la rivera del Támesis, sin más cobija que su propio pensamiento. ¿Por qué ese infalible sueño lo llevaba hacia el lugar de la cita? ¡Por Júpiter!, ¿qué decía, de qué cita hablaba?, si sólo fue insinuada en una extraña pesadilla. No podía recurrir a nadie con semejante pregunta, lo mejor era olvidar.

Thomas nació en Sudamérica,  a sus treinta y ocho años aún no se establecía en  ninguna parte, viajero incansable, su último viaje había sido a Inglaterra, lugar de  nacimiento de sus padres. Por desgracia dos años antes, éstos fallecieron en un accidente de tránsito, y desde esa fecha Thomas abandonó a sus amigos, su casa y su país para deambular por el mundo.

Por suerte para él,  heredó una pequeña  fortuna. Desolado por la pérdida de sus seres queridos, un día decidió de la noche a la mañana que  tenía que salir a recorrer el mundo hasta donde el dinero le alcanzara. Tomó su mochila y emprendió el viaje pese a las recomendaciones y ruegos de sus amigos. Nada lo detuvo y se fue rumbo Brasil,  unas pocas semanas aquí otras en otro país. Fue así que después de tres meses había llegado a Inglaterra. Le atraían enormemente las construcciones de  castillos y villorrios, de preferencia todo lo elevado en piedra. Debo haber sido un cruzado, o algo por el estilo, se decía.  A los pocos días de pisar tierra europea, Thomas  dirigió sus pasos a las ruinas de Stonehenge. Estando allí palpó la piedra, la acarició como si acariciara a un niño, suave, entrecerrando los ojos, respiró profundo, su espíritu estaba en paz.  Allí se quedó esa noche mirando las estrellas, descifrando el enigma que lo ataba a esas ruinas. Y fue la primera vez que soñó despierto, vio figuras  humanas que  se ocultaban entre las  gigantescas columnas.  Pero lo que realmente lo sacó del ensueño fue la voz de alguien que había pronunciado su nombre, Thomas…Thomas… Fue algo que lo levantó de un impulso y caminó con cautela,  alumbrado por la luz de la luna. Recorrió el espacio y preguntó varias veces quién anda por allí. Nada, silencio profundo, una lechuza pasó casi rozándolo con su chillido como un seseo y pensó que tal vez se había confundido con ese sonido tan especial del ave. Volvió a parapetarse tras la roca y se tranquilizó.

El próximo día pasó la noche en un cuarto de hotel cerca de la rivera del Támesis. Tomó un baño y después de un buen desayuno se dirigió hacia Piccadilly, una gran arteria de Londres, entre Hyde Park y Regent Street. Sacó  muchas fotos y luego se encaminó hacia el centro de la ciudad. Allí divisó  el palacio de Westminster que lucía  todo su esplendor, y se quedó embobado mirándolo por un buen espacio de tiempo, hasta que el reloj de su torre le despertó indicando que ya era medio día. Enseguida se dirigió hacia los suburbios de Londres, recorrió ávido el mercado de artesanías. Más tarde comió un ligero lunch en un restaurante cerca de la rivera y  al salir recorrió los alrededores comprobando lo que su padre le había contado de Londres, el corazón de la ciudad, la antigua Londinium aún conservaba los límites medievales. Al anochecer sus pasos lo llevaron hacia  London Tower Bridge. Observó la serenidad del paisaje, barcos que cruzaban el Támesis llevando y trayendo carga. De vez en cuando una columna de garzas pasaba sobre el puente en busca de pastizales en donde pernoctar.  De pronto se sorprendió, alguien de nuevo susurraba su nombre, Thomas… Thomas… pero no había nadie cerca, sólo algunos autos cruzaban. Thomas…Thomas… ¿Quién me llama?, preguntó. Nada, no había ninguna persona por los alrededores, sólo las aguas negruzcas del río lo estremecieron al mirarlas. ¿Qué está pasando?,  tengo un raro presentimiento de que algo sucederá, es como un presagio, se dijo, y esa voz que no sé de dónde viene, me tiene intrigado, o ¿me está fallando el oído?

Salió del puente y se dirigió hacia una zona más ajetreada, con un pequeño mercado y viejos restaurantes de comida londinense. Entró en uno de ellos y pidió una cerveza. Would you like something else?  ¿Desea algo más?, en vez de una cerveza, ¿qué tal,  un Jack the ripper? ¿Qué es eso?, preguntó curioso. Ah, sonrió el mozo, es una bebida que lleva una mezcla de licores, los parroquianos le llaman a sí. Ah, Jack, el destripador, repitió en español el joven.  El mozo sonrió, ¿ha escuchado hablar de él? Sí, claro. Bueno, usted se encuentra en medio del barrio en el que este individuo asesinó a sus víctimas. ¿Si? Por supuesto, es una historia muy antigua, la gente ahora se ríe, no imagina  que fue realmente algo espeluznante, agregó el mozo. ¿De dónde dijo que era? De Sudamérica, apuró en contestar Thomas. Qué gusto, pero, usted habla muy bien el inglés, señaló. Ah, sí, mis padres eran ingleses. Ya veo, entonces, ¿se sirve la especialidad de la casa? Bueno, probaré  ese Jack,  contestó.

Al salir del restaurante  Thomas, leyó el anunció del letrero, era la calle Whitechapel. Muy conocida por las andanzas del destripador, según la leyenda nunca fue hallado por la policía. Esa noche siguió deambulando  por el Battersea Park, muy cerca del río. Unas chicas le salieron al paso y se entretuvo conversando con ellas. A la media noche las jóvenes se fueron y quedó solo en el parque. Qué bien se está aquí, pensó, pareciera que he vivido una vida por estos lugares, todo se me hace familiar, pero la verdad es, que es la primera vez que  los visitaba. Nuevamente pensó que en otras vidas pasadas tuvo que haber sido un cruzado, o un templario. Le gustaba esa idea. Un anciano se acercó a pedirle un cigarrillo, y él  contestó que no fumaba. El hombre lo miró extrañado, escupió el suelo varias veces enojado y se fue mascullando algo indescifrable. Qué tipo más raro. Se fijó en la ropa, un abrigo sucio y  destrozado, parecía haber salido de ultratumba, luego  sonrió, qué pensamientos ¿no? La bruma, característica de  Londres, comenzaba a deslizarse por los senderos del parque zigzagueando a ras de tierra, en ese momento  decidió volver al hotel. Compró algo de fast food y la llevó a su cuarto. Prendió la televisión mientras comía. Sin darse cuenta se quedó dormido,  hasta caer en un extraño sueño. Allí estaba el pordiosero del parque que lo presionaba, exigiéndole que le entregara su cigarrillo y como él le repetía que  no tenía, el hombre lo atacaba con un filoso cuchillo. Tú no sabes quién soy, le dijo, o me das mi cigarrillo o serás mi sexta víctima, entonces el hombre levantó el arma y cuando estaba a punto de  caer sobre él, Thomas dio un brinco en la cama y quedó de pie. Fue algo extraordinario,  nunca  había tenido  una pesadilla de esa magnitud. Pero lo que lo hizo dudar fue ver la puerta de su cuarto entreabierta. Juró que la había cerrado. La televisión todavía estaba encendida, la apagó titubeante. ¿Le habría caído mal esa terrible mezcla de licores?, o ¿sería la comida chatarra? Desconcertado se metió en la cama, el reloj marcaba  las  tres de la madrugada. Se acomodó nuevamente y durmió,  pero ese mal sueño, lo atormentó el resto de la noche.

Al día siguiente salió con su mochila, y cruzó Gainsford street, hacia Camberwell palace. Tenía una obsesión por los palacios, cogió su cámara y estuvo varias horas por los alrededores tomando fotos, luego se dirigió hacia el centro de la ciudad y desde un ciber envió algunos mensajes a sus amigos. En una tienda compró algunos regalitos y pensó que el próximo destino sería París, la antigua Lutetia Parisiorum, el centro de la bohemia europea. Eso fue lo que les anunció a sus amigos. Pasó a un banco y retiró algo de dinero. Todo el día  vagó por la ciudad, admirando los edificios, sus diseños tan propios de los ingleses. Todavía se sentía intrigado por aquel extraño sueño que le perseguía estando despierto.

En un restaurante se hizo amigo de la chica que lo atendía y la invitó al cine esa tarde. No acostumbro a salir con desconocidos, contestó ella un poco coqueta. Bueno, ya no somos desconocidos, me llamo Thomas, y tú eres Melissa. ¿Cómo, sabes mi nombre? Jaja, bromeó Thomas, lo llevas en tu uniforme. Oh, qué tonta. Thomas, eres muy divertido, me caes bien, you’re so cute. Bueno, ven a buscarme a la salida de mi turno. ¿Te parece a las seis? Claro, my fearlady, aquí estaré puntual. El joven se alejó con una amplia sonrisa. Qué bien, será entretenido ir al cine con una chica tan hermosa.

Volvió al hotel, se bañó, se cambió de ropas y se acicaló lo mejor que pudo para la cita. Miró su reloj, todavía tenía tiempo, iban a ser las  cuatro de la tarde. Prendió el aparato de televisión y se interesó con una entrevista que le estaban haciendo a lady Di en ese momento. La encontró muy bella, tan elegante, y esa mirada de princesa lo fascinaba.  De pronto escuchó que del televisor salía otra voz, nombrándolo varias veces,  luego algo que lo hizo estremecerse, era una voz, la voz que lo perseguía, -esta noche… cerca de la rivera del Támesis… Thomas... debes venir... Rápido apagó la tv y  puso atención. Pero nada, todo quedó en silencio.

No quiso seguir allí esperando, y salió del cuarto  alarmado por esa voz y esa extraña cita. Pensó que eso no le estaba sucediendo a él, que era parte de noches de bohemia, dolor por la pérdida de sus padres, en fin, buscó alguna respuesta para quedar tranquilo, sin embargo, no tenía una justificación a ese insistente sueño y a la voz que lo inquietaba. Obviamente, pensó, esta ciudad me está  enfermando en vez de relajarme.

Caminó por el bulevar. Se detuvo en una florería y compró un hermoso tulipán para Melissa, se dijo, a pesar de no pretender nada más que una compañía por esa breve estadía en Londres, quería dejarle una buena impresión,  así ella pensará que todos los latinos somos románticos y caballerosos. Entró a un callejón empedrado en donde varios pintores vendían sus obras y retrataban al carbón a los visitantes que aceptaban por unos pocas libras posar para un recuerdo. Thomas  se detuvo abruptamente, un anciano dibujaba en carboncillo el retrato de un hombre, pero ese hombre era  el mendigo del parque. Thomas no pudo contenerse y exclamó un ¡oh!, tan fuerte, que el pintor se volvió pensando que  alguien se había lastimado. My friend, what happened to you? Oh, no, perdón, excuse me… es… su dibujo…. pardon me.  Ah,  el dibujo… ¿le gusta? Se lo dejo por un par de libras, nada más, ofreció  el pintor con una amplia sonrisa. Este… ¿dónde está este hombre? ¿El anciano?, es sólo un mendigo que estuvo por aquí hace un rato. ¿Lo conoce usted? ¿A quién?, ¿al mendigo?…Ah, no, me pareció muy raro con ese abrigo tan largo que le arrastra por el suelo y no pude evitar dibujarlo. Oh, ¿usted le habló? ¿Qué pasa? ¿Es amigo suyo? Oh, no, lo vi en el parque… ah, pobre anciano. ¿Me comprará el cuadro?, preguntó el pintor con impaciencia. Tal vez más tarde, se disculpó el joven. Y se fue por donde había llegado. Su cabeza daba vueltas, el mendigo era real, no cabía la menor duda. Creo que me está entrando la paranoia. Consultó su reloj faltaban cinco minutos para las seis. Caminó de prisa,  le quedaban tres largas cuadras.

Cuando llegó al restaurante, Melissa  lo observaba desde la puerta. Ah, llegas justo a tiempo. Sí, vamos. ¿A qué cine quieres ir? Preguntó. Mira, están dando una película de Harry Potter, ¿quieres que vayamos a verla? Por supuesto, ah, toma esta flor es para ti. Oh, what a lovely flower, que amoroso, gracias, y Melissa le dio un beso en la mejilla. Los dos rieron.

Después del cine, Thomas invitó a su joven amiga a una fuente de sodas y pidieron unos milkshakes. ¿Vamos a caminar?, insinuó Melissa, necesito aire fresco. Claro, asintió Thomas. Los pasos los llevaron cerca de la rivera del Támesis. Conversaron, rieron y hablaron de sus respectivos países. Fue muy divertido, y de momento, Thomas olvidó completamente  sus extraños sueños. 

Cerca de las  diez treinta de la noche Melissa quiso despedirse pero el joven no la dejó. Yo te acompañaré a casa, insistió, está muy oscuro. Sí, se nos escondió la luna  sonrió, Melissa. Claro, la blanca señora observó a estos chicos latosos y se aburrió, dijo refiriéndose a ellos. Se fue a dormir. Melissa se tapó la boca  para no reír muy fuerte. Eres muy divertido, me alegra haberte conocido míster latino. Los dos rieron. Ya, vamos entonces.  Vivo cerca, a cuatro cuadras de este lugar, indicó la joven.

Tuvieron que cruzar varios pasajes solitarios. Oye, es muy peligroso que andes sola por estos lugares, reclamó Thomas. Bueno, ya ves, es por tu culpa, apuntó Melissa. Es cierto, reconoció. De pronto, al dar vuelta en una esquina, Thomas sintió un golpe seco en su cabeza y cayó desplomado. La niebla comenzaba a deslizarse por las callejuelas con su sigilo habitual. Cuando Thomas tuvo conciencia de sí mismo, no recordaba nada. De súbito  vino a su mente el golpe, y gritó por Melissa, aterrado. Mas, en ese momento observó sus manos, estaban cubiertas de sangre, retrocedió asustado y tropezó  con algo metálico, lo recogió, era un cuchillo. Rápido lo dejó caer, incrédulo, el pánico lo invadió, no podía pensar bien, ¿estaría en otra de sus pesadillas? Entonces, ¿qué  había pasado?  A un lado de un árbol descubrió un bulto. Volvió a preguntar, ¿eres tú, Melissa? ¿Dónde estás? Nadie respondió. Por favor contesta.  Se acercó al bulto, indeciso, presintiendo lo peor. Se inclinó y la vio. Era ella, aún tenía la flor en su mano. La tocó, Melissa, Melissa, ¿qué te pasó? Alrededor del cuerpo de la joven había un charco de sangre semicoagulada, oscura y viscosa que descubrió al pisar sobre él. ¡Oh, no!, gritó, ¡no, Melissa! Por favor, no te mueras, por favor, di que no es verdad. Un sollozo le apagó las palabras.  De pronto, una figura se acercó a él,  si, era el mendigo,  reía, ¡Jack, mira lo que has hecho!, y siguió riendo como un demente. Jajaja, ya viene la policía, por fin te atraparán, Jack, no podrás escapar ahora, jajaja. ¡Oye, yo no me llamo Jack!, exclamó el joven,  estás loco, ¿por qué la mataste? ¡Asesino, despreciable asesino!, gemía Thomas.

El mendigo no escuchaba, siguió caminado hasta perderse en la bruma, mientras repetía el nombre de Jack… Jack… you are a very bad man!  Y continuó riendo como un demente.  A lo lejos  se oía la bocina del auto de Scotland Yard police…

 

 

lunes, 1 de febrero de 2021

LOS ÁRBOLES


 

Las raíces de los árboles se entrelazan bajo tierra,

una comunicación sorprendente se realiza,

allá abajo, tal vez un secreto idilio.

La plática es permanente,  abarca todo el bosque,

un susurro sabio recorre gentil

y va de ramas a hojas, de flores a frutos.

 

La voz del viento lleva este susurro desde un bosque a otro.

Hay un tácito acuerdo, un vaivén, un despliegue

de verde deambula los senderos con pisadas desnudas

que confunden a los duendes que transitan día a día.

Los picaflores anidan en los eucaliptos,

son los arquitectos del sonido, su trinar de cascabeles

dan un tinte alegre, una gran algarabía.

Pequeñas notas musicales cuelgan de cada rama.

 

Los árboles tienen memorias ancestrales,

escritas en los círculos de sus troncos

con tinta de la savia que corre por sus venas.

La sabiduría sube por las cortezas,

hasta hacerse polvo y así llegar más lejos,

Guiada bajo tierra y en alas de la brisa,

los árboles se comunican mejor que los humanos.

 

Ofrecen habitaciones a los seres alados,

pájaros, insectos, hadas y gnomos,

se refugian en sus brazos cuando la tempestad azota

y en verano, al tiempo que el sol asedia

la sombra de sus frondosas melenas,

dan frescura maravillosa en sus aleros.

 

Los árboles, nuestros hermanos mayores,

viejos ancestros conocedores del principio

y sabedores del mañana,

están allí,

en sus puestos, siempre con los brazos abiertos

esperando por nuestro abrazo fraterno.

 

 

viernes, 15 de enero de 2021

DESDOBLAMIENTO

 

Dijo que lo halló herido en el lago  Xochimilco, “lugar de la sementera florida”, según el lenguaje náhuatl. Que tal vez lo había atropellado una de las trajineras que a diario pasean turistas por esas aguas con belleza forestal. Venía herido de una de sus extremidades superiores, es decir, sin uno de sus brazos. Me dio escalofríos y le reclamé que porqué traía eso a nuestra casa. Me contestó que  habría sido inhumano dejarlo morir allí,  que ahora, la gente está tan insensible como tú, me reprochó. No es que sea insensible, es que me da nervios ver una herida, la sangre siempre ha sido mi punto débil, argumenté, me produce náuseas y quedo a punto de desmayarme, agregué, pero él no contestó y continuó rastreando en la casa un lugar para eso. Lo escuché murmurar que a pesar de ser esa área, “patrimonio cultural y natural de la humanidad”, mucha gente no tenía la remota idea de lo que eso significaba. Que todos iban a pasarlo bien sin importarles dañar el medio ecológico, la flora y la fauna, en fin, seguía rezongando, mientras hurgaba algo en la cocina.

Cálmate, no te hagas mala sangre, dije tratando, de que no le diera tanta importancia, a eso, es sólo un bicho. Fue peor, se enojó más aún, vino a mí y me dio una disertación, dijo que Xochimilco, estaba allí desde la época prehispánica, que hubieron varias tribus indígenas llamadas, una Copilco y otra Cuicuilco, y que habitaban la ribera sur, cuando el lago era inmenso, formado por varios otros lagos. También mencionó que los indígenas construyeron las anáhuac que eran unas especies de porciones de tierra ganadas al lago, como islas artificiales, llamadas chinampas que flotaba sobre el agua con sembrados de maíz, chile, fríjol y calabazas, una antigua técnica agrícola. Muy inteligentes, le interrumpí, pero ¿a qué viene toda esta aclaración, si yo sólo he objetado a ese animal? Deberías interesarte en seres como éste, tú no sabes lo importante que son para la ciencia, por varias cualidades que tienen, y  no le digas bicho, ¿crees que no te escucha lo ofensiva que  eres? ¿Te gustaría estar en su lugar con un brazo cortado, herida y sin un poco de respeto? Exclamó eso,  al tiempo que se iba nuevamente a la cocina.  Escuché a Pablo sacar agua potable y llenar  algún tiesto.

Ya, listo, lo dejaré cerca de la ventana, no me lo muevas de allí, iré a comprar algo de lo que come para que se recupere, me dijo mientras se colocaba la chaqueta y tomaba las llaves del auto. Oye, ¿lo dejarás aquí en la sala? Claro que sí, ¿o quieres llevarlo al dormitorio y que duerma entre nosotros? Y salió de prisa cerrando la puerta.

No lo puedo creer, este animal me ha arruinado el día, pensé. Pablo le está  dando más importancia que a mí que soy su mujer. ¿Qué se cree?

Traté de serenarme, tenía  como una curiosidad y miedo a la vez de mirar a esa cosa que flotaba sin movimiento en el centro de la pecera. No quería acercarme mucho, me intimidaba, tal vez podía saltar  hacia mi rostro, y morderme, ¡qué sé yo! Traté de no pensar en él y me puse a ojear una revista. Sin embargo, de vez en cuando le daba una mirada de reojo a eso que seguía estático en el centro del agua. ¿Qué raro, se habrá muerto? Pienso que sería lo mejor, pues no quería vivir con esa alimaña en  mi casa.

 Pablo regresó, estaba más tranquilo, traía un paquete con algunas cosas, me dijo que  había pasado a un negocio de mascotas y que había conseguido alimento para Green. ¿Quién es Green? Pregunté sorprendida, pensando que a lo mejor Pablo había adquirido otro animal.

Es mi mascota, la que encontré herida en Xochimilco. Ah, es eso, contesté con ironía. ¿Se puede saber qué come?, ¿no come dedos? Jaja, qué divertida eres,  Green sólo come camaroncitos, larvas rojas de mosquitos, trocitos de pescado, lombrices de tierra y pescaditos vivos. ¡Qué horror, es un caníbal!, ¡una piraña!, exclamé. Ya, no seas trágica, míralo si es tan pequeño y  enfermito, por eso no se mueve, pienso que debe dolerle mucho esa herida. ¡Míralo tú, yo no quiero ver eso! ¡No quiero nada con él! Está bien, no te preocupes yo le cambiaré el agua y lo alimentaré, pienso que cuando se mejore lo devolveré a su hábitat. ¿Te parece, princesa escrupulosa? Asentí con esperanza.

Esa noche soné que el ajolote  andaba arrastrando su cola por la sala y había crecido del tamaño de un gato. Yo me quedaba sin habla, paralizada al verlo acercarse a mí con esa mirada de dolor, y me decía que sufría mucho,  y su dolor atravesaba mi corazón, despertándome con un grito. Pablo me abrazó y  preguntó qué pasaba, si había tenido una pesadilla y sólo moví afirmativamente la cabeza mientras gemía sin saber por qué me dolía tanto algo que no podía explicar. No quise contarle el sueño, pensé que él se molestaría con mi insistente rechazo a su mascota.

Días después, observé al ajolote, o axolotl, como lo llamaban los indígenas, y que significa “perro de agua”. No le encontré nada parecido a un perro, pero allá ellos.

Pablo llegó esa tarde lleno de euforia, ¿has notado princesa,  que nuestro Green ha crecido? Ah y lo más sorprendente es que le está saliendo algo en el lugar de su brazo perdido. ¡Qué asco! ¿No tienes algo más interesante que conversar, que no sea de tu Green?  Princesa no seas así, si hasta cuando me ve, se acerca a la orilla del acuario y me mira mientras le hablo, yo pienso que me escucha. Por favor, Pablo, ¡es sólo un insecto! No, no, estás totalmente equivocada, es un anfibio de la familia de las salamandras tigres, y lo peor es que están en peligro de extinción, por la ignorancia de la gente que las mata, porque  son comestibles.  Sabes tú que  son muy importantes para la ciencia y para algunas enfermedades crónicas, pues los ajolotes pueden auto generar, cualquier miembro de su cuerpo extirpado, incluso parte de su cabeza. Son increíbles, todo lo leí en un artículo científico. Ah, qué interesante, ¿podríamos salir  de compras?, contesté con desgano.

Dormía placidamente cuando sentí que una gota de agua caía en mi frente, y al abrir los ojos veía el rostro agigantado del ajolote mirándome con mucha pena, y me mostraba su brazo que ya tenía una especie de muñón. En ese instante Pablo me remeció, princesa ¿qué pasa? ¿Tienes otra pesadilla? Oh, así parece, dije mientras enjugaba el sudor de mi frente. Perdón, sólo era un mal sueño, nada más, expliqué tratando de serenarme. ¿Qué me pasa? Estoy sugestionada con ese bicho pensé y traté de seguir durmiendo.

Esa tarde Pablo me contó que  los ajolotes podían vivir unos  veinticinco años en condiciones normales, que llegaban a treinta cms. de longitud y que tienen branquias externas muy largas, además, agregó, que axolotl para los indígenas era la encarnación del dios Xólotl. No quise contestar mal, pues Pablo se veía muy entusiasmando con toda esa información.

Sabes princesa, que nuestro Green tiene ya dos meses en nuestro hogar y parece feliz, ha crecido un buen poco, y tiene bien definido su brazo perdido,  casi siempre reposa en el fondo del acuario pero apenas ve que me acerco sube a la superficie y me mira con sus ojitos tan tiernos, que le he tomado mucho cariño y pienso que me conoce. Ah y a ti también. ¿Por qué si yo no lo miro, ni me acerco a su pecera?, exclamé sorprendida. Pues verás que cuando tú hablas él se pega al cristal como si te escuchara. ¡Ya, para, no me gusta que me digas eso, me asustas!

Princesa no es para que te asustes, todo lo contrario, no le tengas miedo, es nuestra mascota. ¡No, no señor, es tu mascota, no la mía! Bueno, es mi mascota y es inofensiva.

Cuando cumplió tres meses  de estar en nuestro acuario, Pablo, entusiasmado me  informó que ese domingo iríamos a  Xochimilco y dejaríamos libre a Green pues se había recuperado totalmente y ahora lucía su nuevo brazo. Oh, es la mejor noticia que me has dado, respondí con una sonrisa.

 Pablo cumplió con su promesa y ese domingo llevamos a su Green  a Xochimilco, cerca de la orilla, buscó un lugar en donde no  pasarán muy cerca las trajineras y sus odiosos  ruidos. Allí, la dejó sobre el pasto y le sacó una fotografía, luego la conminó a entrar al agua. Desde el agua,  Green nos miró con una mirada de agradecimiento, según Pablo, y luego desapareció de la superficie. Yo respiré de alivio.

 

Ya  ha pasado un mes de  ese domingo, algo pasa,  no puedo dormir, el agua está muy helada, trato de mirar a través del cristal y veo a Pablo que trajina en la sala. Nado hacia la superficie y le llamo, ¡Pablo, Pablo, sácame de aquí! ¡Por favor ayúdame! Pero Pablo no escucha, y yo me  agito desesperadamente, tratando en vano de salir de este acuario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


viernes, 1 de enero de 2021

ALGO PASA


 

La noche susurra con estrepitoso silencio

su poema ensopado de estrellas.

Viene lenta encendiendo el azul

y luce su traje cubierto de lentejuelas.

Penetra con  fogosidad los intersticios de la ventana

y abre su abanico de terciopelo sobre el comienzo

de los sueños.

 

Envuelta en su mágico poder me dejo llevar por escaleras

perdidas entre los hilos de mi almohada.

Dulces y amargos sueños vienen a mí ofreciendo su bagaje

de acertijos y otras hierbas.

Hay infinidad de ensueños para escoger:

lágrimas prendidas a una tela de araña,

aprensiones y delirios de primera clase,

ideas fijas cabalgan los espacios de la noche,

perjuro, estigma y fobias temblando al final

de la cuenta regresiva.

 

Sueños de amor y desamor se baten en un duelo irresistible

invadiendo la piel en agonía.

Besos sedientos desnudan deseos insospechados,

escondidos en los vericuetos del alma

salen a  danzar junto a la sexualidad de la negra penumbra.

 

Algo pasa cuando cierras  los ojos cada noche,

caes en el abismo infinito de los sueños

sin voluntad te crecen alas y te llevan al umbral

del  subconsciente, en  donde te deslizas

por las escaleras de la imaginación,

bajan y suben los pensamientos

en un fluir de conciencia sin rumbo fijo.

 

La noche con su majestuosidad muestra los caminos

bloqueados por deberes y prohibiciones.

Es el tiempo,  se abren las puertas

y vagas encendiendo los deseos reprimidos

liberado de todo, te adentras en otras dimensiones.

 

Sí, algo pasa, bajo la somnolencia de los párpados.

 

 

 

 

 

martes, 15 de diciembre de 2020

ESPLENDOR DE UN RECUERDO


Amanece, ya abren sus pétalos los adormecidos capullos. Bostezan las amapolas y se incorporan los ateridos juncos perfumados, asomando sus corolas aterciopeladas de pálidos antófilos. Es el comienzo de algo no muy definido aún, podría ser la primavera, o el esplendor de un ciclo. En el ambiente hay un murmullo de árboles, cortezas y el trinar de ciertos pájaros  anuncian el despertar del gran rayo escondido tras una nube juguetona.

En el jardín todo es alegría, las flores maduras expelen un néctar embriagante,  atrae a los insectos, abejorros de empolvados abrigos zumban alrededor de las pequeñas flores de  lavanda. Abejas en sus pijamas de rayas liban el néctar para nuestra miel del desayuno. Un pino se estremece, estira sus ramas adormecidas y se despereza, abraza con un aliento suave a los tibios nidos. Y los pajarillos asoman sus cabezas amarillas, llamando  a sus padres para saciar su hambre.

Hay una singular duda, en el jardín todo parece estar retenido en el espacio, puedes observar que existe una armonía, lo miras, lo imaginas y te trasladas hacia ese paraje  encerrado por misteriosas murallas. Y puedes disfrutar de la paz y alegría que flotan en un ambiente perfecto.

 Y sin embargo, más allá del jardín, el mundo parece despedazarse, el horizonte se fractura con un sol que irradia sus cabellos anaranjados sobre los sedientos lagos y riachuelos. Es la otra cara de la moneda. La contaminación del planeta cede su prudencia y se ramifica como una enfermedad destruyendo todo a su paso. En el jardín esto no sucede, está aislado, es una burbuja que permanece retenida en el espacio, dentro de una sepia fotografía. Es un hermoso recuerdo, de tiempos pasados.