jueves, 15 de octubre de 2015

EL OGRO



No me deja escuchar mi música, es un ogro. ¡Déjame en paz! le dije. Pero él como si nada, se llevó la radio y quedé en el silencio abismal de un grito de enojo, que  no salió, perdido en el laberinto del miedo. ¡Ogro¡, ¡ogro!, pensé, algún día seré grande y te mataré. Las palabras se enraizaron en mi boca, sus largas raíces llegaron muy lejos alcanzando vendavales y tormentas. Ogro, le decía cuando en medio de mi entusiasmo cortaba mis alas y me hundía en la desidia. Entonces crecía en rencor como mala yerba e invadió mis sentidos y se hizo más imperioso mi crecimiento. “Cuando sea grande ya verás lo que te espera”. Obviamente él ogro incrementaba la flama, atizaba mi odio al extremo que salían chispas de mis ojos.
Así fue que crecí retorcido y rebelde, rodeado de mala voluntad y desatino, vestido de palabrotas y golpes desmerecidos.

Y un día nos enfrentamos el ogro y yo, nos miramos de arriba abajo, me pareció más pequeño, el armatoste que tuvo, había disminuido, sus ojos parecían apagados y sin brillo, era un jirón arruinado por el cigarrillo y el vino, igual me desafió, tenía que ser, palabras de ogros no se pueden cambiar. Me dio lástima, y le di ventaja que me matara primero, después lo haría yo.

            Esta historia la escribió un muerto, yo sólo la guardé para los vivos…






jueves, 1 de octubre de 2015

TIEMPO DE PRIMAVERA


La primavera abre su boca florida,
llena el aire de trinos y néctar.

Me sacudo ese largo invierno que colmó
de oscuridad mi terrible laberinto.
El viento pasa y silva extraña melodía cual
reconocimiento a  tan larga espera.
Salgo a caminar bajo suave y tibia  llovizna,
acaricia mis rostro y besa mis labios.

Debo despertar, lo anuncian las aves en vuelo
y tú aún no llegas,
te busco entre los helechos,
pequeños recuerdos escondidos entre la hierba,
prendidos a la memoria del tiempo
después de deshojar los nidos vacíos.

Voy por las mismas huellas sembrando pétalos con tu nombre,
Señuelos de colores escapan en un mudo revolotear,
Forman un arco iris al final del camino.
Una  densa columna de pájaros se refugia entre el follaje
cuchichean inverosímiles historias,
y te pido como si estuvieras  aquí,
acompáñame,
el camino se bifurca ante mis ojos
y solitaria voy  por tu fresca huella en la inmensidad
de la nada
Hazte visible,
mientras en el cielo aparece un arcoíris,
derrama sus colores más allá del horizonte.

Vamos, pequeño príncipe, acompáñame
en esta húmeda  primavera llorona,
no deja de verter sus lágrimas en tu ausencia,
sabe que no volverás, mas es insoportable asimilarlo
la esperanza se aquieta en el hueco profundo de mi pecho.

Tal vez en este largo camino que se dispara hacia mañana,
pueda comprender tu silencio,
tu pronta partida sin retorno.
Ahora la primavera abre sus ojos llorosos
y sopla su aliento tibio sobre los jazmines,
te imagino surcando el cielo, pintando nubes viajeras,
llenando el aire de coloridos pétalos.

Vamos, pequeño príncipe, acompáñame
con tu dulce susurro
por el florido sendero en primavera.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

LA CARRERA DEL TIEMPO



El Tiempo corre tras los minuteros del reloj que lo tienen con los nervios crispados. Ha cruzado parte del universo sin conseguirlo.  La hora Cero lo espera a la vuelta de una constelación y no está  muy contenta con su cara ovalada. El señor Tiempo ha desesperado, no recuerda los minutos pasados y lo peor, es que se le ha borrado la memoria, incluso, por momentos no sabe porqué corre. ¡Qué dilema! Piensa que si logra alcanzar a   esos endiablados podrá poner en orden sus pensamientos y dar alguna excusa a su novia la hora Cero.
Todo es un caos a su alrededor, sus cabellos se disparan en diferentes  direcciones como si un imán o un llamado universal lo estuviera manejando y los hilos  forman una aureola que no lo deja avanzar. ¡Qué contratiempo tan inoportuno!, sin el tiempo en sus cabales el cosmos es un desastre.
El señor Tiempo suda azul por sus poros, estrellas y cometas salen a su camino tratando en vano de detenerlo en su loca carrera, pero él ha tomado una burbuja que pasaba y aunque no tiene brújula, en su apuro la navega como si nada y solo confía en su intuición.
Sin don Tiempo en el espacio, la Existencia se detiene a descansar, mientras los planetas en gestación quedan paralizados de pavor pensando si tendrán futuro en el caso de que el señor no regrese  a poner en marcha los relojes cósmicos.
Algunos aerolitos  se aprovechan de la confusión del Tiempo y  golpean con entusiasmo los planetas cercanos dejando enormes cráteres en ellos, de paso, Plutón ha recibido varios dejándolo muy averiado.  Don Tiempo entra en un agujero negro para  así acortar el camino de los traviesos minuteros. Nunca antes del big bang había tenido este inusual conflicto con unos desalmados controles del reloj, sin embargo, cree que ya podrá darles alcance y tirarles las agujas hasta que les duelan. Está cada vez más enojado, las nebulosas le salen al paso pidiendo un poco de control en sus tareas, pero él no las escucha y les hace una señal de que se alejen. Por el camino ha visto varias naves espaciales varadas, son  alienígenas que andan en la conquista de algún planeta, eso le molesta bastante ya que a veces  producen graves  problemas en planetas que se encuentran en su etapa inicial de vida.

El Tiempo entra en otro agujero negro y por fin da alcance a los fugitivos. Los coge de las orejas puntiagudas y los arrastra hasta llegar con ellos al gran reloj que  está a punto de marcar la hora Cero. Le da una tierna mirada a su novia y le desea una buena labor, dando marcha al engranaje  del universo, un movimiento muy bien sincronizado. Luego se aleja a sus aposentos a descansar de esa loca carrera.

martes, 1 de septiembre de 2015

ACÉRCATE



Recuéstate en mi noche como una melodía que no acaba,
cerca del refugio en  donde anidan mis anhelos.
Del mundo que me habita  cuando las sombras caen,
quiero compartir sus estrellas, caminos y misterios,
un cielo fracturado por las flechas del relámpago
y el llanto de los árboles, pecho abierto a los dolores.

Ven,
inclínate a mi lado y escucha los latidos
que caen como soplos de  arrulladores astros
sobre la piel versátil de la tierra.
Acaríciame,
roza mi aterciopelada oscuridad,
en un encuentro predicho en tus sueños.
Imprégnate del fulgor secreto que me invade,
será una comunicación entre tú , yo
y  el cosmos.

Acércate,
no huyas sin haberme conocido,
sin que mis labios entreguen el mensaje íntimo
del misterio que poseo,
sin que sientas la caricia de mis adormecidos élitros.

Cerca de mi presencia hay vida que no cesa de fluir,
es un río inconmensurable de grandeza,
un silencio que navega bajo las sombras
hasta hallar ese instante sagrado,
mezcla de alba y anochecer
que dará la chispa primordial una y otra vez,
por la irrevocable inmortalidad.


lunes, 17 de agosto de 2015

EL PALMA


Te encuentras en un estado lamentable y todo por testarudo.
Todavía recuerdas a Eduardo, tu hermano, cuando te dijo que no fueras a ese rancho, que estaba maldito, pero tú ni caso le hiciste, ya tenías la mente programada, irías  de todas maneras con Juan Carlos y Pablo.
Estaban de vacaciones, cada día debería ser una nueva aventura, por eso concebiste esa idea, cuando Palma, el pordiosero y loco del pueblo, enfadado con ustedes tres,  les apostó a encontrarlo esa noche en el rancho abandonado.
Te reíste de él, y le respondiste sin consultar a tus amigos que sí, que no le temían a nada, que allá lo encontrarían. Cuando el hombre se fue, miraste el rostro de tus amigos, ellos ya no reían, permanecían lívidos, y una vez que salieron de su estupor, te reprocharon la osadía ridícula de involucrarlos en esa extraña aventura, mientras a lo lejos el Palma, lanzaba  risotadas e improperios volteándose varias veces  a mirarlos y les apuntaba con un palo.
Todos los días el Palma, (así le llamaban) bajaba al pueblo cargando una bolsa negra con sus pertenencias, un peso que lo hacía caminar con dificultad, además de tener un  pie torcido que le  menguaba  la marcha, producto de una quebradura mal tratada. El hombre recorría las calles riendo, otras veces hablando en voz alta y discutiendo con personajes de su imaginación que lo perseguían por doquiera. Y para más, ese día tuvo el encuentro con ustedes y se agregaron a su lista de personas que lo hacían  vociferar a diestra y siniestra.
 Ustedes gozaban contestando cada grosería del pordiosero, hasta que Miguel, el policía, les espetó duramente un sermón, sin embargo,  te atreviste a desafiarlo. En tu mundo de adolescente todo era divertido, hasta esa noche.
Mucho antes de la hora citada, colocaste en tu mochila una linterna y algunas otras cosas que creíste podrían servir. Cerca de la medianoche escapaste por la ventana de tu cuarto mientras tus padres dormían. Cruzaste el parque Juárez que lucía solitario rodeado de sombras que reptaban el suelo cada vez que la brisa movía los  frondosos árboles. En lo alto la luna con su media cara, iluminaba tus pasos jugueteando por entre las ramas. Las lechuzas te seguían con sus ojillos rodeados por grandes círculos radiales de plumas  y de vez en cuando lanzaban  sonidos que parecían seseos. Pronto llegaste al barrio de la Normal y avanzaste decidido hasta llegar a la calle Vasconcelos  número catorce, suavemente golpeaste la ventana del cuarto de Juan Carlos y éste salió a tu encuentro sigiloso portando una mochila parecida a la tuya. En el  diecisiete  de la misma calle silbaron la señal acordada y Pablo escapó  cuidadosamente de  casa de su hermana  Ibis, en donde pasaba sus vacaciones.
Tenían dos días de diversión; el día de los Muertos y el de todos los Santos. El primer día lo pasaron en el centro, visitando  altares muy llamativos y tumbas construidas en la plaza principal, comieron pan de muerto y  tomaron chocolate caliente que el Ayuntamiento ofrecía a todo el que pasaba por allí. Compraste unas calaveritas de azúcar y tuviste que acompañar a la abuela al panteón a pesar de que no te gustaba ese lugar. El segundo  día ha sido muy diferente, lo has pasado en cama.
En la tarde del día de los Muertos, tuvieron el incidente con el Palma, y la decisión de ir a su encuentro a la medianoche. Una vez reunidos, ordenaste con voz imperativa que era hora de irse, los otros dos te miraron sorprendidos. ¡Cállate güey  o vas a despertar a los vecinos!
Juntos pasaron rodeando el panteón. La luna se había apostado sobre los muros iluminando los mausoleos, y parte de algunas estatuas que las hacía ver siniestras. Desde los  árboles  sentiste de nuevo el seseo de las lechuzas como una invitación a lo desconocido, los otros cuchichearon un tanto asustados, ¿oye no será mejor que nos volvamos? insinuó  Pablo. Pero tú, te volviste sólo para reír sarcásticamente  aduciendo que era un miedoso, ¿qué, ya te estás  haciendo en los pantalones, mi niño? Pablo sólo contestó con una especie de gruñido que los hizo carcajear. Después de pasar el Triángulo encontraron un gran sitio vacío en donde durante el día pastaban los animales. A lo lejos divisaron el rancho abandonado, allí se suponía los estaría esperando  el Palma. Propusiste llegar con cautela y sorprender al vagabundo, y darle así el  susto de su vida.
Volteaste hacia tus amigos para mostrarles una máscara que traías. Los otros se quedaron perplejos. Oye, ¿y para que traes esa cosa? Preguntó Pablo. ¡No seas pendejo!, ¿para qué?, pues para asustar al imbécil, exclamaste. ¡No manches, güey!,  te estás pasando, ¿y si le da un ataque al hombre? Ya, ¡ahora te pusiste sentimental! ¡No la riegues! Sabes, yo vine a divertirme, no para cagarla, agregó Pablo disgustado. ¡Ay, mi niño guevoncito!, ¿qué te pasa, güey?, todavía no comienza la diversión y te estás acobardando. ¿Sabes qué?, si no tienes güevos puedes regresar y esconderte bajo las faldas de tu hermana. Juan Carlos trató de intervenir calmando los ánimos pero ya era tarde, Pablo había decidido irse. Deja que se vaya el cobarde. Mira, Antonio, vinimos a divertirnos sanamente, no a causar problemas, vamos a buscar a Pablo. Sabes, Juan Carlos, ve tú y le ruegas al güey, yo, yo seguiré, allá nos encontramos. No esperaste una respuesta de tu amigo, diste la espalda y continuaste hacia el rancho muy en tu papel de macho.
Mientras Juan Carlos corría tras Pablo dando pequeños silbidos, a  paso rápido  te fuiste acercando al lugar. Al llegar frente a la puerta entreabierta sonreíste, y te colocaste la máscara. Nuevamente  la luna te siguió, penetrando por los agujeros del techo con sus tenues cabellos. Caminabas a paso lento alumbrándote con la linterna y tratando de sorprender al Palma dormido en algún rincón de las derrumbadas habitaciones. Pero sólo encontraste una escalera que daba a un pequeño sótano y que alguna vez sirvió para guardar los granos y verduras. Como el hombre no estaba en ese piso, entonces decidiste bajar. Al comienzo la escalera se veía recta, pero a medida que ibas bajando notaste que daba una vuelta, y luego otra y otra. En un momento quisiste regresar con tus amigos, en ese instante se  escuchó un ruido, algo así como  ronquidos, y supusiste que allí terminaba la escalera y encontrarías al loco durmiendo.
Con una sonrisa de triunfo acomodaste la máscara en tu cara y sacaste una cámara de tu mochila  para fotografiar al vagabundo en una pose que te divertiría mucho mostrar a tus amigos. ¡Ven, cobardes!, yo le saqué la foto más ridícula al estúpido, ya no querrá volver en su vida  a hacerse el loco. Eso les dirías, y te sentirías orgulloso de tu triunfo.
Al continuar bajando con precaución, te sorprendió encontrar que la escalera se ensanchaba y se convertía en un camino, ya no había paredes sino grandes piedras separadas con espacios vacíos y oscuros, todo envuelto en un fétido olor. La luz de la linterna era escasa y apenas podías iluminar lo más cercano a ti. Inquieto,  te quitaste  la máscara, eso no estaba en tus planes. De pronto, se escuchó el llanto de alguien que en la oscuridad pedía auxilio, sentiste que tus cabellos se erizaban y un escalofrío te recorrió el cuerpo, con tímida voz llamaste a Palma, ¿Palma, qué haces?, ¡deja ya de esconderte, güey! Nadie contestó, hubo un silencio nauseabundo, luego otra vez el lamento. ¡No jodas! ¿Quién mierda anda ahí? La voz sólo respondió, ¡aquí, por favor, ayuda! ¡Voy! Bajaste iluminando el lugar en busca, supuestamente, del vagabundo.
¿Palma, eres tú, dónde estás?, preguntaste con voz indecisa. De pronto los lamentos cesaron y en su lugar escuchaste risitas, por aquí, por allá. ¡Basta, güey!, ¡no manchen!, ¿quién anda ahí?, ¡ya, no jodan! Otro silencio y de repente escuchaste murmullos, muchos murmullos. En ese momento decidiste regresar, al dar la vuelta viste algo que se movía en una orilla del camino. ¡Mierda, atrás!, gritaste con fuerza. La luz de la linterna comenzó a agotarse, con desesperación tomaste la cámara y sacaste una y otra foto, pensaste que el flash ahuyentaría a esa cosa, tal vez una rata. Entonces viste muchos brazos que emergían de una especie de ciénaga. ¿Qué es esto? ¡Chucha!, ¿dónde putas estoy? preguntaste angustiado con un hilo de voz. Pronto comenzaste a correr alumbrando apenas con esa escasa luz hasta encontrar casi a tientas, la escalera, cayendo y golpeando tus rodillas varias veces. Durante  nueve vueltas pudiste  escuchar  nítidamente esos lamentos, risas y murmullos que te seguían a medida que subías, haciendo que tus piernas flaquearan de pavor. Desesperado lanzaste con fuerza la linterna a tus espaldas y en un momento todo quedó a oscuras y, tanteando las paredes en un recodo sentiste el golpe, nada más, un fuerte golpe en la cabeza y perdiste la conciencia.
Cuando despertaste, un ser horrible te miraba y reía, diste un grito de terror y volviste a perder el conocimiento.
Después de unos minutos volviste a la razón, allí estaban tus amigos jalándote fuera del rancho abandonado. ¿Qué, qué paso, güey?, no puedo caminar. Cálmate, la regaste güey, ¡te lo advertimos, güey! ¡No manches, güey, mira como quedaste!, ¿qué les vas a decir a tus padres? ¿Qué, qué me pasó?, me duele todo el cuerpo. Pues, ¿qué no te acuerdas, mi niño? Ya, no jodas, no, no recuerdo nada, ¡ay, mi cabeza! Pues, nosotros te encontramos en el suelo  güey, el Palma tenía tu máscara puesta y estaba golpeándote, decía que eras un demonio de allá abajo, que él no te iba a dejar salir del infierno. Estaba como loco,  te  golpeaba y luego a tu mochila, la dejó toda  destrozada. ¡Mira como estás güey! ¡Ay, mis piernas!, me duelen mucho y mi cabeza... ¡Eso no es nada, mi niño!, exclamó Pablo, si no llegamos a tiempo te habría quebrado todos los huesos.
Entre los jóvenes  hicieron una silla con las manos y de esa manera te llevaron a tu casa, descansando por momentos en  el camino, y tú, quejándote y tratando de contarles lo que viste, de explicarles tu aventura en el sótano, la rara escalera  circular, recordabas sus nueve vueltas, los lamentos, en fin, nadie  creyó aquel cuento. Tus amigos y parientes te hicieron bromas, dijeron que habían sido los golpes del loco que te trasladaron al infierno, que enfadado  te confundió, por llevar  máscara de diablo y por eso te golpeó. ¡Pero yo no llevaba la máscara puesta!, reclamaste adolorido. Eso no lo sabemos, güey,  al final en vez de asustar al idiota, tú fuiste el que salió mal del asunto, ¡por pendejo!
 ¡Pero, yo bajé al sótano! ¿Qué sótano?, si está todo cubierto, sólo hay una  puerta. ¡No les digo!, ¡yo bajé una escalera super larga y luego un camino! ¡Estás todavía delirando! ¡Yo bajé, no les digo, güey! Oye, ¿te volviste loco con los golpes? Entiende Antonio, todo  está cubierto de escombros, sólo hay dos escalones nada más güey, exclamó Pablo.
Tus padres se enfadaron contigo por escapar sin su consentimiento y lo mismo pasó con tus amigos. Tu hermano al verte en ese estado, sólo agregó a los reproches que, él te lo había advertido, el rancho estaba maldito y siempre pasaban desgracias a su alrededor. Sí, exclamó Andrea, el Palma es cosa seria, cuida su territorio y para rematarla, golpea fuerte, todos rieron.
Pobre cretino loco, pensaste, vive allí en el rancho abandonado desafiando a los demonios y manteniéndolos en su lugar, claro, eso nadie se lo cree, excepto, tú,   tú que por tu  afán aventurero sacaste la peor parte.

Ahora, bruscamente se terminaron las vacaciones, estás en cama, adolorido, sin embargo,  sólo piensas en revelar esas fotos que tomaste. A ver, quién se ríe de quién, te dices mientras haces  una mueca de dolor al tratar de moverte.

sábado, 1 de agosto de 2015

EN EL UMBRAL



Yo sé que no ha oscurecido cuando tus ojos
se cerraron para siempre.
No, no ha anochecido, no.
Tú sigues mirando a través
de los párpados dormidos.
Miras tu interior, el interior de cada cosa.

El reflejo es más profundo,
llegas hasta donde antes no imaginabas,
aunque la noche teja a tu alrededor su telaraña
cubriendo tu cuerpo de sombras solitarias,
tus ojos siguen abiertos al mundo,
mirando lo infinita que es la vida, la nada.

La muerte es sólo un paso
al cruzar el umbral de lo desconocido,
lo inexplicable, ahora, te has liberado.
Ahora,  te deslizas como el tiempo,
mueves a tu gusto los minuteros
de un reloj sin horas, sin prisa.
Te mezclas entre las cosas olvidadas
en el baúl de la vida.
Vuelves atrás y también avanzas,
no tienes barreras que te limiten...
Siempre continúas.

Tu noche no ha terminado ni tu día.
el atardecer no ha cegado tus pupilas,
sólo te abrió las puertas a una maravilla
nunca antes imaginada.
Sigue tu camino amigo y deja
tu armazón de huesos que  te une a la tierra,

porque ahora sí, eres eterno.


miércoles, 15 de julio de 2015

ALREDEDOR DE LAS CINCO A.M.


Cuando el tren que iba hacia San Jerónimo se detuvo justo en medio del túnel con un frenético chirrido de las ruedas metálicas, todo el mundo abordo despertó de su acogedor vaivén con un sobresalto.
A doña Edelmira le cayó  sobre la cabeza el canasto con los tamales que llevaba al mercado y otros  bultos volaron por los aires sorprendiendo a los viajeros. Nadie atinaba a saber qué había sucedido, pues la luz también se cortó y dentro del tren la confusión era tremenda. Se escuchaba el cacarear asustado de las gallinas, el llanto de los niños semidormidos y las preguntas que se hacían   los  comerciantes que a esa hora se dirigían a vender sus productos al tianguis.
Algunos hombres sugirieron que alguien se bajara a averiguar, pero otros argumentaron que el tren podría ponerse en marcha justo en ese momento, o que sería muy peligroso caminar en un túnel oscuro. Cada cual daba su opinión alumbrándose brevemente con algún cerillo. Doña Edelmira preguntó la hora y un señor enfrente de su asiento le dijo que eran alrededor de las 5 de la madrugada. Una anciana, que se hallaba envuelta en un gran chal de estambre, exclamó que alguien debería ir de vagón en vagón hasta llegar a la máquina y averiguar qué sucedía (ellos se encontraban en el penúltimo compartimiento  del tren).
Dos hombres jóvenes se ofrecieron a ir, y encargaron sus pertenencias a doña Edelmira, que era su conocida. La gente sacaba la cabeza por las ventanas tratando de saber qué pasaba, pero sólo  veían a distancia un leve reflejo de luz a la salida del túnel. Algunos hombres se asomaron por las puertas del tren (no podían ir más lejos por cuidar de sus bultos) e igualmente se encontraron con otros del vagón anterior que  hacían lo mismo, pero nadie tenía una respuesta. Los chiflidos iban y venían sin dar con el maquinista y los jóvenes. Esperemos a que regresen los muchachos, sugirió don Desiderio, un  señor gordo que vendía melones en el tianguis.
Bien, bostezó doña Tere, mientras tanto,  sea bueno y alúmbreme aquí para tomar un cafecito. No faltaba más  señito, respondió galante el gordo. La señora sirvió unos vasos de plásticos y, con voz de feriante, preguntó si alguien quería café. Varios alzaron la voz. ¡Si  hay que estar un buen rato, más valdrá un cafecito! Así se fueron acercando hasta conseguir un vaso con el revitalizador líquido y se arrellanaron cerca de la Tere, mientras don Sebastián, hombre muy callado hasta ese momento, se animó a ofrecer cigarrillos acomodándose para a conversar cerca del grupo. Alguien contó una anécdota vivida en otro tren y don Casimiro contó unos chistes que los hizo reír de buena gana.
Entre los vagones se situó otro grupo de hombres a especular con la situación, quejándose que si esto se demoraba  más, les iría muy mal con las ventas de la mañana. Ahí también los hombres se convidaban cigarrillos, como una forma de calmar los nervios o como una manera de ser solidarios entre sí. A lo mejor atropellaron a algún cristiano, comentó uno. Yo pienso que se atravesó  algún  animal.  Pues algo paró al tren ¿no? ¡Claro!, una vaca, exclamó un joven y todos se volvieron hacia él con una carcajada. ¡Buena, Ramón, sacaste cigarrillo! Les digo que no pasó eso, ya ven que se apagaron todas las luces, rezongó una mujer flaca que tenía un niño en sus brazos. Pues algo pasó, de eso no hay dudas seño, pero si esto no se arregla pronto, la carne que traigo se echará a perder, agregó un señor de ancho bigote.
 ¡Oigan!, hace como media hora  que se fueron los muchachos y no han regresado. ¿Ésos? ¡Ah!, ya  están en el tianguis, bromeó con voz irónica uno que no quitaba la vista de su reloj. Hay que esperar, dijo Ramón. Por lo menos ya está  aclarando un poco, agregó un hombre con sombrero de palma y un saco en sus manos. ¡Que vayan otros!, pidió la mujer flaca, mi niño está enfermo. Ya no  se preocupe tanto seño, falta poco. En ese momento se prendió la luz y hubo gritos y chiflidos de felicidad. Pronto,  vuelvan todos a sus asientos, pidieron los jóvenes que regresaban desde la máquina. ¡Ah, por fin llegaron!  ¿Qué fue lo que pasó? Pues, ¿qué creen?, una falla mecánica. Todos rieron.
¿Pa’eso se demoraron tanto?, exclamó doña Edelmira. Ya, pues,  si no se podía caminar con tanta gente en los otros vagones, señito. Es que nadie sabía nada y todos estaban requete asustados, agregó el otro  joven.
Minutos después de que volviera la luz, el tren dio unos remezones como para sacarse la pereza, otros pocos quejidos metálicos y,  continuó su marcha saliendo del túnel, bordeó un cerro para luego llegar a campo abierto.

La calma  en el tren reinó de nuevo, los pasajeros en sus asientos trataban de conciliar  el sueño tan bruscamente arrebatado.  Don Desiderio miró su reloj,  aún quedaba media hora de viaje.