lunes, 1 de junio de 2015

ALGO...


Algo trepa lentamente las murallas de mis sueños.
Lo presiento, cada vez que cae la noche
sobre mis pesadas cortinas.
Sus pisadas se enredan y anudan mis sueños,
los desequilibran agonizando 
en incógnitas y desvelos.

No puedo calmar mis silencios,
lapsos incoherentes llenan sus arcas
y en la oquedad siniestra que los rodea
se devane una sin razón,
un insomnio taciturno emerge
y cubre las huellas de mis sueños.

Ya no puedo dormir en el vaivén
de mi respiración agitada, algo sutil y precipitado
reviste mis noches de días.
Sé que no podré cerrar mis ojos;
eso, se ha posesionado de ellos
y en el fondo de su abismo infinito,
algo me abraza con sus gélidos brazos,
algo, con sarcasmo se ríe.


viernes, 15 de mayo de 2015

MÁS FUERTE QUE YO



La desperté temprano. No quería levantarse, pero cedió a mi insistencia,  me dijo unas cuantas palabrotas, de esas que usa cuando quiere deshacerse de mí. No le hice caso y continué con mi tarea de desperezarla. Una ducha, le sugerí, un café, algo para comenzar de buenas formas el día. Después de reclamar a voz en cuello, pude lograr mi cometido.
Por fin pudimos dejar la casa, teníamos una larga agenda que cumplir, tareas que se fueron acumulando durante la semana y no cumplimos por sus malditos malos hábitos. Todo iba bien en las dos primeras horas de traqueteo, de aquí para allá cumpliendo esos mandados. De pronto sintió que tenía la boca seca,  un repentino deseo de algo. Dijo que ya no podía aguantar más que me fuera a la China y otras yerbas, me mentó la madre, el padre y hasta el hijo. Se volvió insoportable, pero yo seguí insistiendo que tuviera fuerza de voluntad. Ya no escuchaba, sus ojos se tornaron impredecibles, un afán de ir contra la corriente. Le rogué que no tomara ese rumbo, sería fatal para ella. No escuchó, había un llamado en su cerebro que me crispaba  los oídos, todo lo que le dije fue en vano. Sus pasos atrevidos devoraban la distancia, era el llamado terrible del vicio que la absorbía por completo.
Cuando salió del sanatorio le dijeron que estaba limpia y que no debería acercarse a las drogas. Pero ella cambió su postura,  se impacientó y aunque le pedí que no fuera a ese lugar  tan peligroso, en el que debía mucho dinero y la  habían sentenciado, no escuchó. Se introdujo en barrios de mala muerte y por fin halló el rastro del Freddy. Golpeó con insistencia la desvencijada puerta, gritó todo lo que tenía de ácido en su boca. Alguien abrió y de un sopetón la cogió de los cabellos cerrando de un fuerte portazo. Gritos, llanto, improperios y zas, el sonido de las balas.


Estoy fuera, huérfana, no tengo a donde ir, no soy nadie, no hay lugar para mí. He perdido todo, no supe persuadirla,  fue más fuerte que yo: su conciencia.

viernes, 1 de mayo de 2015

COLECCIONISTA DE HOJAS



Barredor de hojas
pobre murciélago de novela.
¿Cuántas horas no verán tus ojos
después que te hayas ido?

El viento y el tiempo
esparcirán polvo de oro viejo
sobre una tierra profunda
con perfume musgoso
que se pega en las manos.

¿Cuántas hojas no juntarán tus pupilas
fijas en un punto infinito,
ni tu pie triturador
pisará las frágiles nervaduras
encorvadas como tú
en su mueca de muerte?

Acumulador de hojas
en el parque otoñal,
tú también seguirás un semejante destino
sobre la profundidad en que yazcas dormido,
alguien pisará  lentamente,
tu colección de huesos amarillos.

miércoles, 15 de abril de 2015

EL HOMBRE RELOJ


A las ocho de la mañana me levanto. Tomo desayuno a las nueve,  a las diez, leo el diario y fumo mi pipa. A las once de la mañana,  me estiro, bostezo, y  miro por la ventana, los pájaros se bañan entusiasmados en una fuente con agua que puse en el patio, ayer a las  cuatro de la tarde.
A las doce viene el cartero y plática cinco minutos conmigo y se va,  dos minutos más tarde viene el perro del vecino y mea a su gusto en mi  vereda. Lo corro por mal educado y le digo unos improperios que el perro entiende y en un segundo sale con la cola entre las patas.
Miro la hora antes de entrar a la casa, son las doce y  cuarto. Hay un gato negro con blanco que ha venido a espantar a los pajaritos que se bañaban alegremente, le tiro mi zapatilla izquierda y  le doy a la fuente que cae con estruendo sobre mi zapato y asusta al minino. Justo cuando ya son las doce veinte,  pasa el hombre que toma el estado de la luz, le digo que vuelvo en dos minutos para cambiarme el zapato y lo dejo entrar a tomar nota  del consumo de luz.
Ya son las trece horas, Matilde me llama para poner la mesa y me voy a lavar las manos.  A las trece y media almorzamos una rica cazuela de pavo nogada,  es mi favorita, saliéndome de la dieta un poco.  A las dos, prendo  la radio, escucho las noticias y pronto empiezo a cabecear hasta quedarme profundamente dormido, mientras en la radio han  colocado réquiem, lacrimosa de Mozart. Matilde dice que  a las tres de la tarde estoy roncando y  parezco un aserradero de madera, creo que exagera demasiado.
A las cuatro llega mi amigo Rodolfo a jugar una partida de ajedrez, tomamos unos wiskisitos y fumamos como diablos.   Matilde viene  a la sala a las  cuatro y cuarto, abre de par en par la ventana.  A las seis tomamos once y  un cuarto de hora más tarde se va mi amigo. A las diecinueve horas, Matilde anuncia que se va y ha dejado la cena  lista en la cocina, me recomienda no olvidar tomarme mis pastillas y, que mañana llegará media hora más tarde porque pasará al mercado por unas compras. Se despide.
 A las veinte horas enciendo la  televisión, busco las noticias del día, verifico la hora y  arreglo todos los relojes de la casa que  están adelantados o atrasados, satisfecho, sigo mirando la televisión mientras  me como la cena. A las veintiuna horas, me fumo el último cigarrillo, luego me preparo para ir a la cama con un buen libro que me tiene muy intrigado,  quedé en el capítulo que anuncia la muerte del malhechor a la media noche.

A las  veintitrés horas me viene una tos que no puedo controlar, trato de levantarme al baño, pero me resbalo en la cerámica del piso. Me golpeo muy fuerte el brazo y la pierna derecha al caer, la tos sigue su curso y siento que con el esfuerzo que hago me estoy meando, no puedo levantarme. A mis ochenta años, y con el dolor de la caída he quedado inutilizado. Recuerdo que no me tomé las pastillas como me  sugirió Matilde, miro el reloj de mi muñeca izquierda y son casi las doce. Un dolor agudo me cruza el pecho, y  pierdo el sentido cuando la campana de la iglesia local, anuncia la media noche.

miércoles, 1 de abril de 2015

ME HE PERDIDO


Me he perdido y me busco en los espejos rotos,
bajo los sauces salpicando llanto
junto al cristal del río,
tras una nube pasajera, dice adiós al  crepúsculo
en  tarde de invierno.

No he cesado de buscarme en los más inverosímiles rincones,
junto al umbral del tiempo que llora
una tupida llovizna de ausencia.
Me he perdido irremediablemente
cuando la sombra de un pensamiento
me ha  cubierto con su ala.
Cuando pronunciaron la cruel palabra, enmudeció mi risa,
oscureció mi sino y dio lugar a mi fuga.
Me he perdido cuando el niño de mi pecho dejó de respirar
y se alejó con sus alas celestes entre los arreboles,
dejando un camino vacío, sin final.

Me llamo y no contesto,
el viento silencia mi susurro y lo convierte en tormenta,
mientras el otoño  cubre con sus hojas muertas,
el cuerpo que no me pertenece.

Lo sé, me he perdido en su búsqueda
entre la bruma maliciosa de una condena
a vivir sin él,  sin  la dulce voz de mi niño
recorriendo ya, otros senderos desconocidos.

Ahora la noche cae  con pisadas silentes,
envuelve  mi sombra, acaricia mi llanto
y de verdad, no quiero encontrarme,
aunque mi voz salga lastimera,  suplicante,
y me ofrezca miles de explicaciones imaginarias,
un refugio en el olvido, un cántaro  colmado de paciencia.

Siento perdido mi rastro
no hay huellas, sino un insondable y negro laberinto
abismal sitio, habitación de la congoja,
solo me  consuela con brazos de duelo
y seca mis lágrimas sin ruido,

acallando mi  fallida búsqueda.

domingo, 15 de marzo de 2015

ERRANTE



Venía no sé de dónde con los pies desnudos pisando las amapolas. No dijo nada, de sus ojos brotaba un ramillete de soledad que daba pena. Soledad inaudita,  abarcó todo a su alrededor y me envolvió en su fría caricia. Le  hablé con dulzura, quería curar sus heridas.  Al comienzo me rechazó aterido de miedo,  el temor estaba por toda su piel que agonizaba sin caricias. Más allá del rastro impreciso de sus pasos, no había nada que insinuara  su pasado. Su presente era desastroso,  cual una lámpara a punto de extinguirse, limitado a abrir sus míseras alas a un vacío exorbitante.
Le hablé con palabras  brotadas de una  vertiente de transparencia sutil, pero no escuchó, el dolor abarcaba su cuerpo y su futuro como una sombra avanzando más allá del entendimiento y cubrió  sueños, utopía, sonrisas que se quedaron danzando el un espacio fuera de todo alcance. Quedó así, sumido en un mudo ruego, con los ojos fijos en un punto inexistente sin poder continuar su errante camino hacia cualquier precipicio.
Alce los brazos al infinito, buscaba una alternativa menos dolorosa, la palabra precisa, la ternura que  caía copiosamente de mis ojos. Cuando no pudo más, clavó su mirada en el infinito eterno, sin comprender que ya se vislumbraba su tenue destino, la partida de una mísera vida,  a un  viaje inexorable.



domingo, 1 de marzo de 2015

AMANECES



Amaneces desnudo junto a mí,
cuando aun el calor nos envuelve tibio
y desechamos salir del embeleso.
Acurrucados, el uno en el otro,
sentimos el amor recorrer la modorra matutina
entre sábanas de algodón.

Enredados  y atados nos amamos,
dejamos pasar las horas adormecidas
con el susurro de nuestros besos.
Callados estamos en el umbral del día,
transmitiendo amor
con nuestras miradas satisfechas
y sentimientos abiertos al placer.

Amaneces húmedo de besos,
de caricias que caen en torbellino sobre
tu amado cuerpo.
Envueltos en la magia del momento,
somos el silencio del cuarto en concordancia
con dulces palabras adherida al espacio,
una continuación de la materia
saturada de felicidad.

Y amaneces una y otra vez entre mis brazos,
te aprisionan  las redes del amor
sin que protestes, dejas deslizarse el mundo
sobre la ventana cerrando los ojos
a cualquier interrupción o irreverencia.

El día pasa con su lengüeta dorada
haciendo cosquilleos al silencio.
Y despiertas del letargo exquisito que nos rodea.

Ya es medio día, tiempo de separar nuestros
cuerpos, vestirnos y ser dos personas otra vez,
amándonos más allá del mundanal ruido.